Archivo de publicaciones en El País de Montevideo

Con sangre en las manos

Si algo muy grave se decidía en la Francia del Luis XIII, nadie pensaba en el rey sino en el poder detrás del trono: el cardenal Richelieu. Y si algo muy grave se decidía en la Francia de Luis XIV, nadie dudaba que el autor de la decisión era el mismísimo “rey sol”.

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La pelea más insólita

De Gaulle y Eisenhower jamás habrán imaginado un intercambio de misiles verbales como el que se lanzaron Macron y Trump.

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Dos contra el mundo

La ocasión era adecuada. Se cumplían cien años del final de la Primera Guerra Mundial.

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El inesperado salto de Moro

En política, hay casos en los que, más que la falta de transparencia, sorprende la negligencia. Sucede cuando se trata de personas que han mostrado mucha capacidad en procesos tan grandes como complejos, pero de repente toman decisiones que ponen bajo sospecha lo realizado.

Para Sergio Moro, la prioridad debiera ser el Lava Jato. Ese vigor depende de su transparencia. Quienes llevan adelante la ofensiva judicial contra la corrupción en Brasil, no deben generar ningún tipo de sospecha sobre el proceso.

Aceptando un cargo político, el juez de Curitiba hizo lo contrario. Inevitablemente, su rápida aceptación de convertirse en ministro de Jair Bolsonaro resta claridad a la ofensiva contra la corrupción. Leer más

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La moneda conservadora

En el mismo puñado de días en que Latinoamérica tuvo como protagonista a Jair Bolsonaro, en Alemania Angela Merkel le ponía fecha al final de su carrera política. En el 2021, al concluir su actual mandato, dejará el gobierno y el liderazgo partidario.

Merkel y Bolsonaro son las dos caras contrapuestas del conservadurismo. La prueba más clara de que nada hay en común entre derecha y ultraderecha; la medida de la oceánica diferencia entre ser conservador y ser ultraconservador.

La mujer que creció en la Alemania comunista y se destacó como científica en el campo de la Física, se sumó al partido de Adenauer ni bien cayó el Muro y su capacidad deslumbró a Helmut Kohl.

Cuando la sombra de la corrupción oscureció la imagen del “canciller de la reunificación”, el camino hacia el poder se abrió para la Física que había obtenido un doctorado en Química Cuántica con una tesis deslumbrante, y que conservó el apellido de su primer marido, el Físico Ulrich Merkel, aun después de casarse con su segundo marido, el Químico Joachim Sauer.

Desde que se convirtió en canciller, la imagen mundial de Merkel creció hasta ser un paradigma del gran estadista. Sin embargo, en sus gobiernos predominó la Gran Coalición, como los alemanes llaman a los cogobiernos entre conservadores y socialistas; excepcionalidad cuyo primer caso fue el gobierno que encabezaron Kurt Kiesinger y Willy Brandt entre 1966 y 1969. Aquella vez los dos grandes partidos decidieron afrontar juntos una serie de duras pero necesarias reformas económicas.

La razón de los últimos cogobiernos de conservadores y socialdemócratas tiene que ver con el ascenso de fuerzas radicales. Die Linke creció en la izquierda dura mientras Alternativa por Alemania se erigía como una vigorosa extrema derecha.

Merkel pudo haber optado, como los conservadores austriacos, por una coalición que incluyera a la ultraderecha para no tener que aliarse con la centroizquierda. Pero eligió lo inverso. Formó gobierno con los socialdemócratas para no tener que hacerlo con la ultraderecha.

La razón es medular: la centroizquierda defiende la sociedad abierta, diversa y plural del Estado de Derecho. Mientras que los ultraconservadores colocan la nación por sobre la república, la mayoría por sobre las minorías y el poder de un líder por sobre las instituciones.

Merkel entiende que los fundamentos de la sociedad que defiende su conservadurismo, tienen por aliados a los socialdemócratas y por enemigos a los extremos de la izquierda y la derecha.

Por todo lo que hizo y dijo, Merkel es la contracara de Bolsonaro. Si bien en la presidencia puede cambiar, quienes hoy quieren ver en Bolsonaro grandezas que jamás mostró son el equivalente en esa vereda de lo que los defensores de Maduro son en la vereda opuesta.

Así como cambió su posición económica (siempre había apoyado la visión, más desarrollista que libremercadista, del régimen militar), también es posible que cambie en lo político.

Además del desarrollo que podría traer al Brasil, virar hacia una economía abierta siguiendo el modelo chileno podría poner bajo control los instintos autoritarios y violentos de Bolsonaro.

Será así si desecha gobernar como Pinochet, para imitar el modelo que encarna Sebastián Piñera; un centroderechista prestigioso y claramente democrático como su máxima referente: la imponente Angela Dorothea Merkel.

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Mezquindad y negligencia

Cuando la esposa de Fernando Haddad levantó la remera de “La Cámpora” en el acto que encabezaba su marido, mostró la obtusa negligencia que forma parte de la explicación de por qué pudo ganar en Brasil el portador de un discurso aberrante.

Anna Estela y el kirchnerista argentino que le alcanzó esa camiseta con el nombre de una agrupación de ideología sectaria y antidemocrática, ingresaron a la historia universal de la estupidez por hacer algo que sólo podía sumarle al candidato ultraderechista.

Es obvio que ningún brasileño con consciencia del peligro que implica Bolsonaro, decidiría apoyar a Haddad porque su esposa reveló que simpatiza con Cristina de Kirchner y su fanática agrupación juvenil.

En cambio, muchos moderados que desprecian al PT pero entienden el grave peligro de convertir en presidente al portador de un discurso cargado de odio y violencia, pueden haber visto en ese gesto una gota más en el vaso que se derramaría sobre la abstinencia y el voto en blanco.

En la dramática campaña electoral brasileña, lo que no sumó, restó en el terreno del voto para no dejar la democracia al borde del abismo.

Todas las fuerzas que, aún siendo parte de una partidocracia mediocre y corrompida, representaban el mal menor ante la alternativa ofrecida por un candidato con incontinencia barbárica, especularon de manera irresponsable con la lógica del voto desesperado. O sea, la apuesta a que, quien pasara a la segunda vuelta, sea el candidato que fuere, vencería a Bolsonaro porque se impondría el voto en defensa propia.

Un discurso que promete alentar desde la presidencia la violencia política, racial y social como el de Bolsonaro, imponía gestos de grandeza que los demás candidatos no tuvieron. El principal acto de grandeza implicaba unir fuerzas en un frente de salvación democrática que bajara las banderas partidarias y postulara la defensa de la división de poderes, las libertades públicas y la Constitución.

La mezquindad y la mediocridad vencieron a la estatura histórica, allanando el camino al crecimiento de Bolsonaro en la primera ronda. En el triunfo ultraderechista que lo dejó a milímetros del Planalto, hubo un aporte de Lula. En lugar de priorizar una alianza democrática contra el discurso antidemocrático, racista y violento, postuló a un académico rechazado por el ala sindical de su partido y, como si fuera poco, le puso como candidata a vice a la titular del Partido Comunista.

Las usinas de Bolsonaro no habrán podido creer que el líder del PT les facilitara tanto las cosas. En la cárcel, Lula tomó las decisiones que no podían sino espantar clase media y ahuyentar moderados.

Debió corregir el error en la campaña del ballotage. ¿Cómo? Dejando claro (muy pero muy claro) que la prioridad era conjurar el riesgo de llevar Brasil hacia un extremismo que podría generar violencia política desenfrenada. Y dejando muy pero muy en claro que, de imponerse en la segunda vuelta, Haddad gobernaría con los demás partidos democráticos, sin obstaculizar el Lava Jato y sin caer en las tentaciones hegemónicas en las que cayó el PT generando el rechazo que fortaleció a Bolsonaro.

Por negligencia y falta de estatura histórica, ni Lula ni su candidato hicieron lo que debían hacer. Tampoco hubo grandeza en otros exponentes del campo democrático. Incluido Fernando Henrique Cardoso, quien siendo el mayor estadista y el más lúcido intelectual de la política brasileña, se limitó a balbucear que la sensatez en la segunda vuelta estaba en el voto por Haddad.

Eso que dijo era demasiado cierto como para decirlo en voz tan baja.

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Palabras y acciones

Los impulsores del terrorismo por correo son científicos locos. Con el seudónimo Unabomber, el matemático Theodore Kaczynski envió cartas-bomba que hacía en una cabaña solitaria de Montana.

Desde una posición anarcoprimitivista le había declarado la guerra al avance tecnológico. Después, por razones aún más confusas, el microbiólogo Edward Ivins envió cartas con ántrax.

Quienes ahora mandaron los paquetes-bomba no son científicos locos. La posible perturbación mental que los motiva sería diferente, porque los destinatarios de sus envíos tienen identidad política definida.

Barak Obama y Hillary Clinton son las máximas figuras de la oposición. Y CNN es la cadena a la que Donald Trump ataca permanentemente.

Los otros destinatarios de las bombas fueron John Brennan, jefe de la CIA en la administración Obama, y Erick Holder, fiscal general del mismo gobierno.

La policía secreta atajó también una encomienda explosiva para George Soros, uno de los principales aportantes de la campaña demócrata para los comicios legislativos de noviembre.

El mensaje de muerte a Soros estuvo precedido por una ola de ataques en las redes sociales, acusándolo de financiar la caravana que marcha desde Honduras.

En las cercanías del presidente temen que el caudaloso río humano tenga un efecto negativo, como “la crisis de los marielitos”; aquella ola de balseros cubanos que en 1980 desestabilizó al gobierno de Carter.

Por eso, mientras el vicepresidente Pence acusaba al chavismo de financiar la caravana para perjudicar a Trump, los voceros más exasperados del magnate acusaron a los demócratas, a la CNN y a Soros de estar detrás del río humano que avanza hacia Estados Unidos.

Esto no implica que Trump o el Partido Republicano estén detrás de la ola de acciones criminales. Lo que parece indudable es que, si desde la máxima autoridad del país se irradia constantemente un mensaje cargado de odio a opositores, a críticos y a grandes medios de comunicación, es normal que las mentes exaltadas y los espíritus violentos se sientan autorizados a actuar contra los señalados por el dedo acusador de sus líderes.

Ocurre en la Venezuela tiranizada por el chavismo y en todos los países con líderes demagogos que desde el poder dividen a sus pueblos entre amigos y enemigos.

Las palabras y los gestos portadores de violencia, cuando provienen de un liderazgo fuerte, habilitan las acciones violentas de quienes comparten las fobias de su líder. Tan así es que hasta cabe la sospecha de que a esta tanda de correos letales la haya organizado algún enemigo de Trump, para victimizar a los demócratas y a otros señalados por ese discurso agitador de instintos oscuros y violentos.

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Acusar a la víctima

Es común en una etapa temprana de la niñez reaccionar ante el reproche con una estrategia refractaria.

Si la madre, al verlo hecho un enchastre, le dice “cochino”, el niño que refracta reproches le responderá “vos sos cochina”. Y si la madre vuelve a la carga diciéndole “sos vos el que tiene comida en toda la cara”, sin perder la calma el niño replicará diciendo “vos tenés comida en la cara”.

Trump recurrió a esa estratagema infantil para explicar los paquetes-bomba que recibieron opositores y críticos. Todos los receptores de la letal encomienda tienen en común ser opositores o fuertemente críticos al presidente. Pero más significativo es que también tienen en común ser constantemente denostados por Trump. Leer más

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Tragedia de rasgos bíblicos

Detrás de toda diáspora hay una tragedia. Desde las masas que se desplazaron en la remota antigüedad hasta la multitud de hondureños que caminan hacia Estados Unidos, lo que dejan a la vista son dramas históricos.

Tanto las diásporas judías causadas por Nabucodonosor II de Babilonia en el siglo VI AC, el emperador Tito de Roma en la primera centuria de la era cristiana y la corona española a los sefaradíes en el siglo XV; como las que marcaron el siglo XX con los armenios víctimas del supremacismo turco, los musulmanes e hindúes que marcharon a contramano en 1947, los albaneses de Kosovo expulsados por Milosevic y los balseros cubanos que escaparon del totalitarismo castrista; además de la diáspora de los venezolanos que en pleno siglo XXI huyen del hambre y la dictadura que arruinó el país. Todas evidencian tragedias.

Lo mismo muestra el increíble río de personas que avanza a pie desde Honduras hacia Estados Unidos. Voceros del gobierno hondureño hablan de un plan financiado por Nicolás Maduro para que esta diáspora tape a la de los venezolanos que huyen de las penurias del chavismo y a la de los nicaragüenses que huyen de la represión de Daniel Ortega y su esposa. Es posible, pero eso no cambia nada.

Honduras y Guatemala llevan años produciendo una diáspora oceánica, pero por goteo. La diferencia es que este caudal de gente desesperada que se puso en marcha visibiliza el drama de países atormentados por el crimen y por gobiernos ineptos y corruptos.

Las diásporas producidas por las calamitosas dictaduras que imperan en Venezuela y Nicaragua no pueden tapar la tragedia de hondureños y guatemaltecos. A la corrupción y la arbitrariedad los gobiernos de ambos países suman una pasmosa ineptitud para relanzar la economía, crea fuentes de trabajo y organizar fuerzas de seguridad que puedan poner freno a la delincuencia criminal.

Mientras el presidente Jimmy Morales busca expulsar a la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (Cicig) para que nadie en nombre de la ONU ponga la lupa en los pliegues más oscuros de su administración, Juan Orlando Hernández se aferra al poder a expensas de la Constitución y de la transparencia electoral.

Por intentar la misma manganeta que perpetró Hernández para eludir el impedimento constitucional a la reelección, a Manuel Zelaya le dieron un golpe de Estado los poderes Legislativo y Ejecutivo, dejando el poder en manos del turbio Roberto Micheletti.

Hernández realizó con éxito la maniobra reeleccionista que le costó el cargo a Zelaya en el 2009. Y la completó con una elección que dejó sabor a fraude.

Con esos diplomas gobierna Honduras el presidente que debió, por lo menos, pronunciar un discurso medular y profundo sobre las causas, las consecuencias y el significado de esta diáspora de dimensión bíblica que el mundo observa con perplejidad. Pero no dijo nada. Como si un caudaloso río humano corriendo desesperadamente a estrellarse contra el muro de Trump, no tuviera relevancia ni evidenciara una descomunal tragedia.

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Vivir en un vecindario en llamas

Claudio Fantini trata con ‘La tenue virtud’ de que los uruguayos tomen plena conciencia de sus cualidades democráticas y de que las preserven a toda costa

En un país de 3,4 millones de habitantes, rodeado de dos gigantes sumidos en una profunda crisis, muchos se preguntan hasta qué punto Uruguay podrá resistir al caos económico de Argentina y a la degradación institucional y democrática que sufre Brasil.

La publicación de la La tenue virtud. Uruguay como excepción al caos en la región, del periodista Claudio Fantini, ha llegado pertinente, casi profética, ya que pudo captar el momento actual, a pesar de que nadie pronosticó la serie de turbulencias que sacudieron a la región en 2018. Fantini, de nacionalidad argentina y corazón rioplatense, compara la situación en varios países latinoamericanos tratando de que los uruguayos tomen plena conciencia de sus cualidades democráticas y de que las preserven a toda costa.

“En el pueblo uruguayo, en sus deportistas, en sus artistas y en su clase dirigente (el resto de los Sudamericanos) encuentran, en términos generales, un nivel de decencia, humildad y sentido común que no hallan en sus respectivos países”, escribe el autor. Los datos son conocidos en la región: Uruguay tiene la mayor clase media y las menores diferencias sociales de Sudamérica. En medio de 12 años de crecimiento económico ininterrumpido, el país ha avanzado en una ambiciosa agenda de derechos: despenalización del aborto, legalización de la marihuana, matrimonio gay, ley de protección de las personas trans…

La base de construcción de esta isla de estabilidad ha sido la moderación, lentitud en las decisiones, la capacidad política de crear consensos y el apego a la institucionalidad republicana.
¿Son conscientes los uruguayos de esa virtud y podrán conservarla? El autor piensa que no se debe de dar nada por seguro en estos tiempos de violencia y demagogia. Al final del libro, el actual presidente del país, el socialdemócrata Tabaré Vázquez, así como dos expresidentes, Julio María Sanguinetti (Partido Colorado, conservador) y Luis Alberto Lacalle (Partido Nacional, centro derecha) ofrecen su visión, contrapuesta, de la realidad mundial y uruguaya. Forman parte de una generación de políticos (todos superan los 75 años) con una noción profunda de la democracia y el republicanismo. Para Uruguay, el relevo será un desafío que llega en medio de fuertes turbulencias en la región.

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