Archivo de publicaciones en Revista Noticias

Con Donald Trump en baja, Barack Obama hace campaña

Las legislativas cobran importancia ante la eventualidad de un impeachment para el presidente, que sigue sumando denuncias.

Todas las alarmas se encendieron al mismo tiempo. Además, lo hicieron de las formas más insólitas. Un funeral, una carta anónima y el discurso de un ex presidente fueron los inesperados canales que expresaron la magnitud del riesgo que afrontaría Estados Unidos.
Ese riesgo tiene nombre y apellido: Donald John Trump. Y lo que arriesga Norteamérica es nada menos que su democracia. Lo dijo con todas las letras Barack Obama, al hablar en la universidad de Illinois que le entregó una distinción por considerar que su gobierno gozó de salud ética.

Allí, rompiendo una de las tradiciones no escritas pero férreamente cumplidas de la política estadounidense, el ex presidente dijo “nuestra democracia” está en peligro.

En Estados Unidos, los presidentes no sólo tienen el límite constitucional de dos mandatos. También tienen el límite que les impone la tradición política: al dejar el Despacho Oval, deben guardar silencio sobre el gobierno que lo sucedió y, de ser posible, de los subsiguientes, dedicándose a dar conferencias, crear bibliotecas o fundaciones, y a mediar en diferendos de otros países.

Obama cumplió la regla durante dos años y, si ahora la rompe, no es por vocación de transgresor sino porque la realidad que percibe le parece demasiado grave como para quedarse atado a una tradición.
Para quien sigue siendo el principal referente del Partido Demócrata, resulta imprescindible que en las elecciones legislativas de noviembre los conservadores pierdan la mayoría que tienen en el Congreso, porque el Partido Republicano ha renunciado a evitar que Trump destruya la institucionalidad.

Funeral mediático. Es posible leer el mismo mensaje en las ceremonias que John McCain diseñó para su propio funeral. De por sí, es increíble que alguien utilice sus últimas fuerzas para organizar sus exequias, como hizo el senador por Arizona antes de pedir a los médicos que cesaran el tratamiento y lo dejaran morir.

Aún más sorprendente fue leer el mensaje que su autor quiso dar a los norteamericanos a través de esa ceremonia póstuma. Un mensaje claro y contundente contra todo lo que representa Trump en la política y la sociedad de Estados Unidos.

Fue el mismísimo McCain quien llamó a Obama para pedirle que dé un discurso en la capilla ardiente. En la lista de oradores incluyó otros demócratas, como el ex vicepresidente Joe Biden. Y la lista de invitados, que tenía más demócratas, incluidos Bill y Hillary Clinton, contenía una omisión y una prohibición.

El republicano que perdió la elección contra Obama, omitió invitar nada menos que a quien había sido su compañera de fórmula, la ex gobernadora de Alaska Sarah Palin. Algo que puede leerse como una autocrítica póstuma por haber aceptado que los extremistas del Tea Party le impusieran el postulante a la vicepresidencia.

No obstante al récord de lo increíble lo batió con la prohibición de que Trump estuviera presente en sus funerales. Jamás un legislador norteamericano manifestó entre sus últimos deseos que no dejen participar de las ceremonias fúnebres nada menos que al presidente.
Ese deseo manifiesto convirtió el funeral en una denuncia demoledora contra el magnate neoyorkino. Quien había dejado dicho que le impidieran acercarse a su féretro era el militar y político más respetado de Estados Unidos. Un héroe de la dignidad y la decencia. El único republicano que se atrevió a decir que Trump es una “vergüenza” para los norteamericanos y quien lo acusó de racista y xenófobo, quiso que su muerte mostrara, por contraste, la vileza del hombre que ocupa el Salón Oval.

Condecorado como héroe de guerra por haber rechazado que el vietcong lo liberara antes de soltar también a los demás marines que estaban apresados en el mismo campo de concentración, el viejo senador de Arizona mostró al presidente como un personaje miserable. En rigor, fue el propio jefe de la Casa Blanca quien expuso sus bajezas cuando, en uno de sus choques con McCain, dijo que no debía ser considerado un héroe porque en la guerra de Vietnam había sido capturado por el enemigo.

McCain había perdido la batalla por la candidatura republicana con George W. Bush y la batalla por la presidencia con Obama, pero convirtió su muerte en una batalla triunfal porque con las invitaciones, las no invitaciones y la prohibición, levantó la bandera del diálogo, la búsqueda de consensos y el respeto por el adversario que deben imperar en una democracia. Las antípodas de Trump y su receta populista que considera a la oposición, a la prensa crítica y a todo aquel que lo cuestione, como “enemigos” que merecen aborrecimiento.

Presente negro. Entre el funeral de McCain y el discurso de Obama, hubo otro insólito golpe contra la imagen del presidente. En una carta publicada por The New York Times, un alto funcionario del gobierno que no quiso dar su nombre describió a Trump como un “amoral” propenso a tomar decisiones desastrosas.

Según la carta, varios miembros prominentes de La Casa Blanca se han conjurado para impedir, actuando desde las sombras, la mayor cantidad posible de estropicios presidenciales.

Un escrito anónimo carecería de valor si no fuera porque el diario que lo publicó es uno de los más prestigiosos de Estados Unidos y su dirección editorial dio fe de que el autor es, efectivamente, un alto funcionario del gobierno.

En la historia norteamericana hay antecedentes de conspiraciones políticas de todo tipo, pero esta modalidad desopilante no tiene precedentes. Mientras en el partido oficialista el silencio fue la regla que sólo McCain se atrevió a romper, en la cúpula del gobierno existe un grupo de prominentes republicanos que dicen conspirar contra el presidente por el bien de los Estados Unidos.

La economía es el músculo de Trump. Si bien fue la administración Obama la que revirtió en crecimiento la recesión iniciada con la crisis de las hipotecas subprime, el proteccionismo implementado por el actual presidente fortaleció notablemente el alza en los principales indicadores.

Lo que se verá en las próximas elecciones legislativas es si el crecimiento económico alcanza para contrapesar el peor de los problemas del gobierno: la personalidad y la naturaleza del propio Donald Trump.

Share

El éxodo venelozano dispara una ola de xenofobia latina

La diáspora venezolana empieza a ser blanco de ataques, mientras la hostilidad crece en el discurso político y comienza a cerrarles puertas.

Es un éxodo de rasgos bíblicos. Como los judíos que salieron de Egipto, miles de venezolanos atraviesan diariamente las fronteras a pie. Las interminables caravanas permiten medir la dimensión de la tragedia. Pero dejar atrás el país secuestrado por una calamitosa dictadura, no pone fin a la pesadilla. Sobre esa marea errante se abaten otras tragedias, que también evocan desventuras del pueblo hebreo.

Los que cruzaron las fronteras con Brasil llevan meses sufriendo ataques que pueden ser llamados pogromos. Con esa palabra se denominó a los multitudinarios y en muchos casos espontáneos ataques de hordas eslavas contra las aldeas judías en Ucrania, Polonia, Bielorrusia, Moldavia y el Este de Rusia, desde fines del siglo XVIII y a lo largo del siglo XIX. A renglón seguido, comenzaron los pogromos en las ciudades centroeuropeas, entre los cuales sobresalió cruelmente la “kristallnacht” (noche de los cristales rotos), que fue la alarma alemana del genocidio que preparaba el III Reich.

A pesar de semejantes antecedentes históricos, la prensa y las sociedades de Latinoamérica no reaccionan con el estupor que debieran generar los pogromos que están sufriendo los venezolanos en el estado brasileño de Roraima. Habitantes de los pueblos cercanos a la frontera se abalanzan con palos, piedras y antorchas contra los albergues atestados de inmigrantes. En la ciudad de Pacaraima incendiaron instalaciones y golpearon a los refugiados, dejando muchos cientos de heridos y más de mil personas perdidas en las selvas donde se internaron para escapar de sus atacantes.

No sólo el miedo que se apodera de los pobres en el noroeste brasileño convirtiéndolos en linchadores de otros pobres, es responsable de los pogromos padecidos por esa ola de inmigrantes que llega desde Venezuela. También es responsable el gobierno que encabeza Michel Temer. La vasta geografía del país más grande de toda América Latina podría absorber fácilmente la inmigración venezolana. Al comenzar el desborde en la frontera, Temer prometió organizar una distribución eficaz de esa gente entre los estados más ricos de ese gigantesco territorio. Pero evidenciando una incompetencia pasmosa, el turbio personaje que se apoderó de la presidencia no organizó absolutamente nada. Por el contrario, lo que hizo fue militarizar las fronteras para blindarlas, impidiendo que sigan entrando a Brasil multitudes que huyen desesperadas del hambre, el crimen y el autoritarismo.

La mayor parte de esa ola inmigratoria pudo ser absorbida por el rico Estado de Sao Paulo. Pero la ineptitud de Temer la dejó acumularse en un Estado pobre, como Roraima, al que ni siquiera le envió los fondos necesarios para sostener la ayuda humanitaria y crear los albergues que hacen falta para acoger a una inmigración que ya supera el diez por ciento de su propia población.

Ante la ineptitud del gobierno federal de Brasil, se multiplican los pogromos y también los discursos xenófobos. Suely Campos, gobernadora de Roraima y líder del Partido Progresista (PP) es un ejemplo de la “lepenización” de la política brasileña. Así como el ultraderechista francés Jean Marie Le Pen (y más tarde su hija Marine) comenzó a amasar una inmensa masa de seguidores arengando a los franceses de las clases más vulnerables contra los inmigrantes que llevan décadas llegando desde Africa y el Oriente Medio, cientos de políticos brasileños están adoptando el discurso de hostilidad contra los inmigrantes venezolanos, para cosechar los votos que los depositen en escaños, alcaldías o gobernaciones.

Incluso para buscar la presidencia está resultando útil el discurso de odio al inmigrante, culpándolo por problemas locales como la pobreza y la falta de empleo. Jair Bolsonaro, el impresentable ultraderechista que está segundo en las encuestas sobre las elecciones presidenciales de octubre, llegó al absurdo de prometer que si triunfa en el comicio sacará a Brasil de las Naciones Unidas para que se libere de cumplir sus acuerdos de asistencia humanitaria.

El crecimiento del discurso xenófobo debe ser tomado en serio. En Europa está poniendo en jaque a gobernantes exitosos, como Angela Merkel. Ella y los socialdemócratas están obligados a gobernar en coalición ante el crecimiento de la ultraderecha con reflejos nazis. En Francia, Macron tuvo dejar el Partido Socialista y disfrazarse de anti-sistema para evitar que el Frente Nacional se adueñara del gobierno. En Italia, Matteo Salvini, un ultraderechista que hizo del miedo y la aversión a los refugiados su principal arma política, es el hombre fuerte del gobierno que está actuando de manera criminal y cruel con miles de familias que intentan desembarcar. Al frente de Austria está Sebastián Kurz, un joven inspirado en el extremismo xenófobo de Jörg Haider. El poder de Viktor Orban en Hungría se refuerza con su política anti-inmigrante. Polonia sigue en manos de las ideas ultranacionalistas de los hermanos Kaczynski y los británicos quedaron atrapados en el laberinto del Brexit por escuchar a los demagogos que prometían, entre otras cosas, cerrar las puertas a la inmigración ni bien abandonaran la Unión Europea.

Las inmigraciones producen xenofobia incluso en sociedades tolerantes y democráticas como la de Costa Rica, donde se está multiplicando el discurso de rechazo a los refugiados nicaragüenses que huyen de la represión de Daniel Ortega.

En el caso de dirigentes y gobernantes xenófobos, la lista de ejemplos es mucho más larga e incluye casos como el de Donald Trump, quien conquistó la Casa Blanca prometiendo amurallar Estados Unidos contra los mexicanos y demás inmigrantes que lleguen desde “los agujeros de mierda” del mundo. Y en Sudamérica no sólo Brasil ve crecer el discurso antiinmigrante mientras el gobierno empieza a cerrar puertas a los venezolanos. Ecuador y Perú también comienzan a ponerles trabas burocráticas, al tiempo que la hostilidad va creciendo en el discurso de muchos dirigentes políticos.

La historia se dio vuelta y algunos países pagan con ingratitud su deuda con la nación venezolana. Al fin de cuentas, en la segunda mitad del siglo XX, la democracia de Venezuela daba asilo de manera solidaria a los miles de los exiliados que producían las dictaduras que rodeaban el país caribeño. Ahora, la dictadura inepta y corrupta que impera en lo que había sido, aunque con defectos, una solidaria democracia insular en un mar de tiranías, genera la diáspora que busca subsistir en los países cuyos sistemas, aunque con defectos, pueden llamarse democracias. Pero los brazos abiertos que la marea de inmigrantes encontraba en los comienzos del éxodo, empiezan a cerrarse. Y mientras los emigrados se van amontonando en tierras de nadie situadas junto a fronteras cada vez más entornadas a su paso, en Caracas, Nicolás Maduro sigue haciendo shows televisivos con aplaudidores que ovacionan sus anuncios desopilantes.

Enajenado de la realidad, el presidente gesticula mientras muestra los nuevos billetes, tan carentes de valor como los que fueron reemplazados; o muestra el símbolo de una criptomoneda que sólo tiene valor en las mentes afiebradas de los jerarcas chavistas; o exhibe pequeños lingotes de oro destinado a “los ahorros” de una sociedad que casi no puede alimentarse ni curarse.

Maduro sigue apareciendo en pantalla, dando explicaciones que resultan delirantes, mientras las rutas de salida de Venezuela parecen los caminos donde hormigueaban los albaneses que cruzaban las fronteras hacia Montenegro, tras ser expulsados de su tierra: Kosovo.

El jefe chavista es el Slobodan Milosevic de las caravanas de caminantes que recorren el camino hacia la posibilidad de supervivencia. La multitud deambula mientras la intolerancia crece en los países a los que ingresan. Allí, la demagogia de los políticos va girando hacia la xenofobia.

Al discurso crecientemente hostil de los demagogos, lo acompaña el silencio de las dirigencias de muchos países que han tenido relaciones íntimas con el chavismo. Gobiernos y partidos en todos los rincones del subcontinente recibieron petróleo venezolano subsidiadísimo, o dinero desviado de las arcas venezolanas para financiar campañas electorales; o turbios y suculentos negocios que pudieron hacer en Caracas. Esas dirigencias callan mientras continúa una de las peores diásporas de la historia sudamericana. Callan mientras Maduro desvaría ante las cámaras y, como el presidente de Nicaragua, usa fuerzas militares, paramilitares y aparatos de inteligencia para que su régimen se mantenga a flote en medio del naufragio nacional.

Share

España se pone revisionista y barre la herencia de Franco

Lo que implica para el país europeo la decisión de desalojar al dictador de su tumba en el Valle de los Caídos.

Será la tercera muerte de Franco. La primera ocurrió aquella madrugada de noviembre del 75, cuando se detuvo el corazón del anciano dictador en una habitación del hospital La Paz. La segunda fue cuando el Borbón que había elegido como sucesor para mantener en pie su régimen, lo traicionó convirtiendo España en una democracia y legalizando a las fuerzas políticas que él demonizaba. Y la tercera muerte del “generalísimo” ocurrirá en los próximos meses, cuando finalice la vida simbólica que aún le quedaba: su tumba en el Valle de los Caídos.

España dará un paso histórico. Su democracia lleva cuatro décadas a la sombra del monumento que rinde culto a una dictadura. Cuando en 1940 ordenó la construcción del mausoleo que corona la sierra de Guadarrama, Francisco Franco justificó los costos de esa obra faraónica diciendo que sellaría la unidad de la nación que se había partido en la guerra civil, porque allí yacerían combatientes de ambos bandos enfrentados. Pero mentía.

En realidad, lo que había comenzado a construir era su propio monumento, de grandilocuencia acorde a su megalomanía y a su deseo de eternizarse y de prolongar su régimen autocrático. No sólo era falso que la obra, concluida en 1959, pretendiese reconciliar las dos Españas que se habían desangrado entre 1936 y 1939. Lo que pretendía “el caudillo” era todo lo contrario: perpetuar en la dimensión simbólica la derrota de los republicanos. El imponente mausoleo simbolizó el pie del triunfador sobre el cadáver del vencido.

Los combatientes republicanos que yacen en esa montaña, fueron exhumados de fosas comunes y enterrados allí sin consentimiento de sus familias. La construcción de la abadía, su gigantesca cruz y las tumbas, demandó casi 20 años y el trabajo forzado de miles de presos políticos. Al menos quince republicanos murieron allí, como mano de obra esclava.

Con la escusa de levantar un monumento a la “reconciliación de España”, Franco levantó su propio monumento. El homenaje arquitectónico a su victoria y a su larga dictadura. La sola existencia del Valle de los Caídos constituye un agravio a la democracia, porque el hombre al que rinde culto fue cruel en los campos de batalla y cruel en el ejercicio del poder.

Masacrar y torturar para sembrar terror fue el método que utilizó, primero, en la Guerra del Rif, y luego en la guerra civil. Siendo un joven oficial, hizo que las divisiones de la Legión Española que comandaba en Marruecos perpetraran atrocidades contra las tribus que se habían rebelado en las montañas del norte del país africano. Las mismas técnicas de terror utilizó cuando el gobierno de la República lo convocó, en 1934, para sofocar la insurrección obrera en Asturias. Y luego en los seis años de la guerra que inició en 1936 contra el Estado republicano.

Por cierto, la otra parte también cometió excesos y, de haber ganado, es posible que el sector apoyado por Stalin hubiera cambiado la república por el totalitarismo. Pero el que triunfó fue Franco. Fue él quien instaló un Estado fascista, lo alineó lo Hitler y Mussolini, sobreviviendo a las derrotas de Italia y Alemania gracias a su habilidad diplomática.

La dictadura de Francisco Franco no fue menos cruel que sus técnicas de guerra. Censura, fusilamientos y persecución ideológica. Esa crueldad está homenajeada en el Valle de los Caídos.

Levantar la lápida de 1500 kilos para sacar el sarcófago de Franco no completa el desagravio a la democracia que implica su mausoleo. Para muchos españoles, también habría que exhumar los restos de José Antonio Primo de Rivera, el ideólogo del falangismo, que es la versión española y ultra-católica del fascismo.

El gobierno encabezado por el PSOE considera que Primo de Rivera, quien había girado hacia la moderación y el diálogo en sus últimos meses de vida, al haber sido fusilado por republicanos al inicio de la Guerra Civil también debe ser considerado víctima de aquel conflicto.

Lo que sí habría que remover para que esa tumba colectiva sea verdaderamente un monumento que reconcilie a las dos Españas, es la abadía y la cruz de 150 metros, posiblemente la más alta del mundo. Además de cuestionar la monarquía, si algo unificó al arco político republicano, que abarcaba desde liberales hasta anarquistas y marxistas, era la secularidad en la concepción del Estado.

En ese país creado por dos reyes fundamentalistas que conquistaron el territorio con inquisición y “guerra santa”, el espíritu republicano contenía la convicción de que la iglesia debía separarse del Estado. En ese espíritu convivían católicos partidarios del laicismo político, con agnósticos y ateos. Mientras que la ideología falangista que los derrotó a sangre y fuego era una mezcla de corporativismo fascista y nacionalismo ultra-católico.

La dictadura de Franco impuso una constitución confesional, claramente diferenciada de las constituciones laicas y las eclécticas. La iglesia católica fue parte del Estado que imponía un moralismo censurador. Es por eso que, un monumento verdaderamente reconciliador, no debiera tener símbolos religiosos, y en particular católicos, como rasgo arquitectónico dominante. Esos símbolos representan sólo a uno de los bandos. Por lo tanto implican dominación, no reconciliación.

También habría sido mejor que a la decisión de sacar a Franco del Valle de los Caídos la hubiera acordado todo el arco político. Mariano Rajoy y el PP tuvieron la gran oportunidad de haber redimido ante la historia a la fuerza política que desciende del falangismo franquista a través de Manuel Fraga Iribarne. Perdieron la posibilidad de hacerlo en el 2017, regalándole a Pedro Sánchez la lapicera para inscribir su nombre en un capítulo histórico.

El actual jefe de Gobierno no llegó al cargo por el voto de la gente sino por el voto de censura a Rajoy. Se apoya en una minoría ínfima que le da muy poco margen de maniobra. Pero para realizar la exhumación que lo dejará en la historia, le alcanza con el apoyo parlamentario de la izquierda anti-sistema (Podemos), sumada al que le darán, sin dudarlo, los partidos catalanes y vascos, representantes de las dos comunidades que más padecieron el centralismo castellanizante de Franco.

Share

La dictadura según Francisco

Es el abanderado de la versión según la cual hay “dictaduras” neoliberales que persiguen a líderes populares y los convierten en presos políticos. La justificación de posibles estallidos sociales.

Recibe a gremialistas, activistas y políticos a los que pide que no publiquen fotos con él en las redes, pero a veces olvida pedirles que tampoco comenten lo hablado. Por eso algunos visitantes, al salir del Vaticano, cuentan que el Papa dijo tal o cual cosa. La suma de descripciones evidencia la adhesión de Francisco a una versión ideológica de este momento político en Latinoamérica.

Más que adherir, el Papa empieza a ser el abanderado de la versión según la cual, en América Latina, hay “dictaduras” neoliberales que persiguen a los líderes que defienden causas populares y los convierten en presos políticos.

Aparentemente Bergoglio pasó, de creer, a difundir la idea de que los procesos por corrupción son impulsados por Washington para alinear la región con “el modelo económico que requiere la represión de las masas” y la prisión de quienes gobernaron oponiéndose al “capitalismo deshumano”, como lo llamó el propio pontífice.

En la mirada de Francisco, la prisión de Lula da Silva responde a las mismas causas por las que Cristina Kirchner está acosada por procesos judiciales. En rigor, en el mismo estante de Lula, el Papa coloca a Esteche y a Milagro Sala, además de otros ex presidentes como el ecuatoriano Rafael Correa. La corrupción, según esta versión de los hechos, es la excusa para perseguir dirigentes y líderes que resisten las políticas económicas impuestas por EE.UU. a través de dictaduras. Leer más

Share

Israel y la grieta judía

La hipocresía y la preocupación razonable en la reacción del mundo por la ley que habla del “Estado Nación del Pueblo Judío”.

En las democracias de Occidente y en los regímenes del Oriente Medio, el paso que dio Israel fue cuestionado. La creación de una ley que habla del “Estado de la nación del pueblo judío” levantó una ola de críticas en las democracias occidentales, mientras los países musulmanes disparaban pronunciamientos que hablaban del “apartheid” impuesto por los israelíes.

La reacción en Occidente tiene un costado entendible y otro curioso. El lado curioso es que siempre se ha referido a Israel como el “Estado judío”. En el periodismo y la intelectualidad, el sinónimo usado en artículos y textos, para no repetir en cada estrofa la palabra Israel, era y es “Estado judío”. Sin embargo, cuando ese concepto tan utilizado y tan familiar apareció en el texto de una ley, produjo un grave estupor.

Lo curioso de esta reacción no sólo tiene que ver con la caracterización que siempre se dio a Israel como Estado judío; también con que todo Oriente Medio está plagado de Estados con leyes que dan supremacía a una raza y una religión. Esa realidad tan evidente resalta la hipocresía del estupor en la reacción de los vecinos de Israel. Leer más

Share

Brasil dividido: la presencia silenciosa de Lula

El reciente episodio volvió a dejar a la vista una puja por la libertad del ex presidente que parte a la justicia brasilera.

La celda de Lula se abrió y cerró varias veces en un mismo día. El tironeo entre jueces parecía la escena grotesca de una comedia de enredos, pero era la consecuencia de una situación política objetiva y compleja.

El hombre que quedó en medio de una batalla judicial es la figura más popular de Brasil, y podría pasar de su celda en Curitiba a la residencia presidencial del Palacio la Alborada si lo dejaran ser candidato en las elecciones de octubre.

El problema principal del juez Sérgio Moro, ​estrella del Lava Jato no es que otro magistrado ordene la excarcelación del ex mandatario mientras él se toma vacaciones. El problema es que buena parte de los brasileños no creen que el asunto del tríplex de Guarujá justifique el encarcelamiento de Lula. Nunca resultó claro que las pruebas esgrimidas por el juez de Curitiva alcancen para demostrar que la empresa OAS le pagó a Lula favores políticos con esa propiedad de lujo. Al fin de cuentas, el líder del PT nunca la habitó. Tampoco lo hizo algún familiar o allegado suyo.

Leer más

Share

Qué cambiará en México con la llegada de López Obrador

El tan mentado giro izquierdista sería un retorno al estatismo paternalista.

México da vuelta la página. Comienza una nueva etapa. Pero el cambio no estará en el probable giro a la izquierda del que tanto se habla, sino en el modelo de liderazgo. Si la presidencia de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) fuese como sus discursos más radicales y no como su pragmática gestión gobernando el Distrito Federal, México no avanzaría hacia algo desconocido sino que retrocedería a la era del PRI previa a De la Madrid y Salinas de Gortari.

López Obrador era parte de aquel partido hegemónico que creó un Estado gigantesco, paternalista y regulador. El giro ideológico que daría su gobierno, si es que decide darlo al asumir la presidencia, no avanzaría hacia el modelo cubano ni hacia el modelo chavista. El castrismo hace tiempo no es modelo para nadie, salvo para el chavismo, que con Nicolás Maduro profundizó “la vía cubana” y terminó hundiendo un buque que, por sus riquezas naturales y por flotar en petróleo, era inhundible. Leer más

Share

Francisco, líder del caudillismo religioso

Francisco, líder del caudillismo religioso
La desmesura del Papa avalando su injerencia en la legislación sobre aborto y matrimonio corroboran su vocación de líder inobjetable.

Con excepciones como Juan XXIII, los Papas han sido monarcas al frente de una estructura vertical, marcada por su instinto medieval a imperar sobre el poder terrenal. La casi totalidad de los pontífices, actuando como monarcas infalibles, defendieron versiones ortodoxas del dogma y actuaron para que la iglesia gravite sobre gobiernos y legislaciones.

Hasta ahora, Francisco no apunta a ser diferente. Que haya transgredido reglas y enfrentado reductos oscuros de la curia romana, no implica que su pontificado sea menos monárquico y más dispuesto a respetar el ámbito secular de los gobiernos y las leyes. Pero el origen latinoamericano del Papa da un sesgo particular a su monarquismo. En América Latina, los reyes que imperan por encima de las leyes y las instituciones se llaman caudillos. Y Francisco es eso, un caudillo religioso.

Ese rasgo lo hace irascible ante el poder secular cuando lo relega o resiste contra el instinto medieval de la iglesia a imponer su visión sobre la educación y las leyes. Y a veces, el enojo lo arrastra a la imprudencia. El mundo lo escuchó con estupefacción comparar la legalización del aborto con “un nazismo de guante blanco”. Tuvieron razón las voces del judaísmo que denunciaron la banalización del holocausto que implicaba semejante pronunciamiento. El Papa llamó nazis, o sea genocidas, a las democracias maduras de Occidente y las demás potencias desarrolladas en un mundo en el que predomina ampliamente la legalidad por sobre la criminalización.

La impresión es que lo sacó de quicio que “su” país diera un paso hacia la legalización. Sin embargo, eso no debiera sorprender. En 1978, a ese paso lo dio el país donde se encuentra el Vaticano y estaba gobernado por coaliciones encabezadas por la Democracia Cristiana. Lo hizo una abrumadora mayoría de italianos votando en referéndum. Lo mismo ocurrió en la catoliquísima Portugal. También legalizó la interrupción del embarazo España, un país nacido de una boda entre reyes fundamentalistas (Fernando de Aragón e Isabel “La Católica”), que expulsaron a musulmanes y judíos con “guerras santas”. Y recientemente Irlanda, país que hizo del catolicismo un rasgo de identidad y donde los símbolos nacionales son la “cruz celta” y el trébol, porque lo usaba San Patricio para explicar la Santísima Trinidad, hizo un referéndum en el que una inmensa mayoría votó la legalización.

Estados Unidos, con una nación marcada por los puritanos y cuáqueros que desembarcaron del My Flower, lo había legalizado en 1973 y en las siguientes décadas lo hizo la totalidad del mundo desarrollado y buena parte del resto del planeta.

Por cierto, la iglesia tiene derecho a concebir la interrupción del embarazo como un pecado. Lo discutible es que también sea considerado un delito. En el siglo XX, el discurso anti-aborto de la iglesia hacía eje en que la “dignidad de persona” era otorgada por Dios desde el primer momento del embarazo. Ahora buscó un concepto menos abstracto: habla de “vida”. Lo que le falta a su “defensa de la vida” es la autocrítica por haber hecho correr ríos de sangre con inquisidores, cruzados y ejércitos como el de los Estados Pontificios, además de ideologías confesionales como el falangismo español. También por haber convivido con la pena de muerte y por haber tenido obispos castrenses que bendecían armas.

Otra disculpa que debió anteceder a su actual ofensiva contra la legalización, es por haber estigmatizado a la madre soltera desde la Edad Media hasta el siglo XX. En la antigua teocracia europea, muchas mujeres católicas abortaban para no cargar con el estigma de ser madres solteras. La iglesia las repudiaba. La estigmatización alcanzaba a los hijos, que eran llamados “bastardos”. Y era difícil vivir en la sociedad católica portando semejante adjetivo.

La iglesia también aportó a que la homosexualidad fuese considerada una perversión. No sólo al sexo, sino también al amor entre personas del mismo género, se lo llamaba sodomía. Y se lo execraba y perseguía con ensañamiento. En ese tema, el Papa caudillo había amagado con un giro hacia una posición opuesta a la del cardenal argentino que calificaba al matrimonio igualitario como “un plan de Satanás”. Pero volvió a parecerse a Bergoglio al sostener que “la familia imagen de Dios” está compuesta por hombre y mujer.

Ergo, no puede haber ni matrimonio ni familia entre personas del mismo sexo, aunque se amen. Igual que el antiguo cardenal, el Papa colocó la heterosexualidad como factor fundamental del matrimonio y de la familia, por encima del amor.

Un líder religioso debe ser cauto. Sobre temas en los que la religión es una intrusa en los debates seculares, en la misma vereda del Papa hay lunáticos que infectan de odio las redes sociales. Al fanatismo lo provoca confundir mensaje evangélico con política eclesiástica.
Por eso hay tantos inquisidores que aborrecen a quienes defienden la secularidad en las leyes y cuestionan que la iglesia pretenda legislar. En definitiva, ese es el punto central: las leyes humanas son cuestión de los humanos, no de los dioses.

Como ya lo vieron las democracias maduras de Occidente y demás potencias en la mayor parte del mundo, sobre interrupción de embarazo la mejor ley es aquella en la que una parte de la sociedad no obliga a otra parte a nada que vaya contra sus principios. Y la legalización no obliga a abortar a nadie.

Igual que en otros países que afrontaron estos debates antes, en Argentina la desmesura comenzó en los altares. Si algunos sermones en las catedrales envalentonaron a hordas de inquisidores a salir como chacales a disparar amenazas, cuantos lunáticos más podrían sentirse autorizados a “cazar brujas”, al escuchar un Papa criminalizando a quienes lo contradicen.

Nazismo es sinónimo de crueldad y exterminio. Si no llama genocidas a regímenes como el venezolano y el nicaragüense, que cometen masacres para mantener su poder, y tampoco acusó de genocida a ISIS cuando exterminaba a drusos, yazidíes, cristianos, alauitas, kurdos y chiitas en Irak y Siria ¿le parece razonable decírselo a quienes defienden legalizar la interrupción del embarazo?

Buena parte del mundo lo consideró un exceso. Una desmesura que, quizá, se explique en la recurrencia de Francisco a actuar como un caudillo.

Share

Paraguay y Colombia: entre el vicio y la virtud

Contraste entre la renuncia de Horacio Cartés a la presidencia y la nueva política en Colombia.

Como Jano, el dios de la mitología romana cuya efigie tenía dos rostros contrapuestos, la política latinoamericana mostró dos caras que representan sus respectivas antípodas. Pero no porque una exprese la izquierda y la otra la derecha, sino porque una implica la novedad política de la decencia y la concordia como banderas, mientras que su reverso encarna la astucia turbia y sin límites éticos en la búsqueda de poder.

Las banderas de la decencia y la concordia flamearon en las urnas de Colombia, mientras que su contracara se mostró, indecorosa, en la atribulada política de Paraguay.

En la efigie latinoamericana de Jano, un rostro fue el del matemático y académico que logró un sorprendente tercer lugar en la elección presidencial de Colombia, con un discurso inaudito en la región por su calidad ética. En el rostro contrapuesto apareció Horacio Cartes, presentando su renuncia a la presidencia de Paraguay. Leer más

Share

Elecciones en Venezuela: el fraude “ferpecto”

El presidente Nicolás Maduro necesitaba escenificar un triunfo creíble, pero lo que consiguió fue apenas un sketch grotesco.

Crimen Ferpecto” se llamó la película de Alex de la Iglesia, cuyo título hace mención a la evidente imperfección de un delito perpetrado de manera supuestamente perfecta. Las dictaduras que querían aparentar legitimidad democrática, cometían delitos comiciales obvios. Pero el régimen de Nicolás Maduro intentó el fraude “ferpecto”.

Armado. Necesitaba candidatos opositores que se presten a la escenificación de un comicio real. Sin embargo, una vez más, no logró convencer a nadie que no necesite creerle, o bien por adicción ideológica, o bien por recibir dinero o prebendas para que simule creer en esas ficciones electorales.

Sus voceros dijeron que Maduro obtuvo en esta elección un porcentaje de votos favorables “jamás conseguido en la historia del chavismo”. O sea, superó al mismísimo Chávez. Lo que no dijeron es que fue el nivel de participación más bajo de toda la historia. Según las propias cifras oficiales (seguramente infladas como en anteriores ocasiones) Maduro no logró vencer ni siquiera al abstencionismo.

En las elecciones y referéndums que cada tanto hacía Saddam Hussein, siempre superaba el 80 por ciento de los votos. Su régimen se sustentaba en la comunidad sunita de Irak, notablemente menos numerosa que la chiita, a la que sojuzgaba de manera brutal.

También lo aborrecían los kurdos, mayoría abrumadora en el norte iraquí contra la que Saddam cometió genocidios químicos. Ni con la totalidad de los votos sunitas y árabes cristianos (caldeos, asirios y siriacos) habría podido superar el 30 por ciento. Pero en sus dibujados escrutinios superaba el 80.

Lo mismo pasaba con el dictador sirio Hafez el Asad. Aunque apoyado en la minoría alauita, que ronda el 15 por ciento, y con el rechazo de la inmensa mayoría sunita, los escrutinios siempre lo acercaban al cien por ciento.

Los déspotas centroasiáticos también realizaban farsas electorales. Incluso los más criminales, como el uzbeko Islam Karimov. Encarcelaba a quien le trajera problemas (incluida su propia hija), ejecutaba disidentes sumergiéndolos en agua hirviendo y se cubría de votos inauditos para disfrazarse de demócrata. Igual que el delirante Saparmurat Niyazov, quien además de imperar con mano de hierro en Turkmenistán, escribió el Rukhanamá; la Constitución del Alma de los turkmenos. También falsificaban comicios el general Franco, el general Stroessner y otros dictadores de ese tipo. No todos dibujaban escrutinios tan ridículos, pero las urnas están presentes en los regímenes autoritarios porque la mayoría de los déspotas busca maquillarse de legitimidad democrática.

Sombra. Hugo Chávez era un líder de espíritu autoritario, pero sus elecciones eran reales porque no necesitaba fraude para ganar. Lo apoyaba la mayoría. Pero Nicolás Maduro perdió rápidamente ese apoyo mayoritario. Por eso realiza teatralizaciones electorales que, al dibujar escrutinios que lo acercan al 70 por ciento en un país quebrado, atestado de presos políticos y con una diáspora de dimensiones bíblicas, terminan siendo un patético sketch.
La última elección verdadera en Venezuela, fue la legislativa del 2015. Precisamente porque fue pluralista y sin fraude, la oposición logró un triunfo abrumador. Pero, a renglón seguido, el régimen practicó una vasectomía institucional que volvió infértil al congreso, convirtiéndolo en un poder legislativo que no puede legislar.

Como necesitaba un órgano que haga leyes para poder firmar contratos internacionales y obtener créditos, el régimen creó una asamblea constituyente que cumple la función legislativa. Pero el comicio para elegir sus integrantes no fue plural porque sólo podían postularse miembros de organizaciones chavistas. Y aún sin competir con nadie, el régimen hizo fraude. Smarmatic, la empresa que desde los tiempos de Chávez realizaba el conteo de los votos, denunció que el escrutinio tuvo más de un millón de sufragios ficticios.

A pesar de la denuncia hecha nada menos que por la empresa que proveyó el software electoral, no hubo cambio alguno en el ente que perpetró el fraude: el Consejo Nacional Electoral (CNE). El mismo ente que en la última elección para gobernador del Estado de Bolívar, alteró el resultado transmitido por el sistema automatizado, incorporando de manera irregular actas manuales para que se impusiera el candidato chavista.

Esa misma entidad, conducida por las mismas autoridades, es la que estuvo a cargo de estas elecciones.

A la falta absoluta de transparencia del CNE se suma otra lista de realidades fraudulentas. El comicio debía realizarse en diciembre, pero fue adelantado sorpresivamente, sin razones válidas. Obviamente, el partido oficialista supo desde un principio la verdadera fecha, por eso se preparó para mayo, mientras la oposición debatía si presentarse o no, pensando en diciembre.

A eso se suma el descomunal desbalance entre los instrumentos propagandísticos del régimen y los de la oposición. Sin pudor ni discreción, todos los ministerios aportaron lo que se les requirió para la campaña de Maduro, además de arrear a sus respectivos empleados a los mitines oficialistas.

Además, estuvo el llamado público del presidente a votar con el Carnet de la Patria y presentarlo en el “Punto Rojo” más cercano al centro de votación, para recibir un bono extra. En todo el país hubo casi trece mil “Puntos Rojos”, con los militantes oficialistas pidiendo ese carnet para premiar a los votantes que se registraran y, por ende, castigar a todos los portantes de ese instrumento de control que no lo hayan llevado a escanear en los sitios establecidos precisamente para eso.

Y hay más razones para certificar la falsedad del comicio. Por caso, las proscripciones de las principales figuras de la oposición y también de la MUD. ¿Qué legitimidad puede tener un comicio donde los principales exponentes y la principal fuerza de la oposición no pueden competir?

¿Por qué Henry Falcón aceptó jugar un partido tan viciado? ¿De verdad pensaba que si él ganaba no se cometería un fraude? Al respecto, hay dos hipótesis. Una: estaba convencido de que, si la participación era masiva, podía ganar y forzar al régimen a reconocerlo y negociar la transición. La otra: necesitando un oponente para dar credibilidad al comicio, el régimen salió a tentar opositores con dinero y lo logró con el ex gobernador del Estado de Lara. Ese “sparring” electoral debía servir para que la votación tenga la imponencia de las buenas teatralizaciones. Pero su actuación no alcanzó más que para un sketch grotesco.

Share