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Brasil dividido: la presencia silenciosa de Lula

El reciente episodio volvió a dejar a la vista una puja por la libertad del ex presidente que parte a la justicia brasilera.

La celda de Lula se abrió y cerró varias veces en un mismo día. El tironeo entre jueces parecía la escena grotesca de una comedia de enredos, pero era la consecuencia de una situación política objetiva y compleja.

El hombre que quedó en medio de una batalla judicial es la figura más popular de Brasil, y podría pasar de su celda en Curitiba a la residencia presidencial del Palacio la Alborada si lo dejaran ser candidato en las elecciones de octubre.

El problema principal del juez Sérgio Moro, ​estrella del Lava Jato no es que otro magistrado ordene la excarcelación del ex mandatario mientras él se toma vacaciones. El problema es que buena parte de los brasileños no creen que el asunto del tríplex de Guarujá justifique el encarcelamiento de Lula. Nunca resultó claro que las pruebas esgrimidas por el juez de Curitiva alcancen para demostrar que la empresa OAS le pagó a Lula favores políticos con esa propiedad de lujo. Al fin de cuentas, el líder del PT nunca la habitó. Tampoco lo hizo algún familiar o allegado suyo.

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Qué cambiará en México con la llegada de López Obrador

El tan mentado giro izquierdista sería un retorno al estatismo paternalista.

México da vuelta la página. Comienza una nueva etapa. Pero el cambio no estará en el probable giro a la izquierda del que tanto se habla, sino en el modelo de liderazgo. Si la presidencia de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) fuese como sus discursos más radicales y no como su pragmática gestión gobernando el Distrito Federal, México no avanzaría hacia algo desconocido sino que retrocedería a la era del PRI previa a De la Madrid y Salinas de Gortari.

López Obrador era parte de aquel partido hegemónico que creó un Estado gigantesco, paternalista y regulador. El giro ideológico que daría su gobierno, si es que decide darlo al asumir la presidencia, no avanzaría hacia el modelo cubano ni hacia el modelo chavista. El castrismo hace tiempo no es modelo para nadie, salvo para el chavismo, que con Nicolás Maduro profundizó “la vía cubana” y terminó hundiendo un buque que, por sus riquezas naturales y por flotar en petróleo, era inhundible. Leer más

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Francisco, líder del caudillismo religioso

Francisco, líder del caudillismo religioso
La desmesura del Papa avalando su injerencia en la legislación sobre aborto y matrimonio corroboran su vocación de líder inobjetable.

Con excepciones como Juan XXIII, los Papas han sido monarcas al frente de una estructura vertical, marcada por su instinto medieval a imperar sobre el poder terrenal. La casi totalidad de los pontífices, actuando como monarcas infalibles, defendieron versiones ortodoxas del dogma y actuaron para que la iglesia gravite sobre gobiernos y legislaciones.

Hasta ahora, Francisco no apunta a ser diferente. Que haya transgredido reglas y enfrentado reductos oscuros de la curia romana, no implica que su pontificado sea menos monárquico y más dispuesto a respetar el ámbito secular de los gobiernos y las leyes. Pero el origen latinoamericano del Papa da un sesgo particular a su monarquismo. En América Latina, los reyes que imperan por encima de las leyes y las instituciones se llaman caudillos. Y Francisco es eso, un caudillo religioso.

Ese rasgo lo hace irascible ante el poder secular cuando lo relega o resiste contra el instinto medieval de la iglesia a imponer su visión sobre la educación y las leyes. Y a veces, el enojo lo arrastra a la imprudencia. El mundo lo escuchó con estupefacción comparar la legalización del aborto con “un nazismo de guante blanco”. Tuvieron razón las voces del judaísmo que denunciaron la banalización del holocausto que implicaba semejante pronunciamiento. El Papa llamó nazis, o sea genocidas, a las democracias maduras de Occidente y las demás potencias desarrolladas en un mundo en el que predomina ampliamente la legalidad por sobre la criminalización.

La impresión es que lo sacó de quicio que “su” país diera un paso hacia la legalización. Sin embargo, eso no debiera sorprender. En 1978, a ese paso lo dio el país donde se encuentra el Vaticano y estaba gobernado por coaliciones encabezadas por la Democracia Cristiana. Lo hizo una abrumadora mayoría de italianos votando en referéndum. Lo mismo ocurrió en la catoliquísima Portugal. También legalizó la interrupción del embarazo España, un país nacido de una boda entre reyes fundamentalistas (Fernando de Aragón e Isabel “La Católica”), que expulsaron a musulmanes y judíos con “guerras santas”. Y recientemente Irlanda, país que hizo del catolicismo un rasgo de identidad y donde los símbolos nacionales son la “cruz celta” y el trébol, porque lo usaba San Patricio para explicar la Santísima Trinidad, hizo un referéndum en el que una inmensa mayoría votó la legalización.

Estados Unidos, con una nación marcada por los puritanos y cuáqueros que desembarcaron del My Flower, lo había legalizado en 1973 y en las siguientes décadas lo hizo la totalidad del mundo desarrollado y buena parte del resto del planeta.

Por cierto, la iglesia tiene derecho a concebir la interrupción del embarazo como un pecado. Lo discutible es que también sea considerado un delito. En el siglo XX, el discurso anti-aborto de la iglesia hacía eje en que la “dignidad de persona” era otorgada por Dios desde el primer momento del embarazo. Ahora buscó un concepto menos abstracto: habla de “vida”. Lo que le falta a su “defensa de la vida” es la autocrítica por haber hecho correr ríos de sangre con inquisidores, cruzados y ejércitos como el de los Estados Pontificios, además de ideologías confesionales como el falangismo español. También por haber convivido con la pena de muerte y por haber tenido obispos castrenses que bendecían armas.

Otra disculpa que debió anteceder a su actual ofensiva contra la legalización, es por haber estigmatizado a la madre soltera desde la Edad Media hasta el siglo XX. En la antigua teocracia europea, muchas mujeres católicas abortaban para no cargar con el estigma de ser madres solteras. La iglesia las repudiaba. La estigmatización alcanzaba a los hijos, que eran llamados “bastardos”. Y era difícil vivir en la sociedad católica portando semejante adjetivo.

La iglesia también aportó a que la homosexualidad fuese considerada una perversión. No sólo al sexo, sino también al amor entre personas del mismo género, se lo llamaba sodomía. Y se lo execraba y perseguía con ensañamiento. En ese tema, el Papa caudillo había amagado con un giro hacia una posición opuesta a la del cardenal argentino que calificaba al matrimonio igualitario como “un plan de Satanás”. Pero volvió a parecerse a Bergoglio al sostener que “la familia imagen de Dios” está compuesta por hombre y mujer.

Ergo, no puede haber ni matrimonio ni familia entre personas del mismo sexo, aunque se amen. Igual que el antiguo cardenal, el Papa colocó la heterosexualidad como factor fundamental del matrimonio y de la familia, por encima del amor.

Un líder religioso debe ser cauto. Sobre temas en los que la religión es una intrusa en los debates seculares, en la misma vereda del Papa hay lunáticos que infectan de odio las redes sociales. Al fanatismo lo provoca confundir mensaje evangélico con política eclesiástica.
Por eso hay tantos inquisidores que aborrecen a quienes defienden la secularidad en las leyes y cuestionan que la iglesia pretenda legislar. En definitiva, ese es el punto central: las leyes humanas son cuestión de los humanos, no de los dioses.

Como ya lo vieron las democracias maduras de Occidente y demás potencias en la mayor parte del mundo, sobre interrupción de embarazo la mejor ley es aquella en la que una parte de la sociedad no obliga a otra parte a nada que vaya contra sus principios. Y la legalización no obliga a abortar a nadie.

Igual que en otros países que afrontaron estos debates antes, en Argentina la desmesura comenzó en los altares. Si algunos sermones en las catedrales envalentonaron a hordas de inquisidores a salir como chacales a disparar amenazas, cuantos lunáticos más podrían sentirse autorizados a “cazar brujas”, al escuchar un Papa criminalizando a quienes lo contradicen.

Nazismo es sinónimo de crueldad y exterminio. Si no llama genocidas a regímenes como el venezolano y el nicaragüense, que cometen masacres para mantener su poder, y tampoco acusó de genocida a ISIS cuando exterminaba a drusos, yazidíes, cristianos, alauitas, kurdos y chiitas en Irak y Siria ¿le parece razonable decírselo a quienes defienden legalizar la interrupción del embarazo?

Buena parte del mundo lo consideró un exceso. Una desmesura que, quizá, se explique en la recurrencia de Francisco a actuar como un caudillo.

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Paraguay y Colombia: entre el vicio y la virtud

Contraste entre la renuncia de Horacio Cartés a la presidencia y la nueva política en Colombia.

Como Jano, el dios de la mitología romana cuya efigie tenía dos rostros contrapuestos, la política latinoamericana mostró dos caras que representan sus respectivas antípodas. Pero no porque una exprese la izquierda y la otra la derecha, sino porque una implica la novedad política de la decencia y la concordia como banderas, mientras que su reverso encarna la astucia turbia y sin límites éticos en la búsqueda de poder.

Las banderas de la decencia y la concordia flamearon en las urnas de Colombia, mientras que su contracara se mostró, indecorosa, en la atribulada política de Paraguay.

En la efigie latinoamericana de Jano, un rostro fue el del matemático y académico que logró un sorprendente tercer lugar en la elección presidencial de Colombia, con un discurso inaudito en la región por su calidad ética. En el rostro contrapuesto apareció Horacio Cartes, presentando su renuncia a la presidencia de Paraguay. Leer más

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Elecciones en Venezuela: el fraude “ferpecto”

El presidente Nicolás Maduro necesitaba escenificar un triunfo creíble, pero lo que consiguió fue apenas un sketch grotesco.

Crimen Ferpecto” se llamó la película de Alex de la Iglesia, cuyo título hace mención a la evidente imperfección de un delito perpetrado de manera supuestamente perfecta. Las dictaduras que querían aparentar legitimidad democrática, cometían delitos comiciales obvios. Pero el régimen de Nicolás Maduro intentó el fraude “ferpecto”.

Armado. Necesitaba candidatos opositores que se presten a la escenificación de un comicio real. Sin embargo, una vez más, no logró convencer a nadie que no necesite creerle, o bien por adicción ideológica, o bien por recibir dinero o prebendas para que simule creer en esas ficciones electorales.

Sus voceros dijeron que Maduro obtuvo en esta elección un porcentaje de votos favorables “jamás conseguido en la historia del chavismo”. O sea, superó al mismísimo Chávez. Lo que no dijeron es que fue el nivel de participación más bajo de toda la historia. Según las propias cifras oficiales (seguramente infladas como en anteriores ocasiones) Maduro no logró vencer ni siquiera al abstencionismo.

En las elecciones y referéndums que cada tanto hacía Saddam Hussein, siempre superaba el 80 por ciento de los votos. Su régimen se sustentaba en la comunidad sunita de Irak, notablemente menos numerosa que la chiita, a la que sojuzgaba de manera brutal.

También lo aborrecían los kurdos, mayoría abrumadora en el norte iraquí contra la que Saddam cometió genocidios químicos. Ni con la totalidad de los votos sunitas y árabes cristianos (caldeos, asirios y siriacos) habría podido superar el 30 por ciento. Pero en sus dibujados escrutinios superaba el 80.

Lo mismo pasaba con el dictador sirio Hafez el Asad. Aunque apoyado en la minoría alauita, que ronda el 15 por ciento, y con el rechazo de la inmensa mayoría sunita, los escrutinios siempre lo acercaban al cien por ciento.

Los déspotas centroasiáticos también realizaban farsas electorales. Incluso los más criminales, como el uzbeko Islam Karimov. Encarcelaba a quien le trajera problemas (incluida su propia hija), ejecutaba disidentes sumergiéndolos en agua hirviendo y se cubría de votos inauditos para disfrazarse de demócrata. Igual que el delirante Saparmurat Niyazov, quien además de imperar con mano de hierro en Turkmenistán, escribió el Rukhanamá; la Constitución del Alma de los turkmenos. También falsificaban comicios el general Franco, el general Stroessner y otros dictadores de ese tipo. No todos dibujaban escrutinios tan ridículos, pero las urnas están presentes en los regímenes autoritarios porque la mayoría de los déspotas busca maquillarse de legitimidad democrática.

Sombra. Hugo Chávez era un líder de espíritu autoritario, pero sus elecciones eran reales porque no necesitaba fraude para ganar. Lo apoyaba la mayoría. Pero Nicolás Maduro perdió rápidamente ese apoyo mayoritario. Por eso realiza teatralizaciones electorales que, al dibujar escrutinios que lo acercan al 70 por ciento en un país quebrado, atestado de presos políticos y con una diáspora de dimensiones bíblicas, terminan siendo un patético sketch.
La última elección verdadera en Venezuela, fue la legislativa del 2015. Precisamente porque fue pluralista y sin fraude, la oposición logró un triunfo abrumador. Pero, a renglón seguido, el régimen practicó una vasectomía institucional que volvió infértil al congreso, convirtiéndolo en un poder legislativo que no puede legislar.

Como necesitaba un órgano que haga leyes para poder firmar contratos internacionales y obtener créditos, el régimen creó una asamblea constituyente que cumple la función legislativa. Pero el comicio para elegir sus integrantes no fue plural porque sólo podían postularse miembros de organizaciones chavistas. Y aún sin competir con nadie, el régimen hizo fraude. Smarmatic, la empresa que desde los tiempos de Chávez realizaba el conteo de los votos, denunció que el escrutinio tuvo más de un millón de sufragios ficticios.

A pesar de la denuncia hecha nada menos que por la empresa que proveyó el software electoral, no hubo cambio alguno en el ente que perpetró el fraude: el Consejo Nacional Electoral (CNE). El mismo ente que en la última elección para gobernador del Estado de Bolívar, alteró el resultado transmitido por el sistema automatizado, incorporando de manera irregular actas manuales para que se impusiera el candidato chavista.

Esa misma entidad, conducida por las mismas autoridades, es la que estuvo a cargo de estas elecciones.

A la falta absoluta de transparencia del CNE se suma otra lista de realidades fraudulentas. El comicio debía realizarse en diciembre, pero fue adelantado sorpresivamente, sin razones válidas. Obviamente, el partido oficialista supo desde un principio la verdadera fecha, por eso se preparó para mayo, mientras la oposición debatía si presentarse o no, pensando en diciembre.

A eso se suma el descomunal desbalance entre los instrumentos propagandísticos del régimen y los de la oposición. Sin pudor ni discreción, todos los ministerios aportaron lo que se les requirió para la campaña de Maduro, además de arrear a sus respectivos empleados a los mitines oficialistas.

Además, estuvo el llamado público del presidente a votar con el Carnet de la Patria y presentarlo en el “Punto Rojo” más cercano al centro de votación, para recibir un bono extra. En todo el país hubo casi trece mil “Puntos Rojos”, con los militantes oficialistas pidiendo ese carnet para premiar a los votantes que se registraran y, por ende, castigar a todos los portantes de ese instrumento de control que no lo hayan llevado a escanear en los sitios establecidos precisamente para eso.

Y hay más razones para certificar la falsedad del comicio. Por caso, las proscripciones de las principales figuras de la oposición y también de la MUD. ¿Qué legitimidad puede tener un comicio donde los principales exponentes y la principal fuerza de la oposición no pueden competir?

¿Por qué Henry Falcón aceptó jugar un partido tan viciado? ¿De verdad pensaba que si él ganaba no se cometería un fraude? Al respecto, hay dos hipótesis. Una: estaba convencido de que, si la participación era masiva, podía ganar y forzar al régimen a reconocerlo y negociar la transición. La otra: necesitando un oponente para dar credibilidad al comicio, el régimen salió a tentar opositores con dinero y lo logró con el ex gobernador del Estado de Lara. Ese “sparring” electoral debía servir para que la votación tenga la imponencia de las buenas teatralizaciones. Pero su actuación no alcanzó más que para un sketch grotesco.

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Estados unidos potenció el conflicto: Fiesta con funerales

Netanyahu, su esposa Sara, Ivanka y su esposo Jared. Selfie frenta a la embajada de Estados Unidos en Jerusalén.

La inauguración de la embajada norteamericana en Jerusalén tuvo como contracara protestas y medio centenar de muertes.

Netanyahu, su esposa Sara, Ivanka y su esposo Jared. Selfie frenta a la embajada de Estados Unidos en Jerusalén.
Bella, sonriente y vestida a la moda, Ivanka Trump descubría una placa imponente con el nombre de su padre, en la puerta de la embajada que se estaba inaugurando. En ese mismo instante y por esa misma razón, miles de palestinos protestaban y soldados israelíes les disparaban, matando a más de medio centenar.

Seguramente, Hamas alentó la marcha hacia la frontera para que se produjera el enfrentamiento y corriera sangre palestina. Los cadáveres de su pueblo son los misiles que Hamas lanza contra la imagen de Israel en la opinión pública mundial. Pero en este caso, lo increíble es la gratuita escusa que implica haber elegido un día inadecuado para hacer algo equivocado.

En el discurso televisado de Trump en el acto inaugural de la embajada norteamericana en Jerusalén, Donald Trump habló como si el traslado de la sede diplomática fuese un acto suyo a favor de los israelíes. No es así. Leer más

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Trump rompe el acuerdo nuclear

La gravedad de que Washington abandone un compromiso asumido y que Irán estaba cumpliendo. Falacias en el argumento de Trump.

Trump cumplió otra de sus promesas de campaña. Pero eso no es precisamente bueno. Lo mejor que podría pasar con muchas de sus promesas electorales, es que no las cumpla.

Por caso, habría sido bueno que no cumpla lo que prometió sobre los inmigrantes. Pero está cumpliendo y por eso hay miles de deportaciones que los devuelven a esos países a los que Trump llama “agujeros de mierda”. También habría sido bueno que faltara a su compromiso de amurallar la frontera con México, o retirar a Estados Unidos de acuerdos como el de París sobre cambio climático.

En lugar de esos razonables incumplimientos, el magnate inmobiliario ha cumplido sus promesas más demagógicas y extremistas. Y eso es malo para los norteamericanos ni para el mundo.

Tampoco es bueno para el mundo que haya tomado una decisión coherente con su demoledora crítica electoralista al acuerdo nuclear con Irán. Sin pensar que a ese pacto lo firmaron los líderes de Alemania, Francia, Gran Bretaña, Rusia y China, además de Obama, a quien profesa un aborrecimiento oscuro y viscoso, el presidente norteamericano lo ha descripto como una reverenda estupidez que no sirve para nada.

Sin embargo, haber ofendido a las potencias descalificando el acuerdo de ese modo, no fue lo peor. Lo peor fue que actuara en consecuencia. Además del pacto por el que la OIEA lleva años monitoreando la actividad nuclear de Irán, lo que ha quedado herido de muerte es la negociación y el acuerdo como instrumentos para evitar conflictos. Leer más

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El show de la paz

Donald Trump planea reunión con el líder norcoreano y alimenta su propia candidatura a una distinción impensada.

Poco después de haber estado despeinando el cielo japonés con misiles que sobrevolaban Hokkaido, y de haber sacudido los sismógrafos asiáticos con detonaciones subterráneas que incluyeron una bomba termonuclear, Kim Jong Un fue elogiado por Donald Trump y recibido con abrazos y besos por el presidente surcoreano.

La desmesura caracteriza al insólito acercamiento del líder de Corea del Norte a los países que poco antes había amenazado con un ataque que los convertiría en “infiernos ardientes”. Confirmando la extraña desmesura, el presidente surcoreano propuso a Trump para el Nobel de la Paz.

Aunque esa distinción se hayan otorgado a varios personajes cuestionables, resulta desopilante que, para Moon Jae In, el premio que recibieron Mandela y Luther King deba entregarse al hombre que más dañó la imagen de Estados Unidos por sus xenófobas políticas inmigratorias, por sus gestos y pronunciamientos racistas, por insultar a países pobres llamándolos “agujeros de mierda” y por denostar a los mexicanos.

¿Cuál habría sido, según el presidente Moon, el aporte de Trump al cambio de Kim Jong Un? ¿Haber amenazado con “devastar” Corea del Norte? ¿Una amenaza de genocidio se premia con un Nobel? ¿Fue aquel exabrupto lo que causó el giro norcoreano? ¿Por qué Kim sacrificaría su arsenal firmando un acuerdo con Trump, justo cuando está por sacar a Estados Unidos del acuerdo nuclear con Irán?
Más lógico es pensar que, si de verdad hay un cambio y no una actuación como las que tantas veces hicieron su padre y su abuelo, se debe a que China por primera vez aplicó sanciones, en lugar de simularlas. Corea del Norte no puede subsistir sin el petróleo que le envía China y sin que Beijing le compre su carbón. Y Xi Jinping apretó al líder norcoreano porque éste lo desafió asesinando a un protegido de China: su hermano Kim Jong Nam.

Desmesurado. El encuentro de los líderes coreanos debía ser sobrio. Al fin de cuentas, quien cruzaba la frontera es considerado un criminal atroz. Fue Corea del Sur la que denunció que, al asumir, ejecutó a su tío Jang Song Taek haciéndolo devorar por 120 perros hambrientos. Seúl también reveló centenares de asesinatos en sus recurrentes purgas y dijo que, a un ministro que se durmió durante un discurso suyo, lo hizo fusilar con un cañón antiaéreo.

A esos crímenes los denunció el país cuyo presidente recibió al supuesto monstruo con abrazos, sonrisas y fotos tomados la mano.

Debió primar la sobriedad pero primó la euforia. Kim fue recibido como si fuera un héroe de la paz y no el hombre que hizo asesinar a su hermano en el aeropuerto de Kuala Lumpur. Tanto espectáculo da la sensación de un gran acto publicitario. Las estrellas de esa publicidad son Moon, Trump y el líder norcoreano al que se brindó el escenario mundial para que su imagen de dictador totalitario sea reemplazada por la de pacificador.

La desmesura parece ocultar algo. Por caso, un acuerdo entre los tres para montar un espectáculo que los promocione como grandes estadistas. Y sobre la desnuclearización prometida se verá después.

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Secuestros en Ecuador: La vuelta de las FARC

Como un residuo tóxico, los batallones que no firmaron la paz en Colombia están sacudiendo Ecuador con sus secuestros y crímenes.

En Colombia, ni la disolución de los carteles de Medellín y Cali fueron el final del narcotráfico, ni la firma del acuerdo de paz con las FARC trajo la paz y el final de esa guerrilla. El narcotráfico de poderosos jeques como Pablo Escobar y los hermanos Rodríguez Orejuela, se trasladó a México, dejando en Colombia una estela de pequeños narcotraficantes que no ostentan riqueza ni andan rodeados de sicarios armados hasta los dientes. Es la generación de narcos “invisibles”, que cedió a los poderosos cárteles mexicanos el mercado norteamericano, pero conquistó el mercado europeo. Con esas mafias más discretas negocian las FARC residual.

La paz firmada con Timochenko fue importante. Implicó el desarme y la desmovilización de siete mil guerrilleros. Pero el asesinato de tres ecuatorianos, seguido por el secuestro de una joven y pareja ecuatoriana que viajaba por la frontera de Colombia en una moto, les avisó a los colombianos que aún hay guerrilla en el país. Además del Ejército de Liberación Nacional (ELN), están los mil doscientos combatientes que dieron la espalda a las negociaciones que se realizaban en La Habana y luego rechazaron el acuerdo con el gobierno y acusaron de traición a la cúpula de la vieja guerrilla.

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Grieta brasilera: Reinventando a Lula

La izquierda ahora idolatra al líder que cuestionaban, y los liberales critican a quien elogiaban. Ninguno lo describe acertadamente.

El encarcelamiento de Lula puso a las grietas de toda Latinoamérica a supurar rencores y delirios. El obrero que llegó a la presidencia de Brasil, comenzó a ser manipulado ni bien los jueces supremos le bajaron el pulgar. Cada bando interpreta, desde sus filias y fobias, al líder del Partido de los Trabajadores (PT). Y esas interpretaciones deforman la realidad.

Curiosamente, para las izquierdas que abrazaron el populismo agresivo y para las derechas recalcitrantes, Lula da Silva es un izquierdista de alto voltaje que hizo populismo desenfrenado. Los dos extremos del arco político coinciden en el mismo error. Unos describen lo que aman y los otros describen lo que odian, pero ninguno describe al verdadero Lula.

El verdadero es el que gobernó con lucidez y pragmatismo. No se parece a Fidel Castro ni a Hugo Chávez. Se parece, más bien, al líder socialdemócrata que reafirmó a España en el capitalismo con Estado de Bienestar, incorporándola a la OTAN para que pueda ser parte de la Comunidad Europea.

Lula fue el Felipe González de Brasil. O sea, el socialdemócrata pragmático que supo sacar de la pobreza a millones de personas, sin atacar a las empresas sino, por el contrario, entusiasmando al empresariado para que se vuelque de lleno a la inversión. Cuando Fernando Henrique Cardoso transitaba su segundo y último mandato, sabía que su mejor sucesor sería Lula, porque un gobierno del PT que no se apartara de los lineamientos macroeconómicos que él había comenzado a trazar desde que era ministro de Hacienda del presidente Itamar Franco, era lo que faltaba para consolidar la confianza de los inversores y del capitalismo mundial en el rumbo de Brasil. Leer más

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