Brasil entra en la dimensión desconocida

La democracia de Brasil renació accidentada. El primer presidente de la recobrada institucionalidad murió antes de asumir, por lo que dejó la jefatura de Estado en manos de su vicepresidente. La democracia nacía sin Tancredo Neves, el dirigente que había negociado la salida de la dictadura. Quedó José Sarney en la Presidencia y logró completar su mandato. ¿Cómo siguió la historia?

Pero el segundo presidente, Fernando Collor de Mello, no pudo llegar a la siguiente elección porque se le cruzó un juicio político por corrupción. Otra vez un vicepresidente, en este caso Itamar Franco, se hizo cargo inesperadamente del timón principal. Y tuvo el acierto de nombrar a Fernando Henrique Cardoso en Economía. En ese punto, Brasil comenzó a avanzar hacia momentos de esplendor político. Los gobiernos de FHC y, luego, los dos mandatos de Lula da Silva acercaron al gigante sudamericano al rango de potencia.

Pero “el mecanismo” de financiación ilegal de la política que lubricaba con dinero proveniente de sobornos los acuerdos parlamentarios, creció hasta hacer saltar por los aires el fragmentado escenario de la partidocracia brasileña.

La debacle multiplicó su efecto devastador con la recesión generada por el afán reeleccionista de Dilma Rousseff y el PT, que agravó uno de los problemas más dramáticos de la sociedad: la violencia delictiva.

El antisistema barrió en las urnas a las principales fuerzas políticas (PT, PSDB y PMDB), colocando en la presidencia al personaje menos pensado: Jair Messias Bolsonaro. Un legislador exaltado, de posiciones extremistas, que se hizo notar por su incontinencia barbárica.

Con casi 30 años en el Congreso, sólo dejó un puñado de leyes insignificantes, pero una larga lista de pronunciamientos espantosos. La reivindicación de la tortura y la masacre, además del odio político, racial y sexual debían, en teoría, condenar a Bolsonaro a permanecer en la marginalidad, en la que habitan los extremistas y los impresentables. Pero el derrumbe de la partidocracia lo colocó en la posición del antisistema, y esto lo catapultó a la Presidencia.

Brasil empieza 2019 con un presidente impredecible, aunque cuenta con un amplio apoyo de la poderosa burguesía nacional.

Al establishment empresarial y financiero de Brasil le interesa la apertura económica y las reformas laborales y fiscales que estimulen la inversión privada y el arribo de capitales extranjeros. O sea, le interesa lo que pueda hacer el ministro Paulo Guedes con la economía. Para eso, necesita un presidente firme, pero presentable. Ergo, necesita un gobierno decoroso, aceptable para el mundo, y no un régimen autocrático abocado a la represión con excesos.

Habrá que ver si el establishment convence a Bolsonaro de ser un presidente presentable, que no asuma posiciones irreconciliables y cumpla con la Constitución, aceptando los límites que le impone el Estado de Derecho. Esto es posible, pero no es seguro.

Brasil, en extremo

Sucede que en otros ministerios cruciales aparecen nombres que preanuncian una deriva extremista. Por caso, el canciller Ernesto Araujo, uno de los difusores de las teorías conspirativas que alimentan la ola reaccionaria, que es impulsada por un fundamentalismo evangélico lanzado a la ofensiva en toda la región.

Araujo ha escrito y difundido teorías conspirativas que señalan al marxismo detrás de revoluciones culturales como el feminismo o la de la aceptación y respeto a la diversidad sexual. En su mirada, pensadores neomarxistas, como Gramsci, Lukacs, Adorno, Kojeve, Marcuse y otros, han envenenado la cultura occidental, alimentando perversiones.

Para el nuevo canciller brasileño, igual que para las usinas ultracatólicas y el fundamentalismo evangélico, hay una conspiración marxista en marcha para homosexualizar al mundo.

Araujo y Bolsonaro coinciden en admirar de manera ferviente a Donald Trump, con cuyo liderazgo pretenden alinear a la cancillería de Itamaraty. O sea, la política exterior de Brasil consistirá, principalmente, en el alineamiento del gigante sudamericano, no con Estados Unidos, sino con su actual presidente.

De por sí, resulta increíble que el nuevo gobierno de Brasil haga de la identificación personal con Trump una suerte de política de Estado. Mucho más por el hecho de que ni siquiera es seguro que el magnate neoyorquino termine su mandato si prospera alguno de los múltiples pedidos de juicio político.

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