Mezquindad y negligencia

Cuando la esposa de Fernando Haddad levantó la remera de “La Cámpora” en el acto que encabezaba su marido, mostró la obtusa negligencia que forma parte de la explicación de por qué pudo ganar en Brasil el portador de un discurso aberrante.

Anna Estela y el kirchnerista argentino que le alcanzó esa camiseta con el nombre de una agrupación de ideología sectaria y antidemocrática, ingresaron a la historia universal de la estupidez por hacer algo que sólo podía sumarle al candidato ultraderechista.

Es obvio que ningún brasileño con consciencia del peligro que implica Bolsonaro, decidiría apoyar a Haddad porque su esposa reveló que simpatiza con Cristina de Kirchner y su fanática agrupación juvenil.

En cambio, muchos moderados que desprecian al PT pero entienden el grave peligro de convertir en presidente al portador de un discurso cargado de odio y violencia, pueden haber visto en ese gesto una gota más en el vaso que se derramaría sobre la abstinencia y el voto en blanco.

En la dramática campaña electoral brasileña, lo que no sumó, restó en el terreno del voto para no dejar la democracia al borde del abismo.

Todas las fuerzas que, aún siendo parte de una partidocracia mediocre y corrompida, representaban el mal menor ante la alternativa ofrecida por un candidato con incontinencia barbárica, especularon de manera irresponsable con la lógica del voto desesperado. O sea, la apuesta a que, quien pasara a la segunda vuelta, sea el candidato que fuere, vencería a Bolsonaro porque se impondría el voto en defensa propia.

Un discurso que promete alentar desde la presidencia la violencia política, racial y social como el de Bolsonaro, imponía gestos de grandeza que los demás candidatos no tuvieron. El principal acto de grandeza implicaba unir fuerzas en un frente de salvación democrática que bajara las banderas partidarias y postulara la defensa de la división de poderes, las libertades públicas y la Constitución.

La mezquindad y la mediocridad vencieron a la estatura histórica, allanando el camino al crecimiento de Bolsonaro en la primera ronda. En el triunfo ultraderechista que lo dejó a milímetros del Planalto, hubo un aporte de Lula. En lugar de priorizar una alianza democrática contra el discurso antidemocrático, racista y violento, postuló a un académico rechazado por el ala sindical de su partido y, como si fuera poco, le puso como candidata a vice a la titular del Partido Comunista.

Las usinas de Bolsonaro no habrán podido creer que el líder del PT les facilitara tanto las cosas. En la cárcel, Lula tomó las decisiones que no podían sino espantar clase media y ahuyentar moderados.

Debió corregir el error en la campaña del ballotage. ¿Cómo? Dejando claro (muy pero muy claro) que la prioridad era conjurar el riesgo de llevar Brasil hacia un extremismo que podría generar violencia política desenfrenada. Y dejando muy pero muy en claro que, de imponerse en la segunda vuelta, Haddad gobernaría con los demás partidos democráticos, sin obstaculizar el Lava Jato y sin caer en las tentaciones hegemónicas en las que cayó el PT generando el rechazo que fortaleció a Bolsonaro.

Por negligencia y falta de estatura histórica, ni Lula ni su candidato hicieron lo que debían hacer. Tampoco hubo grandeza en otros exponentes del campo democrático. Incluido Fernando Henrique Cardoso, quien siendo el mayor estadista y el más lúcido intelectual de la política brasileña, se limitó a balbucear que la sensatez en la segunda vuelta estaba en el voto por Haddad.

Eso que dijo era demasiado cierto como para decirlo en voz tan baja.

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Tiempos violentos

Cristina mantiene un discurso sobreideologizado. Y Macri lo enfrenta con un discurso vaporoso y superfluo.

Este es un tiempo de “tibios vomitados por Dios”. La Norteamérica de Donald Trump muestra que la violencia que irradia el discurso se vuelve acción violenta en la sociedad. También lo empieza a evidenciar el Brasil del fenómeno Jair Bolsonaro.

Reduciendo a una simplificación algunas claves de su filosofía política, Edmund Burke explicó que “lo único necesario para el triunfo del mal es que los buenos no hagan nada”. A veces, el maniqueísmo puede ser un antídoto eficaz contra el maniqueísmo.

Quizá no había “buenos” en la elección que empoderó a Trump ni en el proceso electoral brasileño. Pero seguramente había “menos peores”. El problema es que este tiempo favorece a “los peores”. El discurso irresponsable y violento vence a la palabra equilibrada.

En el caso de Argentina, esa palabra fue eclipsada por el discurso insustancial del macrismo y por el discurso ideologizado del kirchnerismo. Ambos, hasta aquí, han resultado mutuamente funcionales. Pero el éxito de Bolsonaro con un mensaje violento está excitando a varios que creen vislumbrar el camino electoral hacia la presidencia. Personajes grotescos convencidos de que la fórmula contra el abolicionismo delirante es la mano dura libre de ataduras legales empiezan a brotar y convocan como compañeros de fórmula a otros portadores de mensajes violentos.
También comienzan a hacer cálculos electorales economistas de análisis lúcido pero con retórica de altísima agresividad.

En los mercados electorales, lo que cotiza es la violencia verbal. Descalificar rinde dividendos políticos. Insultar rinde aun más. Si tanto la televisión pasatista como la periodística amasan rating poniendo gente a pelearse a gritos, ¿por qué no amasar votos insultando y descalificando?

La violencia verbal y la ideológica son redituables hoy. John Carlin habla de “calentamiento político global”. El proceso que describe el escritor londinense está calcinando valores como tolerancia, pluralismo y diversidad. Las urnas quedan a la sombra de energúmenos que, con gestos y con palabras, irradian desprecio por “el otro”.

Excitados por fenómenos como Bolsonaro y Trump, hacen cálculos electorales los impresentables y los portadores de discursos violentos, porque los vientos globales soplan en ese sentido y porque el juego de mutua funcionalidad entre macrismo y kirchnerismo puede no ser, como creen muchos, la compuerta que les cierre el paso, sino la grieta por donde ingrese la opción antisistema.

Lo que está claro es que Mauricio Macri fracasó en su política económica y da un volantazo de dudoso resultado en la recta final de su mandato, mientras Cristina Fernández, además de corrupción a gran escala, representa una insustentable distribución de renta (no de riqueza) que al bajar la marea de la soja prolongó su agonía pagando con descapitalización.

Como puede deducirse de un interesante análisis de Jorge Fontevecchia, el fracaso de Macri puede medirse en el endeudamiento que contrajo porque nunca llegaron las inversiones que había anunciado; deuda que, además, no sirvió para reducir el déficit, la inflación y la pobreza. A su vez, la falacia económica del kirchnerismo puede medirse en la descapitalización que produjo, por caso, en la extracción y distribución de hidrocarburos cuando ya no hubo una renta excedentaria extraordinaria para distribuir.

A eso se suma la pobreza discursiva de ambos. Cristina mantiene un discurso sobreideologizado que parece inspirado en viejos manuales de adoctrinamiento. Y Macri lo enfrenta con un discurso vaporoso y superfluo, que parece inspirado en libros de autoayuda. En eso acertó Graciela Camaño.

La violencia fuera y dentro del Congreso tiene que ver con el recargado discurso kirchnerista y, posiblemente, con necesidades incendiarias de Cristina. Pero también con las pavorosas incapacidades y las insoportables levedades del gobierno de Macri.

Aporta a esta violencia la Iglesia Católica lavando con agua bendita las manchas de corrupción en personajes turbios como Hugo Moyano y su hijo Pablo; sindicalistas de altísima agresividad que también creen ver una puerta entreabierta para llegar al poder y ya cuentan con el apoyo de iglesias evangélicas (el líder camionero es evangélico), que ahora buscan reforzar con la bendición del Papa.

Muchos tomaron con humor la desopilante ceremonia en la que Gildo Insfrán se hizo bendecir por pastores exaltados que clamaban a Dios que siguiera dando “el poder” al gobernador formoseño. El ultra-conservadurismo religioso latinoamericano, que tiene a grupos católicos y a iglesias evangélicas como cabeza de lanza, es retrógrado y oscuro, pero hay que tomarlo en serio.

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Palabras y acciones

Los impulsores del terrorismo por correo son científicos locos. Con el seudónimo Unabomber, el matemático Theodore Kaczynski envió cartas-bomba que hacía en una cabaña solitaria de Montana.

Desde una posición anarcoprimitivista le había declarado la guerra al avance tecnológico. Después, por razones aún más confusas, el microbiólogo Edward Ivins envió cartas con ántrax.

Quienes ahora mandaron los paquetes-bomba no son científicos locos. La posible perturbación mental que los motiva sería diferente, porque los destinatarios de sus envíos tienen identidad política definida.

Barak Obama y Hillary Clinton son las máximas figuras de la oposición. Y CNN es la cadena a la que Donald Trump ataca permanentemente.

Los otros destinatarios de las bombas fueron John Brennan, jefe de la CIA en la administración Obama, y Erick Holder, fiscal general del mismo gobierno.

La policía secreta atajó también una encomienda explosiva para George Soros, uno de los principales aportantes de la campaña demócrata para los comicios legislativos de noviembre.

El mensaje de muerte a Soros estuvo precedido por una ola de ataques en las redes sociales, acusándolo de financiar la caravana que marcha desde Honduras.

En las cercanías del presidente temen que el caudaloso río humano tenga un efecto negativo, como “la crisis de los marielitos”; aquella ola de balseros cubanos que en 1980 desestabilizó al gobierno de Carter.

Por eso, mientras el vicepresidente Pence acusaba al chavismo de financiar la caravana para perjudicar a Trump, los voceros más exasperados del magnate acusaron a los demócratas, a la CNN y a Soros de estar detrás del río humano que avanza hacia Estados Unidos.

Esto no implica que Trump o el Partido Republicano estén detrás de la ola de acciones criminales. Lo que parece indudable es que, si desde la máxima autoridad del país se irradia constantemente un mensaje cargado de odio a opositores, a críticos y a grandes medios de comunicación, es normal que las mentes exaltadas y los espíritus violentos se sientan autorizados a actuar contra los señalados por el dedo acusador de sus líderes.

Ocurre en la Venezuela tiranizada por el chavismo y en todos los países con líderes demagogos que desde el poder dividen a sus pueblos entre amigos y enemigos.

Las palabras y los gestos portadores de violencia, cuando provienen de un liderazgo fuerte, habilitan las acciones violentas de quienes comparten las fobias de su líder. Tan así es que hasta cabe la sospecha de que a esta tanda de correos letales la haya organizado algún enemigo de Trump, para victimizar a los demócratas y a otros señalados por ese discurso agitador de instintos oscuros y violentos.

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Acusar a la víctima

Es común en una etapa temprana de la niñez reaccionar ante el reproche con una estrategia refractaria.

Si la madre, al verlo hecho un enchastre, le dice “cochino”, el niño que refracta reproches le responderá “vos sos cochina”. Y si la madre vuelve a la carga diciéndole “sos vos el que tiene comida en toda la cara”, sin perder la calma el niño replicará diciendo “vos tenés comida en la cara”.

Trump recurrió a esa estratagema infantil para explicar los paquetes-bomba que recibieron opositores y críticos. Todos los receptores de la letal encomienda tienen en común ser opositores o fuertemente críticos al presidente. Pero más significativo es que también tienen en común ser constantemente denostados por Trump. Leer más

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Tragedia de rasgos bíblicos

Detrás de toda diáspora hay una tragedia. Desde las masas que se desplazaron en la remota antigüedad hasta la multitud de hondureños que caminan hacia Estados Unidos, lo que dejan a la vista son dramas históricos.

Tanto las diásporas judías causadas por Nabucodonosor II de Babilonia en el siglo VI AC, el emperador Tito de Roma en la primera centuria de la era cristiana y la corona española a los sefaradíes en el siglo XV; como las que marcaron el siglo XX con los armenios víctimas del supremacismo turco, los musulmanes e hindúes que marcharon a contramano en 1947, los albaneses de Kosovo expulsados por Milosevic y los balseros cubanos que escaparon del totalitarismo castrista; además de la diáspora de los venezolanos que en pleno siglo XXI huyen del hambre y la dictadura que arruinó el país. Todas evidencian tragedias.

Lo mismo muestra el increíble río de personas que avanza a pie desde Honduras hacia Estados Unidos. Voceros del gobierno hondureño hablan de un plan financiado por Nicolás Maduro para que esta diáspora tape a la de los venezolanos que huyen de las penurias del chavismo y a la de los nicaragüenses que huyen de la represión de Daniel Ortega y su esposa. Es posible, pero eso no cambia nada.

Honduras y Guatemala llevan años produciendo una diáspora oceánica, pero por goteo. La diferencia es que este caudal de gente desesperada que se puso en marcha visibiliza el drama de países atormentados por el crimen y por gobiernos ineptos y corruptos.

Las diásporas producidas por las calamitosas dictaduras que imperan en Venezuela y Nicaragua no pueden tapar la tragedia de hondureños y guatemaltecos. A la corrupción y la arbitrariedad los gobiernos de ambos países suman una pasmosa ineptitud para relanzar la economía, crea fuentes de trabajo y organizar fuerzas de seguridad que puedan poner freno a la delincuencia criminal.

Mientras el presidente Jimmy Morales busca expulsar a la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (Cicig) para que nadie en nombre de la ONU ponga la lupa en los pliegues más oscuros de su administración, Juan Orlando Hernández se aferra al poder a expensas de la Constitución y de la transparencia electoral.

Por intentar la misma manganeta que perpetró Hernández para eludir el impedimento constitucional a la reelección, a Manuel Zelaya le dieron un golpe de Estado los poderes Legislativo y Ejecutivo, dejando el poder en manos del turbio Roberto Micheletti.

Hernández realizó con éxito la maniobra reeleccionista que le costó el cargo a Zelaya en el 2009. Y la completó con una elección que dejó sabor a fraude.

Con esos diplomas gobierna Honduras el presidente que debió, por lo menos, pronunciar un discurso medular y profundo sobre las causas, las consecuencias y el significado de esta diáspora de dimensión bíblica que el mundo observa con perplejidad. Pero no dijo nada. Como si un caudaloso río humano corriendo desesperadamente a estrellarse contra el muro de Trump, no tuviera relevancia ni evidenciara una descomunal tragedia.

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Elecciones en Brasil: líder repugnante

El batacazo ultraderechista de Jair Bolsonaro en el gigante vecino está sacando fascistas del placar en toda la región.

“Repugnante” fue la palabra que encontró Jorge Fernández Díaz. Lúcido analista periodístico y buceador del océano de las letras que navega como novelista, eligió ese término para definir a Jair Bolsonaro. Precisamente en ese rasgo, no en su extremismo, está el aspecto más revelador del fenómeno.

“Si te digo tonto no te estoy insultando, te estoy describiendo” le dijo Unamuno a un falangista que lo cruzó con negligencia. Por lo mismo, llamar “repugnante” al ganador de la primera vuelta en Brasil no es un insulto, sino una descripción. Sencillamente, se trata de la palabra más adecuada para definir al hombre que dijo preferir que su hijo muera en un accidente a que sea homosexual.

Alguien que en 30 años de actividad parlamentaria casi no deja leyes sino una lista de barbaridades que exaltan la violencia, justifican el exterminio y proclaman la inferioridad de algunas razas y orientaciones sexuales, no es esencialmente un extremista, sino un personaje horrible.

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Vivir en un vecindario en llamas

Claudio Fantini trata con ‘La tenue virtud’ de que los uruguayos tomen plena conciencia de sus cualidades democráticas y de que las preserven a toda costa

En un país de 3,4 millones de habitantes, rodeado de dos gigantes sumidos en una profunda crisis, muchos se preguntan hasta qué punto Uruguay podrá resistir al caos económico de Argentina y a la degradación institucional y democrática que sufre Brasil.

La publicación de la La tenue virtud. Uruguay como excepción al caos en la región, del periodista Claudio Fantini, ha llegado pertinente, casi profética, ya que pudo captar el momento actual, a pesar de que nadie pronosticó la serie de turbulencias que sacudieron a la región en 2018. Fantini, de nacionalidad argentina y corazón rioplatense, compara la situación en varios países latinoamericanos tratando de que los uruguayos tomen plena conciencia de sus cualidades democráticas y de que las preserven a toda costa.

“En el pueblo uruguayo, en sus deportistas, en sus artistas y en su clase dirigente (el resto de los Sudamericanos) encuentran, en términos generales, un nivel de decencia, humildad y sentido común que no hallan en sus respectivos países”, escribe el autor. Los datos son conocidos en la región: Uruguay tiene la mayor clase media y las menores diferencias sociales de Sudamérica. En medio de 12 años de crecimiento económico ininterrumpido, el país ha avanzado en una ambiciosa agenda de derechos: despenalización del aborto, legalización de la marihuana, matrimonio gay, ley de protección de las personas trans…

La base de construcción de esta isla de estabilidad ha sido la moderación, lentitud en las decisiones, la capacidad política de crear consensos y el apego a la institucionalidad republicana.
¿Son conscientes los uruguayos de esa virtud y podrán conservarla? El autor piensa que no se debe de dar nada por seguro en estos tiempos de violencia y demagogia. Al final del libro, el actual presidente del país, el socialdemócrata Tabaré Vázquez, así como dos expresidentes, Julio María Sanguinetti (Partido Colorado, conservador) y Luis Alberto Lacalle (Partido Nacional, centro derecha) ofrecen su visión, contrapuesta, de la realidad mundial y uruguaya. Forman parte de una generación de políticos (todos superan los 75 años) con una noción profunda de la democracia y el republicanismo. Para Uruguay, el relevo será un desafío que llega en medio de fuertes turbulencias en la región.

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¿Macri o Vidal?

Voceros del oficialismo han salido a afirmar que el candidato de Cambiemos para el 2019 es Macri y que no hay Plan B.

Pero esta aclaración parece, más bien, confirmar que va creciendo el nombre de María Eugenia Vidal para la próxima elección presidencial en Argentina. Por un lado, por el desgaste que la crisis y el duro ajuste están provocando en el presidente y, por otro, porque en la eficacia de Vidal se explican algunos misterios del momento.

Desde hace meses, en Argentina se da una ecuación cuyo resultado inexorable sería un estallido social. La líder de una facción sectaria con militancia fanática, está acosada por procesos judiciales que navegan hacia la condena sobre un caudaloso río de evidencias contundentes.

La corrupción que empuja a Cristina Kirchner arrastra además a empresarios que viven como un vía crucis sus procesos por sobornos. También está acosada por jueces la familia más poderosa del sindicalismo. Controlando aún el violento gremio de los camioneros, el clan Moyano usa un tono cada vez más amenazante.

El Papa muestra apoyo a todos los líderes acusados de corrupción y aporta al clima de estallido social describiendo al gobierno como una dictadura, mientras sus voceros en Argentina dicen que si “hay levantamiento popular” ellos lo van a apoyar.

En esa atmósfera cada vez más tensa y peligrosa, el gobierno de Macri agrava la situación cometiendo errores y negligencias que evidencian improvisación.

¿Por qué, con tantos planetas alineándose para el cataclismo, aún no se ha producido? Si dirigentes tan poderosos, agresivos y apremiados, como Cristina y Hugo Moyano, además de tantos empresarios millonarios e influyentes, necesitan para no ir presos una convulsión para la que están dadas las condiciones ¿por qué no se produjo aún ese sismo que derribaría al gobierno o lo haría ceder ante el chantaje? La respuesta puede ser Vidal.

Desde hace tiempo, con la eficacia que la caracteriza, la gobernadora de Buenos Aires organiza con velocidad y precisión ayudas sociales y entendimientos políticos con intendentes y dirigentes de todo el arco político.

Colabora en ese trabajo la ministra de Acción Social Carolina Stanley. Esa sería la razón por la que no hay estallidos de violencia y descontrol, a pesar de que sobran condiciones para que ocurran.

A esta altura de las tribulaciones argentinas, parece claro que el actual presidente difícilmente tenga el éxito asegurado en la próxima elección. Más bien acrecienta el riesgo de una derrota, incluso con Cristina como desafiante.

Vidal es la figura menos debilitada del macrismo. La lógica comienza a señalarla como la mejor carta del oficialismo. También lo sugiere así la ola de rumores sobre crecientes choques entre ella y el presidente. Mientras Elisa Carrió dice haber perdido la confianza en Macri respecto a la corrupción, Vidal parece estar perdiendo la confianza en la capacidad de liderazgo del mandatario.

También es posible que ese presunto distanciamiento sea parte de una estrategia acordada para llegar al comicio sin que las posibilidades de victoria dependan, exclusivamente, de que Cristina Kirchner sea la otra opción y genere pánico a un populismo que regresa recargado y con el cuchillo entre los dientes.

A esta altura de la crisis, nada se puede descartar. Tampoco un triunfo de Cristina.

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Elecciones en Brasil: ¿por qué crece la demagogia autoritaria?

Causas internas y externas del éxito de la exaltación de la violencia y del autoritarismo que impulsó a Jair Bolsonaro.

Los líderes fascistas de la primera mitad del siglo 20 ejercitaban un histrionismo falaz, pero carismático y sofisticado. En cambio los líderes fascistas de ahora son bufonescos.

Además de criminales delirantes, sus antecesores eran solemnes manipuladores de la realidad y astutos falsificadores de la historia, mientras que sus herederos son personajes vulgares con retórica obtusa.

Jair Messias Bolsonaro es un ejemplo. Ni siquiera puede camuflar su violencia con una simulada seriedad que luzca alguna reflexión. Expresa sus desprecios de manera grotesca. Ese rasgo es parte del fenómeno que avanza sobre el gigante sudamericano que, hasta hace poco, se ilusionaba con entrar al club de las superpotencias.

En rigor, con Trump en la Casa Blanca y Matteo Salvini conduciendo Italia desde el Ministerio del Interior, se justificaría mantener esa ilusión. En definitiva, hasta en la culta Canadá irrumpió la demagogia xenófoba. La sorpresa del reciente comicio en Quebec fue la caída del Partido Liberal. Junto a independentistas y conservadores, lo barrió en las urnas el discurso antiinmigrante de Francois Legault y su Coalición Avenir Quebec (CAQ).

Gran sorpresa. Que un alguien como Bolsonaro llegue a ser el principal protagonista en una elección coloca a Brasil en la dimensión de las democracias con tendencia suicida; esa ruta de la civilización que, en pleno ataque de pánico, huye a refugiarse en el autoritarismo.

La excepción que se vuelve regla es el voto a demagogos que, como Bolsonaro y su compañero de fórmula, el general Hamilton Mourao, promueven con un discurso truculento el autoritarismo, la violencia y el odio racial, además del aborrecimiento a las diversidades.

El fenómeno tiene causas internas y externas. Una causa externa es la ola anti-sistema que recorre el mundo encumbrando a personajes como el filipino Rodrigo Duterte, un criminal confeso.

En América, los últimos ejemplos del fenómeno fueron el triunfo en la primera vuelta del fundamentalista evangélico costarricense Fabricio Alvarado, peligro conjurado en el ballotage, y el sismo electoral con epicentro en Quebec que sacudió a la rica, diversa y elegante Canadá.

Las incertidumbres y miedos que genera esta etapa traumática de la globalización desgastan a las dirigencias políticas tradicionales, abriendo paso a nuevas demagogias. A eso se suma la reacción agresiva y recalcitrante contra el acelerado reconocimiento a las diversidades étnicas, culturales y sexuales.

Con su discurso homofóbico, la demagogia militarista conquista el fervor de los sectores que confunden el respeto a la diversidad sexual con un “plan para homosexualizar al mundo”. A esas causas de escala global, Brasil agrega la decadencia ética de su propia dirigencia, expresada en la corrupción que financió la política durante décadas y ahora allana el camino a quienes proponen patear tableros, aunque sean tipos vulgares con discursos violentos. Y la corrupción es el único marco en el que el voto a Bolsonaro resulta razonable, por ser uno de los pocos legisladores que no han sido salpicados por el “mensalao” ni por el “petrolao” ni por ningún otro escándalo.

Entre las causas también está la aguda y prolongada recesión, percibida como un fracaso y una responsabilidad que comparten las izquierdas y derechas que convivieron en los gobiernos encabezados por el PT.

Finalmente, están en las negligencias y mediocridades de la dirigencia democrática. En la centroderecha, el PMDB y el PSDB chocaron entre sí neutralizándose mutuamente; mientras que en la centroizquierda, Lula impuso un candidato cuyo perfil académico genera rechazo en el poderoso brazo sindical del PT, con una candidata a vicepresidente que por ser del Partido Comunista repele los votos moderados que son indispensables para ganar un comicio.

Haddad restó apoyo entre los obreros paulistas y Manuela D’Avila, la secretaria general del PC, restó competitividad en la clase media y en el voto centrista que busca candidatos moderados.

Más inteligente que imponer esa fórmula habría sido alinear al PT con la candidatura del centrista Ciro Gomes. Pero a pesar de la imperiosa necesidad de conjurar la demagogia militarista, en la centroizquierda no hubo entendimiento para resolver una ecuación compleja: el partido más débil (PDL) postuló al candidato más fuerte (Gomes), mientras que el partido más fuerte (PT) postuló al candidato más débil (Haddad).

A los partidos tradicionales les faltó inteligencia y estatura histórica para enfrentar a la demagogia militarista. No obstante, aún con su mediocridad y sus indecencias, son la opción más racional frente a semejante desafiante.

Segunda vuelta. Para el ballotage, mientras Bolsonaro modera su discurso para ganar el voto que está más allá de su electorado híper-conservador, ciertas usinas intentan instalar que Brasil quedó ante “dos opciones extremistas”: el PSL y el PT. Eso es falso. Al PT se le pueden criticar muchas cosas, pero considerarlo extremista es absurdo. Con todos los defectos que se le quieran señalar, es centroizquierda. Y falsear esa realidad es una jugada oscura.

También fue oscuro el aporte de los jueces al inquietante ascenso extremista. Que hayan dejado fuera de carrera a Lula se puede justificar en la aplicación de la Ley. Pero prohibirle al PT usar su imagen en los afiches y spots televisivos de Haddad, prohibiéndole además las entrevistas y la difusión de mensajes suyos, se parece más a la censura que a una equilibrada aplicación de la Ley.

La contracara es que ni Bolsonaro ni Mourao ni los demás militares que integran la plana mayor ultraderechista han sido sancionados por las reivindicaciones de la tortura, el asesinato y otros crímenes de lesa humanidad que, junto con incitaciones al golpe de Estado, hicieron de manera reiterada.

Por cierto, también el sujeto que apuñaló a Bolsonaro hizo su aporte al fenómeno. El cobarde atentado convirtió en víctima a un apologeta de los victimarios. Y de paso le regaló una coartada a su ausencia en los debates con los otros candidatos. Un escenario en el que sólo podía perder.

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La sombra del reino saudí

Lo extraño no sería que el régimen saudita asesine un disidente, sino que lo haga de una manera tan obvia y brutal como parece haberlo hecho.

La desmesura de las amenazas que está esgrimiendo Mohamed Bin Salmán confirmaría su responsabilidad en la desaparición de Jamal Khashoggi.

Lo que debiera hacer el príncipe que ejerce el poder que aún debería monopolizar su padre, el rey Salmán, es entregar a Turquía las grabaciones de las cámaras de seguridad de su consulado en Estambul. La cuestión es simple. Si las cámaras registraron el ingreso de Khashoggi a la se-de diplomática, también debieron registrar su salida. Salvo que no haya salido jamás.

Si no salió, las posibilidades son: que quedara secuestrado en el consulado; que lo hayan asesinado y retengan su cadáver, o que lo hayan asesinado y sacado el cuerpo del lugar. Leer más

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