Cristina, la heroína “egócrata”

Cristina

El ególatra es quien se glorifica a sí mismo, mientras que el “egócrata” es quien, además, convierte su ego en la centralidad del poder. En la “egocracia”, el poder se ejerce desde el ego del gobernante.

«Egocracia” es la palabra que inventó José Nun para describir al gobierno argentino, que para Lula da Silva está dirigido por “una heroína”.

En su libro Sentido común y política , el prestigioso politólogo al que Néstor Kirchner nombró secretario de Cultura de la Nación, habló de “egocracia” para explicar por qué la Presidenta se sitúa sobre las leyes y hace uso arbitrario del Estado, inclusive para denostar a opositores y hacer campaña electoral en las cadenas nacionales.

El ególatra es quien se glorifica a sí mismo, mientras que el “egócrata” es quien, además, convierte su ego en la centralidad del poder. En la “egocracia”, el poder se ejerce desde el ego del gobernante.

Que alguien tan lúcido e intachable como Nun haga semejante definición, debiera poner a Cristina en estado de meditación. Pero la semana fue más amable con ella, por el buen resultado que obtuvo el proyecto impulsado por su gobierno en Naciones Unidas para limitar la acción de los holdouts contra las deudas soberanas.

El proyecto fue acertado, porque se apega a la lógica de los concursos de acreedores. Y en buena hora que se impuso.

Elogios dudosos

Pero no todas las amabilidades que tuvo la semana fueron tan legítimas como la de la votación en la ONU. El apoyo de Lula no tiene hoy la misma significación que tenía años atrás.

Por entonces, era el sindicalista insobornable que llegó a presidente. También el estadista pragmático que, en lugar de hacer clientelismo con la pobreza, generó distribución de riqueza, convirtiendo a millones de pobres en nueva clase media.

Lo hizo con dos liberales, Antonio Palocci en el Ministerio de Economía y Henrique Meirelles en el Banco Central, manteniendo los lineamientos macroeconómicos heredados de Fernando Henrique Cardoso.

El Lula que vino a respaldar a Daniel Scioli camina a la sombra de dos inmensos escándalos de corrupción: un millonario esquema de sobornos en el Congreso y el megamillonario sistema de coimas para beneficiar a empresas amigas con sobrefacturaciones en obras encargadas por Petrobras.

En rigor, Lula vino a defenderse él mismo. Por eso, la desmesurada apología a Cristina es más significativa que el apoyo al candidato.

El carismático brasileño la calificó de “heroína”, aludiendo de forma elíptica a las denuncias de corrupción que la merodean, a las que consideró ataques de sectores afectados por las políticas que Cristina “se atrevió” a impulsar, afrontando “heroicamente” los riesgos que eso implica.

Sospechado de haber hecho lobby para que la gigantesca empresa Odebrecht obtuviera contratos en Cuba, Venezuela y Ghana, con cifras tan infladas como las que obtenía de Petrobras, el líder del PT está también acechado por juicios de corrupción. Y, estrenando el modelo de defensa que sobreactúan los gobernantes argentinos, empezó a construir el ardid de la embestida de “la derecha contra los gobiernos de izquierda”.

Lo desmiente la historia y el presente de su propio país. Desde que Brasil recuperó la democracia, el presidente que tuvo que renunciar por corrupción no era de izquierda, sino un multimillonario neoliberal: Fernando Collor de Mello, a quien el propio Lula, de modo sigiloso, reinsertó en la política después de un largo ostracismo, al convertirlo en legislador aliado del gobierno. Y por el mensalão no están presos sólo su mano derecha José Dirceu y otros altos dirigentes petistas, sino también legisladores de la centroderecha.

El hecho de que por ambos casos estén en prisión políticos y empresarios marca una diferencia con Argentina, donde los magistrados que osan acusar al Gobierno o investigar a empresarios enriquecidos a la sombra del poder encuentran muertes sorpresivas que quedan en el misterio, o son apartados de las causas.

También lo desmiente Guatemala, donde el presidente Otto Pérez Molina y su vicepresidenta, Roxana Baldetti, debieron renunciar y están detenidos por un caso de corrupción. Encabezaban un gobierno de derecha.

Caso Niembro

Lula no dice lo que piensa sobre el manejo de la economía argentina (él no cree en el déficit fiscal ni en el uso abusivo de las reservas del Banco Central y está en contra del proteccionismo).

Además, con el mismo entusiasmo con que vino a apoyar a Scioli y a Cristina, en su momento fue a Caracas a apoyar a Nicolás Maduro, cuyas deportaciones de inmigrantes pobres y la demolición de las casas que habitaban en Venezuela no tuvo en cuenta la Presidenta cuando repudió la deportación de inmigrantes, refiriéndose a los árabes que llegan a Europa.

En ese sentido, más honesto fue el apoyo de José Mujica a la candidatura de Scioli. Aunque de tan sincero, más que un respaldo pareció una crítica demoledora al peronismo.

Dijo el expresidente uruguayo que, pensando en la necesidad que tiene Uruguay de un gobierno estable en Argentina, prefiere que gane Scioli porque, si gana otra fuerza política, el peronismo se une para no dejarla gobernar.

O sea, según sus propias palabras, Mujica apoya a Scioli pero no pensando en la Argentina sino en Uruguay, y no porque sea la mejor opción, sino porque el partido del actual gobernador de Buenos Aires sabotearía a un gobierno de otro signo y ello generaría inestabilidad en la región.

“Pepe” sabe que no es así. 
El peronismo que se fue con Sergio Massa no se uniría al kirchnerismo para mortificar a un gobierno no-peronista. El kirchnerismo tendría que arreglarse solo en esa tarea.

Pero lo más amable de la semana para Cristina fue el “caso Fernando Niembro”. Es probable que no se haya cometido un delito en la contratación de la empresa del periodista deportivo. Pero que jurídicamente no sea condenable no implica que no haya una falta ética grave.

Esa falta ética podría explicar por qué el discurso del PRO nunca dio prioridad a las denuncias contra la corrupción kirchnerista.

Mauricio Macri, en particular, ni menciona casos resonantes como Hotesur y la relación de Amado Boudou con la apropiación de Ciccone, la fábrica que imprime billetes.

Por la misma razón, el kirchnerismo debiera observar calladito el “caso Niembro”. Pero el rencor es más fuerte. Así lo impone la “egocracia”.

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