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Angela Merkel entre los demonios

La notable canciller alemana anuncia su alejamiento de la política, en un tiempo plagado de extremismo y demagogia.

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El asesinato de Jamal Khashoggi: Trump socio de la barbarie

La ambigüedad del presidente de Estados Unidos frente al salvaje crimen de un disidente saudita en un consulado salpicó de sangre a la Casa Blanca.

Socios y aliados. Donald Trump flanqueado por el rey saudí Salman bin Abdulaziz. Su hijo sería el autor intelectual del crimen. Foto: DPA
El corazón de Trump es verde como el dólar y como la bandera de Arabia Saudita. Aquellas ganancias descomunales en los negocios personales, sumadas a los 110 mil millones de dólares en armamentos que Riad acordó comprar a Estados Unidos, más la funcionalidad geoestratégica del príncipe heredero al juego de Washington en el tablero del Oriente Medio, bloquearon el razonamiento de Trump a la hora de reaccionar por el asesinato cometido en un consulado saudita.

En su cabeza, la Razón de Estado se mezcló con las propias. Por eso tardó en rechazar la insostenible primer versión de Riad sobre lo ocurrido: Jamal Khashoggi se retiró, vivo y entero, de la sede diplomática, afirmó el reino. Finalmente, se percató de que su complicidad con semejante asesinato necesitaba de un esfuerzo mayor de los responsables y les hizo decir que lo ayuden a ayudarlos. Eso fue a plantear Mike Pompeo al mismísimo palacio real de Riad. El secretario de Estado los convenció de que no podían sostener lo insostenible. Era imprescindible que aceptaran la muerte en el consulado y que buscaran chivos expiatorios para deslindar responsabilidades. No fue fácil convencerlos ni siquiera de tan poco.

Al principio, aceptaron reconocer la muerte dentro del consulado pero culpando a Qatar, el pequeño Estado al que Mohamad Bin Salman mantiene totalmente bloqueado. Finalmente, la Fiscalía Saudita publicó una admisión nebulosa y llena de vacíos. De este modo, Washington fue alcanzado por uno de los crímenes políticos más salvajes y torpes que se hayan cometido. El rey y el príncipe sacrifican chivos expiatorios en el altar de la buena relación con Occidente. Pero sólo Trump está dispuesto a simular que cree que los asesinos actuaron por su cuenta.

Nada menos que Ahmad al Asiri, número dos del Istakhbarat; Maher Mutreb, poderoso coronel de ese oscuro aparato de inteligencia, y Saud al Qahtani, principal consejero de la casa real y del príncipe heredero, comandando un escuadrón de agentes que viajó a Estambul a capturar o matar a Khashoggi, jamás pueden haber actuado a espaldas de los dueños del poder. Y los únicos dueños del poder son el rey Salman bin Abdulaziz al Saud y su hijo Mohamed.
Hasta el ultraconservador Ted Cruz dejó en claro que no hay forma de dejar impune este crimen sin manchar de sangre la bandera de las barras. También los gobiernos británico, alemán y francés exigieron a Arabia Saudita respuestas serias.

KHASHOGGI. Era miembro de una familia poderosa, cuyo giro a la democracia se mostraba en sus columnas en The Washington Post. Foto: DPA
Pruebas. La Casa Blanca sabe que Turquía tiene las pruebas del asesinato y que no puede mostrarlas sin mostrar, al mismo tiempo, que había sembrado micrófonos en el consulado saudí. Lo increíble del caso Khashoggi no es que el reino del desierto cometa un crimen político. De una monarquía absolutista y teocrática no deben sorprender actos de ese tipo. Lo que sorprende es la impudicia con que actuó. La víctima era un disidente notable, miembro de una familia poderosa, cuyo giro a la democracia liberal se mostraba nada menos que en sus columnas en The Washington Post. Estaba radicado en Estados Unidos; organizaba campañas para denunciar violaciones de Derechos Humanos en el reino y crímenes de guerra en Yemén. Tenía particular inquina con el príncipe que detenta y ostenta el poder. Con todo eso, si se atrevió a ir al consulado es porque estaba seguro de que jamás podrían matarlo en una sede diplomática. Después de la embajada en Ankara, la capital, la sede más importante es el consulado en Estambul, la principal ciudad turca. Además, por la guerra en Siria, donde turcos y sauditas quedaron en veredas opuestas, el gobierno de Erdogán está enfrentado a Riad.

Ese régimen podía eliminarlo de mil modos, pero optó por la vía de mayor riesgo: emboscarlo en un consulado situado en territorio enemigo. El príncipe ya había desafiado exitosamente al estupor mundial varias veces. Con decenas de países y organismos de Derechos Humanos exigiéndole que no fusile a Nimr Baker al Nimr, lo mismo ejecutó al clérigo más influyente de la comunidad chiita saudí. Después involucró al reino en el conflicto yemení, bombardeando poblaciones para masacrar a los hutíes que luchan contra los aliados de Riad.

En el medio, arrestó al primer ministro libanés Saad Hariri cuando viajó a Arabia Saudita para realizar consultas. Estos hechos y el salvaje crimen en el consulado sólo parecen explicarse por la embriaguez de impunidad de un joven que nació y creció en el poder absoluto, y pasó a controlarlo antes de desarrollar algún tipo de pudor o inteligencia práctica que lo contenga.

Enriqueciendo a Donald Trump cuando aún era sólo un empresario, cautivando al yerno de este con masivas compras de armamentos, y conteniendo la proyección iraní en Oriente Medio (colaborando con Israel en la inteligencia), Mohamed bin Salmán sencillamente llegó a convencerse de que cualquier crimen le era posible sin tener que dar cuentas a nadie.

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Elecciones en Brasil: líder repugnante

El batacazo ultraderechista de Jair Bolsonaro en el gigante vecino está sacando fascistas del placar en toda la región.

“Repugnante” fue la palabra que encontró Jorge Fernández Díaz. Lúcido analista periodístico y buceador del océano de las letras que navega como novelista, eligió ese término para definir a Jair Bolsonaro. Precisamente en ese rasgo, no en su extremismo, está el aspecto más revelador del fenómeno.

“Si te digo tonto no te estoy insultando, te estoy describiendo” le dijo Unamuno a un falangista que lo cruzó con negligencia. Por lo mismo, llamar “repugnante” al ganador de la primera vuelta en Brasil no es un insulto, sino una descripción. Sencillamente, se trata de la palabra más adecuada para definir al hombre que dijo preferir que su hijo muera en un accidente a que sea homosexual.

Alguien que en 30 años de actividad parlamentaria casi no deja leyes sino una lista de barbaridades que exaltan la violencia, justifican el exterminio y proclaman la inferioridad de algunas razas y orientaciones sexuales, no es esencialmente un extremista, sino un personaje horrible.

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Elecciones en Brasil: ¿por qué crece la demagogia autoritaria?

Causas internas y externas del éxito de la exaltación de la violencia y del autoritarismo que impulsó a Jair Bolsonaro.

Los líderes fascistas de la primera mitad del siglo 20 ejercitaban un histrionismo falaz, pero carismático y sofisticado. En cambio los líderes fascistas de ahora son bufonescos.

Además de criminales delirantes, sus antecesores eran solemnes manipuladores de la realidad y astutos falsificadores de la historia, mientras que sus herederos son personajes vulgares con retórica obtusa.

Jair Messias Bolsonaro es un ejemplo. Ni siquiera puede camuflar su violencia con una simulada seriedad que luzca alguna reflexión. Expresa sus desprecios de manera grotesca. Ese rasgo es parte del fenómeno que avanza sobre el gigante sudamericano que, hasta hace poco, se ilusionaba con entrar al club de las superpotencias.

En rigor, con Trump en la Casa Blanca y Matteo Salvini conduciendo Italia desde el Ministerio del Interior, se justificaría mantener esa ilusión. En definitiva, hasta en la culta Canadá irrumpió la demagogia xenófoba. La sorpresa del reciente comicio en Quebec fue la caída del Partido Liberal. Junto a independentistas y conservadores, lo barrió en las urnas el discurso antiinmigrante de Francois Legault y su Coalición Avenir Quebec (CAQ).

Gran sorpresa. Que un alguien como Bolsonaro llegue a ser el principal protagonista en una elección coloca a Brasil en la dimensión de las democracias con tendencia suicida; esa ruta de la civilización que, en pleno ataque de pánico, huye a refugiarse en el autoritarismo.

La excepción que se vuelve regla es el voto a demagogos que, como Bolsonaro y su compañero de fórmula, el general Hamilton Mourao, promueven con un discurso truculento el autoritarismo, la violencia y el odio racial, además del aborrecimiento a las diversidades.

El fenómeno tiene causas internas y externas. Una causa externa es la ola anti-sistema que recorre el mundo encumbrando a personajes como el filipino Rodrigo Duterte, un criminal confeso.

En América, los últimos ejemplos del fenómeno fueron el triunfo en la primera vuelta del fundamentalista evangélico costarricense Fabricio Alvarado, peligro conjurado en el ballotage, y el sismo electoral con epicentro en Quebec que sacudió a la rica, diversa y elegante Canadá.

Las incertidumbres y miedos que genera esta etapa traumática de la globalización desgastan a las dirigencias políticas tradicionales, abriendo paso a nuevas demagogias. A eso se suma la reacción agresiva y recalcitrante contra el acelerado reconocimiento a las diversidades étnicas, culturales y sexuales.

Con su discurso homofóbico, la demagogia militarista conquista el fervor de los sectores que confunden el respeto a la diversidad sexual con un “plan para homosexualizar al mundo”. A esas causas de escala global, Brasil agrega la decadencia ética de su propia dirigencia, expresada en la corrupción que financió la política durante décadas y ahora allana el camino a quienes proponen patear tableros, aunque sean tipos vulgares con discursos violentos. Y la corrupción es el único marco en el que el voto a Bolsonaro resulta razonable, por ser uno de los pocos legisladores que no han sido salpicados por el “mensalao” ni por el “petrolao” ni por ningún otro escándalo.

Entre las causas también está la aguda y prolongada recesión, percibida como un fracaso y una responsabilidad que comparten las izquierdas y derechas que convivieron en los gobiernos encabezados por el PT.

Finalmente, están en las negligencias y mediocridades de la dirigencia democrática. En la centroderecha, el PMDB y el PSDB chocaron entre sí neutralizándose mutuamente; mientras que en la centroizquierda, Lula impuso un candidato cuyo perfil académico genera rechazo en el poderoso brazo sindical del PT, con una candidata a vicepresidente que por ser del Partido Comunista repele los votos moderados que son indispensables para ganar un comicio.

Haddad restó apoyo entre los obreros paulistas y Manuela D’Avila, la secretaria general del PC, restó competitividad en la clase media y en el voto centrista que busca candidatos moderados.

Más inteligente que imponer esa fórmula habría sido alinear al PT con la candidatura del centrista Ciro Gomes. Pero a pesar de la imperiosa necesidad de conjurar la demagogia militarista, en la centroizquierda no hubo entendimiento para resolver una ecuación compleja: el partido más débil (PDL) postuló al candidato más fuerte (Gomes), mientras que el partido más fuerte (PT) postuló al candidato más débil (Haddad).

A los partidos tradicionales les faltó inteligencia y estatura histórica para enfrentar a la demagogia militarista. No obstante, aún con su mediocridad y sus indecencias, son la opción más racional frente a semejante desafiante.

Segunda vuelta. Para el ballotage, mientras Bolsonaro modera su discurso para ganar el voto que está más allá de su electorado híper-conservador, ciertas usinas intentan instalar que Brasil quedó ante “dos opciones extremistas”: el PSL y el PT. Eso es falso. Al PT se le pueden criticar muchas cosas, pero considerarlo extremista es absurdo. Con todos los defectos que se le quieran señalar, es centroizquierda. Y falsear esa realidad es una jugada oscura.

También fue oscuro el aporte de los jueces al inquietante ascenso extremista. Que hayan dejado fuera de carrera a Lula se puede justificar en la aplicación de la Ley. Pero prohibirle al PT usar su imagen en los afiches y spots televisivos de Haddad, prohibiéndole además las entrevistas y la difusión de mensajes suyos, se parece más a la censura que a una equilibrada aplicación de la Ley.

La contracara es que ni Bolsonaro ni Mourao ni los demás militares que integran la plana mayor ultraderechista han sido sancionados por las reivindicaciones de la tortura, el asesinato y otros crímenes de lesa humanidad que, junto con incitaciones al golpe de Estado, hicieron de manera reiterada.

Por cierto, también el sujeto que apuñaló a Bolsonaro hizo su aporte al fenómeno. El cobarde atentado convirtió en víctima a un apologeta de los victimarios. Y de paso le regaló una coartada a su ausencia en los debates con los otros candidatos. Un escenario en el que sólo podía perder.

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Elecciones en Brasil: el abismo en las urnas

Sólo Haddad, candidato de Lula, puede impedir la victoria de la ultraderecha.

Lo que parecía una pesadilla escalofriante sin chances de volverse realidad, empezó a convertirse en un riesgo cierto.

Jair Bolsonaro era como un cuento de terror demasiado fantasioso para ser creíble. Una amenaza demasiado vulgar y tremebunda para materializarse. Eso que asusta pero sin hacer perder la calma, por la imposibilidad de que pueda salir de la ficción. Al fin de cuentas, Brasil es un país lo suficientemente importante como para no saltar a los brazos de un energúmeno con pocas luces y demasiadas sombras. Sin embargo las encuestas muestran que el monstruo puede pasar de la dimensión de la pesadilla a la dimensión de la realidad.

El apologeta de torturadores y de sicarios que cazan “meninos da rúa” tiene chances ciertas de convertirse en presidente de una potencia gigantesca y de máxima gravitación regional. Lo único que alivia el temor de quienes valoran la democracia liberal, es que Fernando Haddad, el sustituto de Lula, también tiene grandes chances de terminar siendo el presidente de Brasil.
Siempre habrá personas que miran con desprecio a los más pobres; gente a la que le gusta sentirse superior y aborrece a las minorías raciales y sexuales. Esa gente necesita convencerse de que la diferencia entre su país y los del mundo desarrollado, son la gente pobre y los políticos que deciden usar fondos del Estado para mantenerla. Según esas franjas de la sociedad el país sería desarrollado, moderno y opulento si no fuera por “la chusma” y por los políticos que necesitan que haya pobres para construir poder sobre la demagogia financiada desde las arcas públicas.

A esa gente le habló siempre Jair Bolsonaro. De esas canteras de egoísmo social salieron los votos que convirtieron a ese gris capitán del ejército en un legislador obtuso con discurso cargado de violencia y desprecio hacia los pobres, los negros, los homosexuales, los liberales, los socialdemócratas y los izquierdistas. Leer más

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Con Donald Trump en baja, Barack Obama hace campaña

Las legislativas cobran importancia ante la eventualidad de un impeachment para el presidente, que sigue sumando denuncias.

Todas las alarmas se encendieron al mismo tiempo. Además, lo hicieron de las formas más insólitas. Un funeral, una carta anónima y el discurso de un ex presidente fueron los inesperados canales que expresaron la magnitud del riesgo que afrontaría Estados Unidos.
Ese riesgo tiene nombre y apellido: Donald John Trump. Y lo que arriesga Norteamérica es nada menos que su democracia. Lo dijo con todas las letras Barack Obama, al hablar en la universidad de Illinois que le entregó una distinción por considerar que su gobierno gozó de salud ética.

Allí, rompiendo una de las tradiciones no escritas pero férreamente cumplidas de la política estadounidense, el ex presidente dijo “nuestra democracia” está en peligro.

En Estados Unidos, los presidentes no sólo tienen el límite constitucional de dos mandatos. También tienen el límite que les impone la tradición política: al dejar el Despacho Oval, deben guardar silencio sobre el gobierno que lo sucedió y, de ser posible, de los subsiguientes, dedicándose a dar conferencias, crear bibliotecas o fundaciones, y a mediar en diferendos de otros países.

Obama cumplió la regla durante dos años y, si ahora la rompe, no es por vocación de transgresor sino porque la realidad que percibe le parece demasiado grave como para quedarse atado a una tradición.
Para quien sigue siendo el principal referente del Partido Demócrata, resulta imprescindible que en las elecciones legislativas de noviembre los conservadores pierdan la mayoría que tienen en el Congreso, porque el Partido Republicano ha renunciado a evitar que Trump destruya la institucionalidad.

Funeral mediático. Es posible leer el mismo mensaje en las ceremonias que John McCain diseñó para su propio funeral. De por sí, es increíble que alguien utilice sus últimas fuerzas para organizar sus exequias, como hizo el senador por Arizona antes de pedir a los médicos que cesaran el tratamiento y lo dejaran morir.

Aún más sorprendente fue leer el mensaje que su autor quiso dar a los norteamericanos a través de esa ceremonia póstuma. Un mensaje claro y contundente contra todo lo que representa Trump en la política y la sociedad de Estados Unidos.

Fue el mismísimo McCain quien llamó a Obama para pedirle que dé un discurso en la capilla ardiente. En la lista de oradores incluyó otros demócratas, como el ex vicepresidente Joe Biden. Y la lista de invitados, que tenía más demócratas, incluidos Bill y Hillary Clinton, contenía una omisión y una prohibición.

El republicano que perdió la elección contra Obama, omitió invitar nada menos que a quien había sido su compañera de fórmula, la ex gobernadora de Alaska Sarah Palin. Algo que puede leerse como una autocrítica póstuma por haber aceptado que los extremistas del Tea Party le impusieran el postulante a la vicepresidencia.

No obstante al récord de lo increíble lo batió con la prohibición de que Trump estuviera presente en sus funerales. Jamás un legislador norteamericano manifestó entre sus últimos deseos que no dejen participar de las ceremonias fúnebres nada menos que al presidente.
Ese deseo manifiesto convirtió el funeral en una denuncia demoledora contra el magnate neoyorkino. Quien había dejado dicho que le impidieran acercarse a su féretro era el militar y político más respetado de Estados Unidos. Un héroe de la dignidad y la decencia. El único republicano que se atrevió a decir que Trump es una “vergüenza” para los norteamericanos y quien lo acusó de racista y xenófobo, quiso que su muerte mostrara, por contraste, la vileza del hombre que ocupa el Salón Oval.

Condecorado como héroe de guerra por haber rechazado que el vietcong lo liberara antes de soltar también a los demás marines que estaban apresados en el mismo campo de concentración, el viejo senador de Arizona mostró al presidente como un personaje miserable. En rigor, fue el propio jefe de la Casa Blanca quien expuso sus bajezas cuando, en uno de sus choques con McCain, dijo que no debía ser considerado un héroe porque en la guerra de Vietnam había sido capturado por el enemigo.

McCain había perdido la batalla por la candidatura republicana con George W. Bush y la batalla por la presidencia con Obama, pero convirtió su muerte en una batalla triunfal porque con las invitaciones, las no invitaciones y la prohibición, levantó la bandera del diálogo, la búsqueda de consensos y el respeto por el adversario que deben imperar en una democracia. Las antípodas de Trump y su receta populista que considera a la oposición, a la prensa crítica y a todo aquel que lo cuestione, como “enemigos” que merecen aborrecimiento.

Presente negro. Entre el funeral de McCain y el discurso de Obama, hubo otro insólito golpe contra la imagen del presidente. En una carta publicada por The New York Times, un alto funcionario del gobierno que no quiso dar su nombre describió a Trump como un “amoral” propenso a tomar decisiones desastrosas.

Según la carta, varios miembros prominentes de La Casa Blanca se han conjurado para impedir, actuando desde las sombras, la mayor cantidad posible de estropicios presidenciales.

Un escrito anónimo carecería de valor si no fuera porque el diario que lo publicó es uno de los más prestigiosos de Estados Unidos y su dirección editorial dio fe de que el autor es, efectivamente, un alto funcionario del gobierno.

En la historia norteamericana hay antecedentes de conspiraciones políticas de todo tipo, pero esta modalidad desopilante no tiene precedentes. Mientras en el partido oficialista el silencio fue la regla que sólo McCain se atrevió a romper, en la cúpula del gobierno existe un grupo de prominentes republicanos que dicen conspirar contra el presidente por el bien de los Estados Unidos.

La economía es el músculo de Trump. Si bien fue la administración Obama la que revirtió en crecimiento la recesión iniciada con la crisis de las hipotecas subprime, el proteccionismo implementado por el actual presidente fortaleció notablemente el alza en los principales indicadores.

Lo que se verá en las próximas elecciones legislativas es si el crecimiento económico alcanza para contrapesar el peor de los problemas del gobierno: la personalidad y la naturaleza del propio Donald Trump.

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El éxodo venelozano dispara una ola de xenofobia latina

La diáspora venezolana empieza a ser blanco de ataques, mientras la hostilidad crece en el discurso político y comienza a cerrarles puertas.

Es un éxodo de rasgos bíblicos. Como los judíos que salieron de Egipto, miles de venezolanos atraviesan diariamente las fronteras a pie. Las interminables caravanas permiten medir la dimensión de la tragedia. Pero dejar atrás el país secuestrado por una calamitosa dictadura, no pone fin a la pesadilla. Sobre esa marea errante se abaten otras tragedias, que también evocan desventuras del pueblo hebreo.

Los que cruzaron las fronteras con Brasil llevan meses sufriendo ataques que pueden ser llamados pogromos. Con esa palabra se denominó a los multitudinarios y en muchos casos espontáneos ataques de hordas eslavas contra las aldeas judías en Ucrania, Polonia, Bielorrusia, Moldavia y el Este de Rusia, desde fines del siglo XVIII y a lo largo del siglo XIX. A renglón seguido, comenzaron los pogromos en las ciudades centroeuropeas, entre los cuales sobresalió cruelmente la “kristallnacht” (noche de los cristales rotos), que fue la alarma alemana del genocidio que preparaba el III Reich.

A pesar de semejantes antecedentes históricos, la prensa y las sociedades de Latinoamérica no reaccionan con el estupor que debieran generar los pogromos que están sufriendo los venezolanos en el estado brasileño de Roraima. Habitantes de los pueblos cercanos a la frontera se abalanzan con palos, piedras y antorchas contra los albergues atestados de inmigrantes. En la ciudad de Pacaraima incendiaron instalaciones y golpearon a los refugiados, dejando muchos cientos de heridos y más de mil personas perdidas en las selvas donde se internaron para escapar de sus atacantes.

No sólo el miedo que se apodera de los pobres en el noroeste brasileño convirtiéndolos en linchadores de otros pobres, es responsable de los pogromos padecidos por esa ola de inmigrantes que llega desde Venezuela. También es responsable el gobierno que encabeza Michel Temer. La vasta geografía del país más grande de toda América Latina podría absorber fácilmente la inmigración venezolana. Al comenzar el desborde en la frontera, Temer prometió organizar una distribución eficaz de esa gente entre los estados más ricos de ese gigantesco territorio. Pero evidenciando una incompetencia pasmosa, el turbio personaje que se apoderó de la presidencia no organizó absolutamente nada. Por el contrario, lo que hizo fue militarizar las fronteras para blindarlas, impidiendo que sigan entrando a Brasil multitudes que huyen desesperadas del hambre, el crimen y el autoritarismo.

La mayor parte de esa ola inmigratoria pudo ser absorbida por el rico Estado de Sao Paulo. Pero la ineptitud de Temer la dejó acumularse en un Estado pobre, como Roraima, al que ni siquiera le envió los fondos necesarios para sostener la ayuda humanitaria y crear los albergues que hacen falta para acoger a una inmigración que ya supera el diez por ciento de su propia población.

Ante la ineptitud del gobierno federal de Brasil, se multiplican los pogromos y también los discursos xenófobos. Suely Campos, gobernadora de Roraima y líder del Partido Progresista (PP) es un ejemplo de la “lepenización” de la política brasileña. Así como el ultraderechista francés Jean Marie Le Pen (y más tarde su hija Marine) comenzó a amasar una inmensa masa de seguidores arengando a los franceses de las clases más vulnerables contra los inmigrantes que llevan décadas llegando desde Africa y el Oriente Medio, cientos de políticos brasileños están adoptando el discurso de hostilidad contra los inmigrantes venezolanos, para cosechar los votos que los depositen en escaños, alcaldías o gobernaciones.

Incluso para buscar la presidencia está resultando útil el discurso de odio al inmigrante, culpándolo por problemas locales como la pobreza y la falta de empleo. Jair Bolsonaro, el impresentable ultraderechista que está segundo en las encuestas sobre las elecciones presidenciales de octubre, llegó al absurdo de prometer que si triunfa en el comicio sacará a Brasil de las Naciones Unidas para que se libere de cumplir sus acuerdos de asistencia humanitaria.

El crecimiento del discurso xenófobo debe ser tomado en serio. En Europa está poniendo en jaque a gobernantes exitosos, como Angela Merkel. Ella y los socialdemócratas están obligados a gobernar en coalición ante el crecimiento de la ultraderecha con reflejos nazis. En Francia, Macron tuvo dejar el Partido Socialista y disfrazarse de anti-sistema para evitar que el Frente Nacional se adueñara del gobierno. En Italia, Matteo Salvini, un ultraderechista que hizo del miedo y la aversión a los refugiados su principal arma política, es el hombre fuerte del gobierno que está actuando de manera criminal y cruel con miles de familias que intentan desembarcar. Al frente de Austria está Sebastián Kurz, un joven inspirado en el extremismo xenófobo de Jörg Haider. El poder de Viktor Orban en Hungría se refuerza con su política anti-inmigrante. Polonia sigue en manos de las ideas ultranacionalistas de los hermanos Kaczynski y los británicos quedaron atrapados en el laberinto del Brexit por escuchar a los demagogos que prometían, entre otras cosas, cerrar las puertas a la inmigración ni bien abandonaran la Unión Europea.

Las inmigraciones producen xenofobia incluso en sociedades tolerantes y democráticas como la de Costa Rica, donde se está multiplicando el discurso de rechazo a los refugiados nicaragüenses que huyen de la represión de Daniel Ortega.

En el caso de dirigentes y gobernantes xenófobos, la lista de ejemplos es mucho más larga e incluye casos como el de Donald Trump, quien conquistó la Casa Blanca prometiendo amurallar Estados Unidos contra los mexicanos y demás inmigrantes que lleguen desde “los agujeros de mierda” del mundo. Y en Sudamérica no sólo Brasil ve crecer el discurso antiinmigrante mientras el gobierno empieza a cerrar puertas a los venezolanos. Ecuador y Perú también comienzan a ponerles trabas burocráticas, al tiempo que la hostilidad va creciendo en el discurso de muchos dirigentes políticos.

La historia se dio vuelta y algunos países pagan con ingratitud su deuda con la nación venezolana. Al fin de cuentas, en la segunda mitad del siglo XX, la democracia de Venezuela daba asilo de manera solidaria a los miles de los exiliados que producían las dictaduras que rodeaban el país caribeño. Ahora, la dictadura inepta y corrupta que impera en lo que había sido, aunque con defectos, una solidaria democracia insular en un mar de tiranías, genera la diáspora que busca subsistir en los países cuyos sistemas, aunque con defectos, pueden llamarse democracias. Pero los brazos abiertos que la marea de inmigrantes encontraba en los comienzos del éxodo, empiezan a cerrarse. Y mientras los emigrados se van amontonando en tierras de nadie situadas junto a fronteras cada vez más entornadas a su paso, en Caracas, Nicolás Maduro sigue haciendo shows televisivos con aplaudidores que ovacionan sus anuncios desopilantes.

Enajenado de la realidad, el presidente gesticula mientras muestra los nuevos billetes, tan carentes de valor como los que fueron reemplazados; o muestra el símbolo de una criptomoneda que sólo tiene valor en las mentes afiebradas de los jerarcas chavistas; o exhibe pequeños lingotes de oro destinado a “los ahorros” de una sociedad que casi no puede alimentarse ni curarse.

Maduro sigue apareciendo en pantalla, dando explicaciones que resultan delirantes, mientras las rutas de salida de Venezuela parecen los caminos donde hormigueaban los albaneses que cruzaban las fronteras hacia Montenegro, tras ser expulsados de su tierra: Kosovo.

El jefe chavista es el Slobodan Milosevic de las caravanas de caminantes que recorren el camino hacia la posibilidad de supervivencia. La multitud deambula mientras la intolerancia crece en los países a los que ingresan. Allí, la demagogia de los políticos va girando hacia la xenofobia.

Al discurso crecientemente hostil de los demagogos, lo acompaña el silencio de las dirigencias de muchos países que han tenido relaciones íntimas con el chavismo. Gobiernos y partidos en todos los rincones del subcontinente recibieron petróleo venezolano subsidiadísimo, o dinero desviado de las arcas venezolanas para financiar campañas electorales; o turbios y suculentos negocios que pudieron hacer en Caracas. Esas dirigencias callan mientras continúa una de las peores diásporas de la historia sudamericana. Callan mientras Maduro desvaría ante las cámaras y, como el presidente de Nicaragua, usa fuerzas militares, paramilitares y aparatos de inteligencia para que su régimen se mantenga a flote en medio del naufragio nacional.

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España se pone revisionista y barre la herencia de Franco

Lo que implica para el país europeo la decisión de desalojar al dictador de su tumba en el Valle de los Caídos.

Será la tercera muerte de Franco. La primera ocurrió aquella madrugada de noviembre del 75, cuando se detuvo el corazón del anciano dictador en una habitación del hospital La Paz. La segunda fue cuando el Borbón que había elegido como sucesor para mantener en pie su régimen, lo traicionó convirtiendo España en una democracia y legalizando a las fuerzas políticas que él demonizaba. Y la tercera muerte del “generalísimo” ocurrirá en los próximos meses, cuando finalice la vida simbólica que aún le quedaba: su tumba en el Valle de los Caídos.

España dará un paso histórico. Su democracia lleva cuatro décadas a la sombra del monumento que rinde culto a una dictadura. Cuando en 1940 ordenó la construcción del mausoleo que corona la sierra de Guadarrama, Francisco Franco justificó los costos de esa obra faraónica diciendo que sellaría la unidad de la nación que se había partido en la guerra civil, porque allí yacerían combatientes de ambos bandos enfrentados. Pero mentía.

En realidad, lo que había comenzado a construir era su propio monumento, de grandilocuencia acorde a su megalomanía y a su deseo de eternizarse y de prolongar su régimen autocrático. No sólo era falso que la obra, concluida en 1959, pretendiese reconciliar las dos Españas que se habían desangrado entre 1936 y 1939. Lo que pretendía “el caudillo” era todo lo contrario: perpetuar en la dimensión simbólica la derrota de los republicanos. El imponente mausoleo simbolizó el pie del triunfador sobre el cadáver del vencido.

Los combatientes republicanos que yacen en esa montaña, fueron exhumados de fosas comunes y enterrados allí sin consentimiento de sus familias. La construcción de la abadía, su gigantesca cruz y las tumbas, demandó casi 20 años y el trabajo forzado de miles de presos políticos. Al menos quince republicanos murieron allí, como mano de obra esclava.

Con la escusa de levantar un monumento a la “reconciliación de España”, Franco levantó su propio monumento. El homenaje arquitectónico a su victoria y a su larga dictadura. La sola existencia del Valle de los Caídos constituye un agravio a la democracia, porque el hombre al que rinde culto fue cruel en los campos de batalla y cruel en el ejercicio del poder.

Masacrar y torturar para sembrar terror fue el método que utilizó, primero, en la Guerra del Rif, y luego en la guerra civil. Siendo un joven oficial, hizo que las divisiones de la Legión Española que comandaba en Marruecos perpetraran atrocidades contra las tribus que se habían rebelado en las montañas del norte del país africano. Las mismas técnicas de terror utilizó cuando el gobierno de la República lo convocó, en 1934, para sofocar la insurrección obrera en Asturias. Y luego en los seis años de la guerra que inició en 1936 contra el Estado republicano.

Por cierto, la otra parte también cometió excesos y, de haber ganado, es posible que el sector apoyado por Stalin hubiera cambiado la república por el totalitarismo. Pero el que triunfó fue Franco. Fue él quien instaló un Estado fascista, lo alineó lo Hitler y Mussolini, sobreviviendo a las derrotas de Italia y Alemania gracias a su habilidad diplomática.

La dictadura de Francisco Franco no fue menos cruel que sus técnicas de guerra. Censura, fusilamientos y persecución ideológica. Esa crueldad está homenajeada en el Valle de los Caídos.

Levantar la lápida de 1500 kilos para sacar el sarcófago de Franco no completa el desagravio a la democracia que implica su mausoleo. Para muchos españoles, también habría que exhumar los restos de José Antonio Primo de Rivera, el ideólogo del falangismo, que es la versión española y ultra-católica del fascismo.

El gobierno encabezado por el PSOE considera que Primo de Rivera, quien había girado hacia la moderación y el diálogo en sus últimos meses de vida, al haber sido fusilado por republicanos al inicio de la Guerra Civil también debe ser considerado víctima de aquel conflicto.

Lo que sí habría que remover para que esa tumba colectiva sea verdaderamente un monumento que reconcilie a las dos Españas, es la abadía y la cruz de 150 metros, posiblemente la más alta del mundo. Además de cuestionar la monarquía, si algo unificó al arco político republicano, que abarcaba desde liberales hasta anarquistas y marxistas, era la secularidad en la concepción del Estado.

En ese país creado por dos reyes fundamentalistas que conquistaron el territorio con inquisición y “guerra santa”, el espíritu republicano contenía la convicción de que la iglesia debía separarse del Estado. En ese espíritu convivían católicos partidarios del laicismo político, con agnósticos y ateos. Mientras que la ideología falangista que los derrotó a sangre y fuego era una mezcla de corporativismo fascista y nacionalismo ultra-católico.

La dictadura de Franco impuso una constitución confesional, claramente diferenciada de las constituciones laicas y las eclécticas. La iglesia católica fue parte del Estado que imponía un moralismo censurador. Es por eso que, un monumento verdaderamente reconciliador, no debiera tener símbolos religiosos, y en particular católicos, como rasgo arquitectónico dominante. Esos símbolos representan sólo a uno de los bandos. Por lo tanto implican dominación, no reconciliación.

También habría sido mejor que a la decisión de sacar a Franco del Valle de los Caídos la hubiera acordado todo el arco político. Mariano Rajoy y el PP tuvieron la gran oportunidad de haber redimido ante la historia a la fuerza política que desciende del falangismo franquista a través de Manuel Fraga Iribarne. Perdieron la posibilidad de hacerlo en el 2017, regalándole a Pedro Sánchez la lapicera para inscribir su nombre en un capítulo histórico.

El actual jefe de Gobierno no llegó al cargo por el voto de la gente sino por el voto de censura a Rajoy. Se apoya en una minoría ínfima que le da muy poco margen de maniobra. Pero para realizar la exhumación que lo dejará en la historia, le alcanza con el apoyo parlamentario de la izquierda anti-sistema (Podemos), sumada al que le darán, sin dudarlo, los partidos catalanes y vascos, representantes de las dos comunidades que más padecieron el centralismo castellanizante de Franco.

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La dictadura según Francisco

Es el abanderado de la versión según la cual hay “dictaduras” neoliberales que persiguen a líderes populares y los convierten en presos políticos. La justificación de posibles estallidos sociales.

Recibe a gremialistas, activistas y políticos a los que pide que no publiquen fotos con él en las redes, pero a veces olvida pedirles que tampoco comenten lo hablado. Por eso algunos visitantes, al salir del Vaticano, cuentan que el Papa dijo tal o cual cosa. La suma de descripciones evidencia la adhesión de Francisco a una versión ideológica de este momento político en Latinoamérica.

Más que adherir, el Papa empieza a ser el abanderado de la versión según la cual, en América Latina, hay “dictaduras” neoliberales que persiguen a los líderes que defienden causas populares y los convierten en presos políticos.

Aparentemente Bergoglio pasó, de creer, a difundir la idea de que los procesos por corrupción son impulsados por Washington para alinear la región con “el modelo económico que requiere la represión de las masas” y la prisión de quienes gobernaron oponiéndose al “capitalismo deshumano”, como lo llamó el propio pontífice.

En la mirada de Francisco, la prisión de Lula da Silva responde a las mismas causas por las que Cristina Kirchner está acosada por procesos judiciales. En rigor, en el mismo estante de Lula, el Papa coloca a Esteche y a Milagro Sala, además de otros ex presidentes como el ecuatoriano Rafael Correa. La corrupción, según esta versión de los hechos, es la excusa para perseguir dirigentes y líderes que resisten las políticas económicas impuestas por EE.UU. a través de dictaduras. Leer más

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Israel y la grieta judía

La hipocresía y la preocupación razonable en la reacción del mundo por la ley que habla del “Estado Nación del Pueblo Judío”.

En las democracias de Occidente y en los regímenes del Oriente Medio, el paso que dio Israel fue cuestionado. La creación de una ley que habla del “Estado de la nación del pueblo judío” levantó una ola de críticas en las democracias occidentales, mientras los países musulmanes disparaban pronunciamientos que hablaban del “apartheid” impuesto por los israelíes.

La reacción en Occidente tiene un costado entendible y otro curioso. El lado curioso es que siempre se ha referido a Israel como el “Estado judío”. En el periodismo y la intelectualidad, el sinónimo usado en artículos y textos, para no repetir en cada estrofa la palabra Israel, era y es “Estado judío”. Sin embargo, cuando ese concepto tan utilizado y tan familiar apareció en el texto de una ley, produjo un grave estupor.

Lo curioso de esta reacción no sólo tiene que ver con la caracterización que siempre se dio a Israel como Estado judío; también con que todo Oriente Medio está plagado de Estados con leyes que dan supremacía a una raza y una religión. Esa realidad tan evidente resalta la hipocresía del estupor en la reacción de los vecinos de Israel. Leer más

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