Cristina apostó al blindaje de Boudou

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Al país no lo divide una grieta, sino una pared. Si a los argentinos los separara una grieta, ambas partes podrían ver del otro lado. Pero los separa un muro que impide a unos ver lo que ven los otros.


Todos se calzaron los guantes de Sergio Romero y atajaron los penales de Vlaar y de Sneijder. Todos contuvieron la respiración cuando Maxi Rodríguez tomó carrera y gritaron ese gol hasta la afonía.

El miércoles 9 de julio terminó con todos los argentinos festejando. Esa noche, en la calle, estaban todos del mismo lado. Por unas horas, cayó el muro que separa a unos de otros. Pero antes del partido contra Holanda, hubo argentinos aprobando que el vicepresidente encabezara en Tucumán el acto principal de la fecha patria, mientras otros vivían con vergüenza y estupor que, procesado y salpicado por una ola de denuncias, Amado Boudou presidiera la celebración.

Al país no lo divide una grieta sino una pared. Si a los argentinos los separara una grieta, ambas partes podrían ver del otro lado. Pero los separa un muro que impide a unos ver lo que ven los otros.

De un lado, se vio el coraje de una líder que no entrega a su vice, la presa con que se ensañaron los “enemigos del Gobierno nacional y popular”, precisamente porque libró “batallas cruciales, como la estatización de las AFJP”.

También se vio a una militancia que “no se deja engañar por los medios hegemónicos” y a miembros de un gobierno que cerró filas para defender al “soldado del modelo”, al que la oposición quiere sacrificar en el altar de los grupos concentrados.

Del otro lado de la pared, lo que se vio fue una escena patética: hubo que hacer en una sala cerrada el acto que debe hacerse en una plaza pública, para refugiar a un vicepresidente que no puede caminar por la calle sin que le griten “corrupto”. También se vio que, flanqueado por funcionarios con cara de circunstancia, Boudou dio un discurso plagado de apologías a Néstor y Cristina, con la obvia intención de hacerse un blindaje partidario que lo proteja de tantas sospechas.

Unos ven a la víctima de una campaña mediática donde otros ven a un trepador que robó para la corona a cambio de suculentas comisiones y dejó huellas digitales por todos lados, porque cumplir órdenes de Kirchner lo hacía sentir impune.

De un lado del muro, no se ven esas huellas que, del otro lado, resaltan a simple vista.

Como lo que divide a los argentinos no es un tajo en el suelo sino una pared que se levanta infranqueable, pocos tienen el valor y el estómago de trepar para ver del otro lado.

Efecto dominó

La postal de todos festejando goles y atajadas tapó el triste escenario en el que Cristina juntó funcionarios a fuerza de verticalismo y obediencia debida. En estos años, todos los festejos patrios son actos partidarios, pero este fue visiblemente más incómodo y forzado.

En la escena, Boudou parecía la primera ficha de un dominó puesto en hilera. Si cae, volteará a todas las demás. Y la última ficha sería la Presidenta.

La sensación de temor al efecto dominó justifica la sospecha que crece de este lado de la pared. Si no hubiera nada que ocultar, no haría falta el blindaje que Cristina dio a su vice. Si el caso Ciccone no fuera la emergente purulenta de una infección extendida en las entrañas del poder, le hubiera pedido un paso al costado al funcionario que, a esta altura, ni siquiera pudo presidir la última y crucial votación en el Senado.

Si las cosas fueran como se ven del lado kirchnerista, el oficialismo habría permitido el juicio político. Al fin de cuentas, le sobran votos para evitar que termine en condena. Por eso, que lo haya impedido in limine confirma la necesidad de no exponer, desde el escenario parlamentario, una trama indefendible.

Es el blindaje oficialista y no la embestida opositora lo que agiganta la sospecha. Basta ver otros casos para percibir la anomalía en este.

A sólo dos semanas de haber sido vinculado con el escándalo de escuchas ilegales del Cesid (sigla del servicio español de inteligencia en la década de 1990), el entonces vicepresidente Narcís Serra renunció para no perjudicar al gobierno de Felipe González.

En 1973, Richard Nixon pidió la renuncia a su vicepresidente Spiro Agnew ni bien este fue procesado por sobornos cobrados cuando gobernaba el Estado de Maryland. Y si Nixon dimitió para evitar el juicio político por el caso Watergate, fue por saberse culpable. En cambio, sabiéndose inocente, Clinton afrontó el impeachment que un conservadurismo recalcitrante le impuso intentando convertir en delito un pecado marital.

En Brasil, Collor de Mello renunció presionado hasta por su propio partido cuando quedó a la vista la corrupción administrada por su lugarteniente “PC” Farías.

Boudou no renuncia ni afronta el juicio político. Tampoco pide licencia, sino que obliga a Cristina a sostenerlo, al precio de expandir la sospecha de que su caída arrastraría incluso a la efigie del Nestornauta.

Esa madeja de complicidad y miedo vieron unos donde otros veían a soldados del modelo cerrando filas en torno de un valioso camarada.

Las atajadas de Romero y el penal que venció las manos de Neuer se vieron igual desde los dos lados del muro. Por eso festejamos todos en el anochecer del miércoles.

Quizá la ficción de que no hay una pared vuelva a producirse el domingo. Pero también dependerá de goles y atajadas.

 

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