Archivo de publicaciones en El País de Montevideo

La sombra del reino saudí

Lo extraño no sería que el régimen saudita asesine un disidente, sino que lo haga de una manera tan obvia y brutal como parece haberlo hecho.

La desmesura de las amenazas que está esgrimiendo Mohamed Bin Salmán confirmaría su responsabilidad en la desaparición de Jamal Khashoggi.

Lo que debiera hacer el príncipe que ejerce el poder que aún debería monopolizar su padre, el rey Salmán, es entregar a Turquía las grabaciones de las cámaras de seguridad de su consulado en Estambul. La cuestión es simple. Si las cámaras registraron el ingreso de Khashoggi a la se-de diplomática, también debieron registrar su salida. Salvo que no haya salido jamás.

Si no salió, las posibilidades son: que quedara secuestrado en el consulado; que lo hayan asesinado y retengan su cadáver, o que lo hayan asesinado y sacado el cuerpo del lugar. Leer más

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Macri en el huracán Carrió

El sismo provocado por la embestida de Elisa Carrió contra un ministro de Macri, desató una crisis en el oficialismo.

La pregunta comienza a repetirse en las cercanías del presidente. Con sus cuestionamientos y desplantes ¿Carrió fortalece o debilita al gobierno? ¿le suma o le resta a la coalición Cambiemos?

Hasta aquí, pocos se atrevían a contradecir una suerte de verdad sacralizada en el macrismo: “Lilita es la prueba de tolerancia presidencial ante la crítica, y la garantía ante la sociedad de que el gobierno está decidido a luchar contra la corrupción en sus propias filas”. Pero en los últimos días el interrogante retumbó con sonoridad estruendosa.

¿Por qué se hace audible ahora una duda que irrumpió con las primeras embestidas de la emblemática legisladora contra su propio gobierno? Porque ese gobierno ha entrado en su etapa de máxima debilidad.

La duda no se plantea por la conducta de Carrió, sino por la debilidad extrema que avanza sobre la imagen del presidente desde que se desató la crisis cambiaria obligándolo a recurrir al FMI y a iniciar los drásticos recortes que hasta aquí había evitado. Leer más

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El fenómeno extremista

Que un dirigente de las características de Jair Bolsonaro llegue a ser protagonista en una elección presidencial, alcanza el rango de fenómeno.

La excepcionalidad está en llegar a semejante resultado mediante la exaltación del autoritarismo, la violencia y la promoción del odio racial, el desprecio social y el aborrecimiento a la diversidad sexual.

El fenómeno Bolsonaro tiene una causa externa y varias causas internas. La causa externa es la ola anti-sistema que se manifiesta en las urnas de países de mediana y de gran envergadura, dejando el poder en manos de personajes como el filipino Rodrigo Duterte.

Los últimos ejemplos del fenómeno en América fueron el triunfo en la primera vuelta del fundamentalista costarricense Fabricio Alvarado, peligro conjurado en el ballotage, y la abrumadora victoria de la derecha antiinmigrante en Quebec, sacudiendo a la racional, diversa, opulenta y hasta elegante Canadá.

Las incertidumbres y temores de esta etapa de la era global y la evolución tecnológica desgastan a las dirigencias políticas tradicionales, abriendo paso a discurso demagógicos y extremos.

A esa realidad de escala global Brasil le agrega la decadencia ética de su propia dirigencia, ensanchando las posibilidades de quienes proponen patear el tablero, aunque sean personajes vulgares con discursos desopilantes.

La otra causa interna del fenómeno Bolsonaro está en las malas decisiones de esa clase política que, aun corrompida y mediocre, resulta más racional que el candidato anti-sistema. En la centroderecha, el PMDB y el PSDB chocaron entre sí, neutralizándose mutuamente. Y en la centroizquierda, Lula impuso un candidato cuyo perfil académico genera rechazo en el poderoso brazo sindical del PT, con una compañera de fórmula que, por pertenecer al Partido Comunista, repele el gran flujo de votos moderados que se necesita para ganar una elección.

Quizá, más competitivo que imponer la fórmula Haddad – D’Avila habría sido alinear al PT detrás de la candidatura del socialista moderado Ciro Gomes. Pero en la centroizquierda no hubo entendimiento entre el partido más débil que tuvo al candidato más fuerte, con el partido más fuerte que presentó al candidato más débil.

A eso se suma el aporte de la Justicia al inquietante fenómeno. Que haya dejado fuera de carrera a Lula cuando encabezaba todas las encuestas con una intención de voto que nunca alcanzó ningún otro candidato (el 40%) puede ser explicado en la interpretación de la Ley.

Pero no tiene ninguna explicación aceptable que la Justicia le haya prohibido al PT usar la imagen de Lula en los afiches y los avisos televisados de Fernando Haddad. También haber prohibido entrevistas y la difusión de mensajes grabados del ex presidente se parece más a la censura que a una equilibrada aplicación de la Ley.

La contracara es que ni Bolsonaro ni Hamilton Mourao ni los demás militares que integran la plana mayor de partido ultraderechista han sido sancionados por la reivindicación de la tortura y el asesinato, las apologías de crímenes de lesa humanidad y las incitaciones al golpe de Estado y a otras violaciones de la Constitución.

Por cierto, también el hombre que apuñaló a Bolsonaro hizo su aporte al fenómeno de la demagogia extremista. El cobarde atentado convirtió, por primera vez, en víctima al apologeta de los victimarios. Y de paso le regaló una coartada para justificar su ausencia en los debates con los otros candidatos. Un escenario en el que sólo podía perder.

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El fósforo y la nafta

El cerco se iba cerrando. La acumulación de pruebas y confesiones anunciaba el inminente procesamiento de Cristina Kirchner. La decisión del juez plantea el tema de la prisión preventiva. Desde entonces, la libertad de la expresidenta queda en manos de los legisladores peronistas.

El senador Miguel Pichetto ya dijo que su bloque no concederá el desafuero. El macrismo se rasgará las vestiduras y acusará a los senadores peronistas de encubridores que convierten el Congreso en una guarida. Pero más allá de sus expresiones públicas, el oficialismo sabrá que, manteniéndola en libertad, Pichetto también le hace un favor al gobierno.

En un trance económico tan delicado como el actual, la detención de Cristina podría resultar sísmica. En el imaginario kirchnerista, moldeado por un eficaz aparato de propaganda, será una “presa política” cuyo encarcelamiento es parte de “un plan” para “destruir el movimiento nacional y popular”. En ese “relato”, Cristina será una víctima más del proceso de desmantelamiento del eje bolivariano que encarceló a Lula en Brasil y que, en Ecuador, procura llevar a prisión a Rafael Correa.

Los casos son totalmente diferentes, pero en la argumentación de la propaganda K son parte del mismo movimiento de pinzas cuyo objetivo es atenazar la región a los designios de Washington a través de dirigencias neoliberales.

Ese razonamiento deja de lado los juicios y prisiones de gobernantes liberales en Perú, así como los juicios y prisiones de presidentes derechistas centroamericanos. De todos modos, la situación económica que está asfixiando a las clases medias y bajas de Argentina potenciará esa lectura de los hechos si Cristina quedara en prisión preventiva durante el proceso por corrupción.

El duro ajuste que se está efectuando, su impacto en el consumo y el empleo, además de la sensación cada vez más extendida de que el país avanza sin metas claras hacia un círculo vicioso de aumento de tarifas y precios sin que aparezca, de momento, una luz al final del túnel, conspira contra una percepción social equilibrada de las razones que llevaron a la expresidenta al banquillo de los acusados. En las actuales circunstancias no puede ser de otro modo.

Si los cálculos que Macri presentó en su campaña electoral y en el primer tramo de su gestión hubiesen sido correctos, hoy Argentina tendría un despegue económico vigoroso, basado en la inversión privada. Pero la realidad está en las antípodas de aquellos cálculos y anuncios. Inflación, deuda y caída del consumo producen incertidumbre y descontento, el combustible de los estallidos sociales. Y Cristina necesita que ese combustible estalle en llamas que devoren al gobierno entero.

El estallido social y la caída del gobierno aparecen como la única y última posibilidad que tiene la expresidenta para intentar eludir el destino judicial que le depara el océano de pruebas en su contra.

Su detención, en el marco de semejante crisis, podría ser el fósforo que encienda las llamas. Mauricio Macri lo sabe.

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El sucesor resistido

No son muchos los políticos que debieron desistir de una candidatura con todas las encuestas vaticinándoles el triunfo.

Nadie sabe qué se siente en semejante circunstancia, pero es comprensible que Lula se haya aferrado a su postulación hasta la última instancia. Más aún si esa segura victoria le hiciera posible recuperar su libertad.

A sólo un par de horas de vencer el plazo de inscripción de fórmulas, el ex mandatario anunció, finalmente, la candidatura presidencial de Fernando Haddad. Si el plazo vencía, el PT quedaba fuera de competencia.

La resistencia a deponer la candidatura fue tan grande, que la renuncia fue llegando en dosis. En la mañana del último día, hubo una carta del líder PT que deslizaba un reconocimiento implícito de la sucesión en la fórmula presidencial. “Mi voz es la voz de Haddad”, decía en una línea. Horas más tarde, la admisión del sucesor como cabeza de lista se hizo explícita e inequívoca.

Pero..¿era realmente Lula quien se aferraba a una candidatura que ya había sido institucionalmente sentenciada?

Fue el ala sindical del partido la que se aferró con más fuerza a la esperanza de que, al cabo de tantos recursos interpuestos en todas las instancias existentes, alguno lograría salvar la postulación del líder que proviene del gremialismo metalúrgico.

Ese sector sindical presionó a los juristas del PT para que buscaran por todos los medios salvar la candidatura de Lula.

El esfuerzo traspasó fronteras razonables, porque dejó al partido sin fórmula clara cuando la campaña electoral ya estaba lanzada. ¿Por qué tanta insistencia? Entre otras razones, porque el PT no es un cuerpo homogéneo y Haddad representa a sectores que nada tienen que ver con el poderoso brazo sindical.

Los jefes del aparato gremial del partido sienten que, si ese miembro del sector intelectual venciera, para ellos la realidad no sería tan diferente que con la victoria de cualquier otro candidato, con excepción de Bolsonaro, el ultraderechista que amenaza con una ola de macartismo.

La pregunta es si el sindicalismo petista pondrá, de ahora en más, toda la energía que se reservaba para una campaña de su líder natural. Lula querrá que inviertan en el nuevo candidato la misma energía electoral que habrían invertido en él, porque de llegar al Planalto quien fue su ministro de Educación y alcalde paulista, habrá una esperanza de ser liberado por un indulto presidencial.

La otra pregunta es si el PT está aún a tiempo de hacer que Haddad succione la masa de votos que arrastra Lula. En la caza de ese caudal de sufragios, el socialista Ciro Gomes picó en punta.

De momento Gomes, quien inició su carrera política en la centroderecha y desembocó en la centroizquierda que no se deja absorber por el PT, es quien se perfila para acceder al ballotage. Y quien logre disputar la segunda vuelta con Bolsonaro, lo más probable es que la gane.

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Déficit de autocrítica

Mostró una actitud distinta. Manejó de otra manera las pausas y los énfasis. Pero en algunas cuestiones sustanciales, Mauricio Macri repitió falencias. Por caso, una descripción de las causas del tembladeral en la que el peso recae sobre los factores externos y sobre la demagogia oportunista que han mostrado muchos dirigentes opositores, a lo que se sumó el “efecto cuaderno” que le mostró al mundo la radiografía del gigantesco y voraz tumor de corrupción que ha padecido la Argentina.

Todo eso es parte de la explicación, pero si el gobierno tuvo que encerrarse un fin de semana en la quinta presidencial de Olivos a reinventarse y volver sobre sus pasos en muchas de sus políticas y convicciones, es porque ha cometido muchos más errores que los tímidamente admitidos, y porque, hasta la eyección del dólar hacia la estratósfera, todo el gabinete estaba más desconectado de la realidad que con los pies en la tierra.

El discurso del presidente tuvo más gesticulación que contenido profundo. También tuvo más señalamientos de las culpas ajenas que admisión de las culpas propias. Una faltante que, en esta instancia, expresa negligencia y la persistencia del ensimismamiento que arrastró al gobierno hasta estas encrucijadas.

Por cierto, la autocrítica es un déficit que no tiene solo el gobierno de Macri. El kirchnerismo recurre a sus conocidas ecuaciones ideológicas para liberarse de toda culpa satanizando al “macrismo neoliberal”, mientras el resto del peronismo actúa como si no tuviera nada que ver con la patológica debilidad económica y la desconfianza que el mundo le tiene a la Argentina. Los medios de comunicación electrónicos cubren los sismos financieros con un sensacionalismo frenético que potencia el pánico social y las escaladas del dólar. La especulación política y periodística es la regla, no la excepción. También lo son la irresponsabilidad y el oportunismo. La justicia, la prensa, las dirigencias sectoriales, la casi totalidad de los políticos y el gobierno que encabeza Macri, son los componentes de una ecuación con resultado negativo. Todos debieran hacer una autocrítica de dimensión oceánica y nadie la hace. Argentina es el país donde todos señalan con dedo acusador y nadie se golpea el pecho. Pero ayer, en su discurso, el que tenía más obligación de golpearse el pecho que de apuntar el dedo acusador, era el presidente. No lo hizo.

Anunció medidas significativas pe-ro menos que las esperadas. Y sobre la reformulación del gobierno eliminan-do y fusionando ministerios, llama la atención que en un equipo que cometió tantos errores, el “director téc-nico” haya realizado más cambios de posición y de roles, que cambios de jugadores.

Con la misma gente, Macri empieza otro partido. Los ojos del país siguen puestos en el dólar.

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El héroe de la dignidad

En la historia hay personajes viles que ganaron guerras en vida, pero perdieron batallas cruciales ya muertos. Y también muestra héroes de la dignidad que perdieron guerras en vida y ganaron cruciales batallas al morir.

En el primer grupo está Francisco Franco, ganador con su estrategia de terror en la Guerra del Rif y en la Guerra Civil española; pero derrotado post-mortem, primero con el entierro de su régimen para nazca una democracia, y ahora con el desalojo de su tumba del Valle de los Caídos, para que deje de ser el “monumento a una dictadura”.

En el segundo grupo está John McCain, capturado en la guerra de Vietnam y derrotado en comicios presidenciales, pero ganador de su batalla personal contra Donald Trump. A esa batalla la ganó al morir porque estadistas del mundo, la sociedad norteamericana, la prensa y los principales referentes demócratas y republicanos, lo despidieron como un héroe de guerra y de la dignidad política.

Esos heroísmos lo convierten en la contracara de Trump, quien eludió combatir en Vietnam pero se atrevió a negar que el senador de Arizona fuese un héroe porque el vietcong lo había capturado. Es cierto. Pasó cinco años en un campo de concentración tras el derribo de su avión, y muchas veces rechazó ser liberado, eligiendo permanecer en ese infierno carcelario hasta que todos los prisioneros norteamericanos fuesen liberados.

También fue heroico en la derrota política. Con Barak Obama arriba en las encuestas, desmentía las calumnias que las usinas conservadoras lucubraban para difamar al candidato demócrata. “Eso no es verdad. Obama es un hombre digno”, decía ante un público republicano que lo escuchaba perplejo.

Después enfrentó a Trump. Pocos republicanos se atrevieron a denunciar los desbordes racistas del presidente y las envestidas que debilitaron la relación de Washington con sus aliados. Y ningún conservador se atrevió a decir que la actitud de Trump hacia Rusia “es una vergüenza”.

El único que alzó la voz fue John Sidney McCain III, el senador que redactó la lista de invitados y de oradores en su funeral, dándole la palabra a Obama y al último vicepresidente demócrata, Joe Baiden.

No haber invitado a las ceremonias a quien fue su compañera de fórmula, Sarah Pailin, fue su modo de autocriticarse haber aceptado una imposición del Tea Party. Pero en la batalla final, enarboló sus banderas de diálogo y consenso, contra el extremismo y la intolerancia que expresan los ultraconservadores y Trump.

La mayor victoria de su muerte fue visibilizar el contraste entre la vileza del presidente que censura una condolencia del gobierno por elogiar al senador, con la lluvia de mensajes destacando la honorabilidad, heroísmo y dignidad de McCain. El guerrero que, antes del fin, disparó contra la imagen de Trump con una bala de plata: prohibirle estar en su funeral.

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Turbulencias que sacuden al Papa

De todos los contratiempos que pasó en su viaje a Irlanda, el peor no fue enterarse en Dublin de la carta en la que el arzobispo Viganó le exige la renuncia al Trono de Pedro, acusándolo de encubrir los delitos sexuales contra niños del cardenal Theodor McCarrick.

Carlo María Viganó expresa un sector recalcitrante de la curia; es un acusador serial que pocas veces prueba sus altisonantes denuncias y destila una homofobia que lo lleva al aberrante desvarío de considerar que los sacerdotes pederastas actúan así porque “son homosexuales”.

El problema del Papa es que también él es homofóbico. Lo demostró cuando era cardenal, diciendo que el matrimonio igualitario es un “plan de Satanás”. Y ahora volvió a demostrarlo en el avión que lo llevaba de regreso a Roma, al sugerir que los niños que muestran síntomas de homosexualidad deben recibir tratamiento psiquiátrico.

Al tsunami de indignación que generó ese comentario, lo agravó un burdo intento de ocultarlo. El Vaticano borró esa frase de la transcripción que hizo del diálogo entre Francisco y periodistas en el avión.

La adulteración de lo dicho por el Papa minó aún más la confianza del mundo hacia la cúpula eclesiástica. La razón que lleva décadas socavando esa confianza es “el pecado estructural” de la iglesia: la pedofilia.

Ese flagelo lo llevó a Irlanda buscando recuperar la diluida influencia de la iglesia sobre el pueblo que, a partir de San Patricio, hizo del catolicismo un rasgo de identidad nacional. Pero lo que encontró Francisco fueron duras críticas contra la protección del clero a los sacerdotes pederastas, además de un cuestionamiento lapidario del primer ministro irlandés.

Leo Varadkar, el hombre que llegó al gobierno tras admitir públicamente su homosexualidad, le dijo al Papa que ya no alcanzan sus pedidos de perdón, porque lo que se necesita “no son palabras, sino acción”. Y la única acción posible frente a un mal que constituye la regla y no una excepción, es la reforma de la estructura institucional que incuba pedofilia desde hace siglos.

Esa reforma pasa por debatir el celibato, que terminó de instituirse en el Concilio de Trento del siglo XVI, que también decidió restaurar la inquisición, y tiene como principal antecedente el II Concilio de Letrán del siglo XII, que además decidió la excomunión de los laicos que no pagaran diezmos, y prohibir a monjes, sacerdotes y diáconos el estudio de “materias profanas como la medicina”.

Pero la reforma imprescindible es la que termine con una estructura de poder terrenal que tiene el instinto medieval de gravitar sobre el Estado y mantener a sus miembros al margen de la Justicia secular.

A esa reforma sólo puede impulsarla un Papa de vocación verdaderamente transformadora. Y ese no parece ser el caso de Francisco.

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La peor de las estafas

El esquema de corrupción que sacude a la Argentina es como un tumor cuya existencia casi todo el país percibía pero una parte del país negaba.

Estaban los síntomas y eran perceptibles. Muchos en la prensa y la sociedad los describían, mientras otros muchos en la sociedad y la prensa los desmentían.

Lo que está ocurriendo desde la aparición de los cuadernos del chofer que transportaba fortunas y su inmediata consecuencia, la ola de confesiones de empresarios y funcionarios arrepentidos, es que ahora la sociedad tiene ante sus ojos la biopsia y las radiografías que muestran el tamaño y los rasgos del tumor. Por lo tanto, ya no es posible negar la realidad que siempre fue perceptible, aunque no absolutamente verificable.

En la Argentina ese tipo de tumores tenía antecedentes; no obstante, la radiografía muestra que al más grande y voraz de los carcinomas que carcomieron al Estado, lo originó Néstor Kirchner. También es perceptible su esposa en el núcleo del tumor, además de verse nítidamente muchos de los tentáculos con que devoraba riquezas públicas.

La protección que varios senadores peronistas están dando a Cristina permite suponer que existen numerosas metástasis entre intendentes y gobernadores. No por defender a la ex presidenta, sino para evitar sentar un precedente de vulnerabilidad de los fueros que quizá pronto necesitarán para protegerse, hay gobernadores que públicamente critican a Cristina, pero por lo bajo ordenan a sus respectivos senadores no dar quórum a las sesiones que podrían desaforarla.

La otra realidad, antes perceptible y ahora comprobada, es que hubo dos modalidades de corrupción público-privada. Una era la “coima” y la otra el sobreprecio.

Es importante distinguirlas en diferencia y gravedad. Tanto la coima como el sobreprecio son delitos que cometen las dos partes: el que cobra y el que paga. Pero el que paga, o sea el empresario, puede atemperar su culpa aduciendo que era la imposición del funcionario coimero para que su empresa pueda acceder al contrato con el Estado.

Esto no exime al empresario del delito, cometido en colusión con el funcionario, pero el dinero saldría de su bolsillo. En cambio en los casos de sobreprecio el dinero que se quedan los gobernantes sale de las arcas del Estado. Ergo, no es un empresario resignando ganancia para obtener un contrato. Es un empresario siendo cómplice de la estafa al Estado que perpetra el gobernante corrupto. En este caso, el saqueo a las arcas públicas es cometido por las dos partes y el dinero que fluye hacia el enriquecimiento ilícito de los corruptos no sale del bolsillo “privado” de quien “compra” un contrato o una licitación. Sale del bolsillo de la Nación.

De tal modo, el tumor cuya existencia, tamaño y malignidad están siendo reconfirmados por la biopsia y la radiografía, lo que estaría mostrando es la mayor estafa al Estado que se haya perpetrado en Argentina.

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¿Mensaje del Papa al juez?

Si la agonía no le impidió enterarse de lo que ocurre en Argentina, seguramente no debe haberse sorprendido.

Si un escritor británico no podía sorprenderse con la aparición de una bitácora de la corrupción y el desfile empresarios describiendo el sistema de sobornos, ese es Vidiajar Surajprasad Naipaul, el novelista que desciende de brahamanes de la India, nació y creció en Trinidad y Tobago pero vivió Londres hasta morir este fin de semana.

Por la aversión que sentía hacia las religiones, a Naipaul no lo hubiera sorprendido ni siquiera ver a la ex presidenta entrando ayer a tribunales acompañada por dos amigos del Papa (Juan Grabois y Eduardo Valdez) en lo que puede leerse como un mensaje del pontífice a los magistrados que la investigan por corrupción.

A ese huraño Premio Nobel de Literatura le tocó morir justo cuando el país que conoció en el amanecer de los años 70, empezó a supurar ríos de evidencias de una corrupción descomunal. La infección era evidente, pero la volcánica erupción de pruebas derribando el muro de silencio empresarial, se produjo justo cuando la vida de Naipaul se apagaba.

El escritor que quedará en la historia de la literatura por novelas como “Una Casa para Mr. Biswas” y “El Cuaderno Místico”, también fue prolífico en el terreno del ensayo político, cultural y sociológico, donde sobresaldrá su análisis cuestionador del pos-colonialismo y del “imperialismo religioso árabe”, así como su mirada crítica al Islam. Pero su paso por Argentina dejó también una serie de ensayos que parecen escritos a la luz de fenómenos actuales como la corrupción kirchnerista.

“El Cadáver en Puerta de Hierro” y “El Regreso de Eva Perón” fueron dos notables trabajos. Describió la Argentina setentista como un país dividido por el odio político, en el que las partes enfrentadas justificaban la exclusión violenta de la contraparte. Y en un ensayo que tituló “A Cuntry for Plunders” (Un país para el pillaje) describió los orígenes decimonónicos de la corrupción y su continuidad en el siglo XX, afirmando que siempre hubo más saqueadores internos que externos.

En un diálogo del año 2001 con el escritor Rodolfo Rabanal, ese pensador liberal que aborrecía los dogmas religiosos y políticos por promover “ideas fijas”, describió lo que, en este tiempo, los argentinos llaman “la grieta”. Habló de un país donde “no hay debate verdadero, sólo pasión y jerga”, usando el término como sinónimo de lenguaje de consignas; lo que en estos años los argentinos llamaron “relato”. Y explicó que “la jerga (el relato) transforma la realidad en abstracción” y que “donde ella se impone, sólo existen enemigos”.

Naipaul se refería a la Argentina setentista, aunque también describía el país de ese momento y el de la siguiente década. “Las pasiones todavía prevalecen… aniquilando toda razón…sin que ninguna solución aparezca a la vista”, le dijo a Rabanal.

Posiblemente hoy diría que, además de no sorprenderle el derrame de evidencias y confesiones, tampoco le sorprende que la principal acusada fuera a tribunales flanqueada por dos personas cuyas presencias implican un mensaje del Papa a los magistrados.

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