Colgados de la sotana del Papa

 


Causando alivio en unos y decepción en otros, Francisco no es el Wojtyla del populismo. Y a Cristina no le pagó con la misma moneda de indiferencia y difamación que había recibido de ella.

Es una postal patética. Políticos, sindicalistas y empresarios desfilan por el Vaticano para tener su foto con el Papa. Algunos lo visitaban en Buenos Aires, pero la mayoría lo ignoraba cuando lo tenía a mano, mientras que ahora viaja a Roma para obtener una foto “beatificante”.

No es cholulismo religioso, sino el poco digno intento de usar al Pontífice como escudo y lanza en las pujas políticas locales. Bergoglio necesitaba las visitas “devotas” de los dirigentes cuando era un obispo pobre que ayudaba a las villas. Ahora que es Papa, lo que necesita es tiempo para dedicar a los complejos asuntos de la Iglesia y del mundo.

El oportunismo empezó no bien sentaron a Bergoglio en el trono de Pedro. Varios dirigentes opositores se colgaron de la sotana de Francisco, mientras la Presidenta abría las compuertas kirchneristas de la difamación contra el empoderado cardenal al que su marido llamaba “jefe de la oposición”.

Fue un monumental error de cálculo que corrigió cuando algún colaborador menos bobamente ideologizado le hizo ver que, en esa confrontación, ella sería un peso pluma contra Mike Tyson.

El giro en el aire que dio Cristina también fue impresentable. La mujer que tomaba aviones alejándose de Buenos Aires para no asistir a los Tedéum del cardenal volvía a tomar aviones pero ahora para colgarse ella de la sotana que poco antes había despreciado.

La sorpresa para muchos fue que el Papa la acogiera bajo su halo protector. Sucede que, cuando la fumata blanca anunció su coronación, en el kirchnerismo y en la oposición muchos pensaron que el jesuita sería al populismo latinoamericano lo que Karol Wojtyla había sido para el comunismo europeo, y que, así como Juan Pablo II empezó la embestida en su Polonia natal, el Papa argentino iniciaría su cruzada antipopulista en Argentina.

Causando alivio en unos y decepción en otros, Francisco no fue el Wojtyla del populismo. Y a Cristina no le pagó con la misma moneda de indiferencia y difamación que había recibido de ella, sino que, por el contrario, la privilegió con recepciones que no concede a otros gobernantes.

A Dilma Rousseff le dedicó media hora y a Barack Obama 50 minutos, en ambos casos en la biblioteca pontificia del Palacio Apostólico, mientras que con la Presidenta argentina almorzó y habló durante casi dos horas en la intimidad de Santa Marta, algo así como la casa del Papa en el Vaticano.

Y para indignación de quienes lo querían para demoler al kirchnerismo, a los opositores, empresarios y sindicalistas que recibe les dice que “hay que ayudar a Cristina a terminar bien su gobierno”.

Por eso hay quienes, con desencanto inconfesable, empezaron 
a preguntarse si el Papa es populista.

Contra la grieta

El kirchnerismo ideológico se equivocó, por extrapolar a la política el significado que se da a conservadurismo y progresismo en los terrenos de la teología y la liturgia, como si fuera lo mismo un teólogo conservador que un estanciero de Tradición, Familia y Propiedad que votaba por ´´Alvaro Alsogaray.

Por su parte, en el antikirchnerismo, muchos confundieron crítica puntual con oposición total. Y Bergoglio, que alguna vez fue parte de la organización peronista Guardia de Hierro, es más cercano a modelos dirigistas (afines con la Doctrina Social de la Iglesia) que al capitalismo de libre mercado.

El comunismo al que enfrentó el papa polaco era totalitario y ateo. En cambio, el populismo es sólo autoritario y sus máximos exponentes de este tiempo son los católicos Hugo Chávez y Rafael Correa.

Lo que el cardenal criticaba al matrimonio Kirchner es la corrupción y la construcción de poder mediante la división de la sociedad en bloques enfrentados.

A la corrupción kirchnerista no la consideraba accidental sino estructural. Por eso, a diferencia de los intelectuales oficialistas que la explican como algo inherente a la política, Bergoglio veía un esquema delictivo originado en Santa Cruz.

Pero lo más grave para el sacerdote jesuita era el agresivo discurso que inoculó odio político, con el objetivo de apuntalar el poder sobre el muro que divide a la sociedad.

Aunque volvió ornamentado por el lenguaje críptico de una nueva generación de teóricos, se trata del mismo viejo instrumento de las demagogias autoritarias de izquierda y derecha.

Si bien militó en Guardia de Hierro, enfrentada a La Tendencia de la izquierda montonera, es posible que Bergoglio considerara lícito transformar en polarización política una fractura social profunda, como la que existe entre oligarquías mínimas y mayorías paupérrimas. Pero el kirchnerismo no transformó en polarización una fractura social, sino una fractura de la cultura política: la que en todas las sociedades separa culturas liberales de culturas autoritarias. Y esa es una polarización artera y peligrosa.

¿Acaso el Papa no ve en el kirchnerismo los mismos rasgos que cuestionaba el cardenal? Seguramente los ve igual, pero desde otra responsabilidad. Es posible que también vea un fin de ciclo a plazo fijo (2015).

Por eso pide a la oposición que ayude a Cristina a terminar bien, mientras que a ella le pediría cerrar la división que lleva 10 años enfrentando a los argentinos.

Quizás eso explique este cambio de tono en los discursos presidenciales y el novedoso empeño en ordenar las cuentas públicas, tan a contramano de la consigna “profundizar el modelo”.

Share

Comentarios