Cae último muro de contención

Stephen Hawking definió al calentamiento global como el mayor peligro para la humanidad, advirtiendo que se está cerca de atravesar el punto de no retorno.

Donald Trump dijo que el calentamiento global es una fabulación y sacó a Estados Unidos del Acuerdo de París. ¿Quién podía estar más cerca de tener razón? ¿El genial físico británico que escudriñó secretos del universo, o Trump?

Rex Tillerson piensa como Stephen Hawking. Y fue el único del gabinete que se atrevió a planteárselo al presidente. Por eso intentó impedir que su jefe pateara el tablero de París; nada menos que el más trascendente acuerdo alcanzado en toda la historia de la especie humana. Trump no hizo caso a su secretario de Estado y pateó ese tablero. Lo mismo hizo con el statu quo internacional sobre Jerusalén y con el Tratado Transpacífico de libre comercio, casos en los cuales también encontró la resistencia de Tillerson.

En el único punto en que se impuso Tillerson fue en el acuerdo nuclear con Irán, que ahora probablemente será abandonado por Estados Unidos, porque Trump ha designado en la Secretaría de Estado a Mike Pompeo, un halcón republicano que fue miembro del Tea Party y defendió con fervor una de las políticas más controversiales de George W. Bush en su “guerra contra el terrorismo”: las prisiones clandestinas donde la CIA recluía y torturaba prisioneros para obtener información sobre Al Qaeda.

A eso se suma que al frente de la CIA quedó Gina Haspel, una agente de inteligencia inmensamente preparada y eficaz, pero relacionada a la siniestra política de los “black sites”, verdaderos agujeros negros de la juridicidad internacional a los que puso fin Barak Obama.

Haspel había dirigido, en Tailandia, una cárcel clandestina por donde habrían pasado cientos de miembros de organizaciones como Yema Islamiya, de Indonesia, y Abu Sayyef, de Filipinas.

En síntesis, echando a Rex Tillerson, el presidente removió el último resabio de moderación que quedaba en la plana mayor del gobierno. Ergo, dio un paso más hacia la radicalización. El paso inmediato anterior fue iniciar la guerra comercial a la que Tillerson también se oponía, entre otras cosas, porque el arancelamiento para levantar barreras proteccionistas en la economía norteamericana debilita aún más la ya dañada relación con las potencias europeas.

Con el cambio en la Secretaría de Estado, la administración republicana se desequilibra a favor del nacionalismo antisistema que tiene por ideólogo a Stephen Bannon, y que está aislando internacionalmente a Estados Unidos.

Bannon salió de la Casa Blanca, pero dejó allí su visión ideológica. Y en ella no hay lugar para moderados como Tillerson.

En este paso hacia el desequilibrio, también la forma resulta reveladora: Tillerson se enteró por Twitter de su expulsión y Trump intentó atenuar el sismo político que produjo mediante una postal absurda en la que aparece “eligiendo muros” para tapiar la frontera con México.

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