La sombra del reino saudí

Lo extraño no sería que el régimen saudita asesine un disidente, sino que lo haga de una manera tan obvia y brutal como parece haberlo hecho.

La desmesura de las amenazas que está esgrimiendo Mohamed Bin Salmán confirmaría su responsabilidad en la desaparición de Jamal Khashoggi.

Lo que debiera hacer el príncipe que ejerce el poder que aún debería monopolizar su padre, el rey Salmán, es entregar a Turquía las grabaciones de las cámaras de seguridad de su consulado en Estambul. La cuestión es simple. Si las cámaras registraron el ingreso de Khashoggi a la se-de diplomática, también debieron registrar su salida. Salvo que no haya salido jamás.

Si no salió, las posibilidades son: que quedara secuestrado en el consulado; que lo hayan asesinado y retengan su cadáver, o que lo hayan asesinado y sacado el cuerpo del lugar. Leer más

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Efecto Bolsonaro: los que salen del placar

No sería la primera vez que una sociedad atemorizada por incertidumbres, entra en pánico y se refugia en el autoritarismo.

Jair Bolsonaro está sacando del placar un conservadurismo oscuro y viscoso en toda la región. También en Argentina empiezan a sentirse legitimados por la avalancha de votos que obtuvo el ultraderechista brasileño, sectores que no pueden ocultar una excitación revanchista.

Igual que los de los demás países latinoamericanos, los bolsonaristas argentinos son nostálgicos de las dictaduras y partidarios de una mano dura policial que actúe libre de ataduras legales.

Para ellos, quienes defienden las garantías del Estado de Derecho son lo mismo que los “hipergarantistas” que consideran a la violencia delictiva como una consecuencia justificable del capitalismo.

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Macri en el huracán Carrió

El sismo provocado por la embestida de Elisa Carrió contra un ministro de Macri, desató una crisis en el oficialismo.

La pregunta comienza a repetirse en las cercanías del presidente. Con sus cuestionamientos y desplantes ¿Carrió fortalece o debilita al gobierno? ¿le suma o le resta a la coalición Cambiemos?

Hasta aquí, pocos se atrevían a contradecir una suerte de verdad sacralizada en el macrismo: “Lilita es la prueba de tolerancia presidencial ante la crítica, y la garantía ante la sociedad de que el gobierno está decidido a luchar contra la corrupción en sus propias filas”. Pero en los últimos días el interrogante retumbó con sonoridad estruendosa.

¿Por qué se hace audible ahora una duda que irrumpió con las primeras embestidas de la emblemática legisladora contra su propio gobierno? Porque ese gobierno ha entrado en su etapa de máxima debilidad.

La duda no se plantea por la conducta de Carrió, sino por la debilidad extrema que avanza sobre la imagen del presidente desde que se desató la crisis cambiaria obligándolo a recurrir al FMI y a iniciar los drásticos recortes que hasta aquí había evitado. Leer más

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El fenómeno extremista

Que un dirigente de las características de Jair Bolsonaro llegue a ser protagonista en una elección presidencial, alcanza el rango de fenómeno.

La excepcionalidad está en llegar a semejante resultado mediante la exaltación del autoritarismo, la violencia y la promoción del odio racial, el desprecio social y el aborrecimiento a la diversidad sexual.

El fenómeno Bolsonaro tiene una causa externa y varias causas internas. La causa externa es la ola anti-sistema que se manifiesta en las urnas de países de mediana y de gran envergadura, dejando el poder en manos de personajes como el filipino Rodrigo Duterte.

Los últimos ejemplos del fenómeno en América fueron el triunfo en la primera vuelta del fundamentalista costarricense Fabricio Alvarado, peligro conjurado en el ballotage, y la abrumadora victoria de la derecha antiinmigrante en Quebec, sacudiendo a la racional, diversa, opulenta y hasta elegante Canadá.

Las incertidumbres y temores de esta etapa de la era global y la evolución tecnológica desgastan a las dirigencias políticas tradicionales, abriendo paso a discurso demagógicos y extremos.

A esa realidad de escala global Brasil le agrega la decadencia ética de su propia dirigencia, ensanchando las posibilidades de quienes proponen patear el tablero, aunque sean personajes vulgares con discursos desopilantes.

La otra causa interna del fenómeno Bolsonaro está en las malas decisiones de esa clase política que, aun corrompida y mediocre, resulta más racional que el candidato anti-sistema. En la centroderecha, el PMDB y el PSDB chocaron entre sí, neutralizándose mutuamente. Y en la centroizquierda, Lula impuso un candidato cuyo perfil académico genera rechazo en el poderoso brazo sindical del PT, con una compañera de fórmula que, por pertenecer al Partido Comunista, repele el gran flujo de votos moderados que se necesita para ganar una elección.

Quizá, más competitivo que imponer la fórmula Haddad – D’Avila habría sido alinear al PT detrás de la candidatura del socialista moderado Ciro Gomes. Pero en la centroizquierda no hubo entendimiento entre el partido más débil que tuvo al candidato más fuerte, con el partido más fuerte que presentó al candidato más débil.

A eso se suma el aporte de la Justicia al inquietante fenómeno. Que haya dejado fuera de carrera a Lula cuando encabezaba todas las encuestas con una intención de voto que nunca alcanzó ningún otro candidato (el 40%) puede ser explicado en la interpretación de la Ley.

Pero no tiene ninguna explicación aceptable que la Justicia le haya prohibido al PT usar la imagen de Lula en los afiches y los avisos televisados de Fernando Haddad. También haber prohibido entrevistas y la difusión de mensajes grabados del ex presidente se parece más a la censura que a una equilibrada aplicación de la Ley.

La contracara es que ni Bolsonaro ni Hamilton Mourao ni los demás militares que integran la plana mayor de partido ultraderechista han sido sancionados por la reivindicación de la tortura y el asesinato, las apologías de crímenes de lesa humanidad y las incitaciones al golpe de Estado y a otras violaciones de la Constitución.

Por cierto, también el hombre que apuñaló a Bolsonaro hizo su aporte al fenómeno de la demagogia extremista. El cobarde atentado convirtió, por primera vez, en víctima al apologeta de los victimarios. Y de paso le regaló una coartada para justificar su ausencia en los debates con los otros candidatos. Un escenario en el que sólo podía perder.

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Las dos caras de la moneda argentina

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