Cristina, en “modo zen”

Ni Macri ni Cristina podrían triunfar frente al candidato que represente una alternativa a lo que representan ellos.

Una Cristina en “modo zen” deshilvanaba reflexiones y vivencias sobre el escenario, mientras parte de su público se aglutinaba a hostigar a una cronista que intentaba hacer su trabajo. Eran grupos numerosos, y quienes los rodeaban o pasaban al lado de las espontáneas patotas no les decían nada. Miraban como si fuera lógico, como si estuviese bien ejercer esa violencia en banda contra una mujer que trabajaba sin más compañía que la de su camarógrafo.

Las agresiones grupales no sólo contrastaron con el discurso que parecía sintonizado con el estado contemplativo del budismo bahayana, sino también con la astucia de la dirigente que lograba un impactante retorno al centro del escenario político, mediante la presentación de un libro.

Los pogromos espontáneos para perturbar una cobertura periodística, además de intolerancia y cobardía, mostraban negligencia. Les estaban regalando a los medios a los que atacaban la postal que opacó una jugada magistral: Cristina Fernández logrando un rutilante protagonismo a través de la presentación del libro que bate récords de ventas en todo el país.

No fue el único contraste. La calma por la que transitaban las palabras de la autora contrastaba con victimizaciones, rencores y señalamientos acusadores que permiten vislumbrar en las páginas del libro a la ya conocida dirigente autorreferencial y sectaria.

Por cierto, el tono amable de sus palabras también contrastó con el sectarismo de los exponentes del pensamiento kirchnerista que proponen cambiar la Constitución por otra que no tenga Poder Judicial; de los dirigentes que incurren en “terraplanismo” político al defender el esperpéntico régimen de Nicolás Maduro y de los militantes que insultan y apedrean a los exiliados venezolanos que protestan frente a su Embajada.

Como si semejantes desvaríos y violencias ocurrieran en otra galaxia política, en la presentación de Sinceramente hubo serenidad y sinceramientos llamativos. Por caso, el elogio a Donald Trump, sin nombrarlo, al proponer a Estados Unidos como modelo porque su “economía vuela” en crecimiento y en creación de empleos.

Así como no es común que los ultralibremercadistas argentinos reconozcan el crecimiento económico logrado, al menos en el corto plazo, por las políticas proteccionistas ejecutadas por el magnate inmobiliario que ocupa el Despacho Oval, tampoco es común que los dirigentes nacionalistas y estatistas que habitualmente se paran en la vereda de las izquierdas reconozcan su afinidad con las políticas implementadas por un ultraconservador como Trump.

Más allá de las medianías y opacidades que puedan señalarse al libro, lo evidente es que Cristina volvió al centro de la escena con una jugada inteligente. Un best seller y una presentación multitudinaria marcaron una diferencia con un Presidente que, a diferencia de su acérrima adversaria, no puede posar de reflexivo.

Hay otra gran diferencia entre la inteligencia con que se está moviendo la expresidenta y la chatura gris con que lo hace Macri: Cristina no se proclamó candidata y nadie duda de que su dirigencia y su militancia la quieren encabezando la boleta electoral. En cambio, Macri se autopostuló y, contra viento y marea, mantiene en pie su candidatura a pesar de resultar evidente que, en Cambiemos, muchos dirigentes y buena parte de las bases prefieren a María Eugenia Vidal o un acuerdo con las fuerzas no kirchneristas, para tener la competitividad electoral que el Presidente no puede aportar.

Pero Cristina tiene con Macri algo en común de sugestiva importancia. Las chances que tiene ella de volver a la presidencia dependen de que sea él quien la enfrente en octubre, mientras que las chances de reelección de él dependen de que sea ella la adversaria en la elección.

Al menos hasta hoy, ninguno de los dos podría triunfar frente al candidato que represente una alternativa a lo que representan ellos. Comparten el paradójico mérito de ser los líderes con mayor intención de voto, pero también con mayor imagen negativa. Esto implica que la mayoría de los argentinos siente un fuerte rechazo hacia Fernández de Kirchner y también hacia Mauricio Macri.

Si en lugar de guiarse por los núcleos duros que los apoyan se guiaran por las mayorías que los consideran malos gobernantes, advertirían que lo más digno que podrían hacer sería no postularse.

Cristina, al menos, puede alegar que son sus seguidores los que la quieren candidata. Macri no puede siquiera alegar eso.

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