La muerte en la cúpula del liderazgo

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El fósforo y la nafta

El cerco se iba cerrando. La acumulación de pruebas y confesiones anunciaba el inminente procesamiento de Cristina Kirchner. La decisión del juez plantea el tema de la prisión preventiva. Desde entonces, la libertad de la expresidenta queda en manos de los legisladores peronistas.

El senador Miguel Pichetto ya dijo que su bloque no concederá el desafuero. El macrismo se rasgará las vestiduras y acusará a los senadores peronistas de encubridores que convierten el Congreso en una guarida. Pero más allá de sus expresiones públicas, el oficialismo sabrá que, manteniéndola en libertad, Pichetto también le hace un favor al gobierno.

En un trance económico tan delicado como el actual, la detención de Cristina podría resultar sísmica. En el imaginario kirchnerista, moldeado por un eficaz aparato de propaganda, será una “presa política” cuyo encarcelamiento es parte de “un plan” para “destruir el movimiento nacional y popular”. En ese “relato”, Cristina será una víctima más del proceso de desmantelamiento del eje bolivariano que encarceló a Lula en Brasil y que, en Ecuador, procura llevar a prisión a Rafael Correa.

Los casos son totalmente diferentes, pero en la argumentación de la propaganda K son parte del mismo movimiento de pinzas cuyo objetivo es atenazar la región a los designios de Washington a través de dirigencias neoliberales.

Ese razonamiento deja de lado los juicios y prisiones de gobernantes liberales en Perú, así como los juicios y prisiones de presidentes derechistas centroamericanos. De todos modos, la situación económica que está asfixiando a las clases medias y bajas de Argentina potenciará esa lectura de los hechos si Cristina quedara en prisión preventiva durante el proceso por corrupción.

El duro ajuste que se está efectuando, su impacto en el consumo y el empleo, además de la sensación cada vez más extendida de que el país avanza sin metas claras hacia un círculo vicioso de aumento de tarifas y precios sin que aparezca, de momento, una luz al final del túnel, conspira contra una percepción social equilibrada de las razones que llevaron a la expresidenta al banquillo de los acusados. En las actuales circunstancias no puede ser de otro modo.

Si los cálculos que Macri presentó en su campaña electoral y en el primer tramo de su gestión hubiesen sido correctos, hoy Argentina tendría un despegue económico vigoroso, basado en la inversión privada. Pero la realidad está en las antípodas de aquellos cálculos y anuncios. Inflación, deuda y caída del consumo producen incertidumbre y descontento, el combustible de los estallidos sociales. Y Cristina necesita que ese combustible estalle en llamas que devoren al gobierno entero.

El estallido social y la caída del gobierno aparecen como la única y última posibilidad que tiene la expresidenta para intentar eludir el destino judicial que le depara el océano de pruebas en su contra.

Su detención, en el marco de semejante crisis, podría ser el fósforo que encienda las llamas. Mauricio Macri lo sabe.

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Con Donald Trump en baja, Barack Obama hace campaña

Las legislativas cobran importancia ante la eventualidad de un impeachment para el presidente, que sigue sumando denuncias.

Todas las alarmas se encendieron al mismo tiempo. Además, lo hicieron de las formas más insólitas. Un funeral, una carta anónima y el discurso de un ex presidente fueron los inesperados canales que expresaron la magnitud del riesgo que afrontaría Estados Unidos.
Ese riesgo tiene nombre y apellido: Donald John Trump. Y lo que arriesga Norteamérica es nada menos que su democracia. Lo dijo con todas las letras Barack Obama, al hablar en la universidad de Illinois que le entregó una distinción por considerar que su gobierno gozó de salud ética.

Allí, rompiendo una de las tradiciones no escritas pero férreamente cumplidas de la política estadounidense, el ex presidente dijo “nuestra democracia” está en peligro.

En Estados Unidos, los presidentes no sólo tienen el límite constitucional de dos mandatos. También tienen el límite que les impone la tradición política: al dejar el Despacho Oval, deben guardar silencio sobre el gobierno que lo sucedió y, de ser posible, de los subsiguientes, dedicándose a dar conferencias, crear bibliotecas o fundaciones, y a mediar en diferendos de otros países.

Obama cumplió la regla durante dos años y, si ahora la rompe, no es por vocación de transgresor sino porque la realidad que percibe le parece demasiado grave como para quedarse atado a una tradición.
Para quien sigue siendo el principal referente del Partido Demócrata, resulta imprescindible que en las elecciones legislativas de noviembre los conservadores pierdan la mayoría que tienen en el Congreso, porque el Partido Republicano ha renunciado a evitar que Trump destruya la institucionalidad.

Funeral mediático. Es posible leer el mismo mensaje en las ceremonias que John McCain diseñó para su propio funeral. De por sí, es increíble que alguien utilice sus últimas fuerzas para organizar sus exequias, como hizo el senador por Arizona antes de pedir a los médicos que cesaran el tratamiento y lo dejaran morir.

Aún más sorprendente fue leer el mensaje que su autor quiso dar a los norteamericanos a través de esa ceremonia póstuma. Un mensaje claro y contundente contra todo lo que representa Trump en la política y la sociedad de Estados Unidos.

Fue el mismísimo McCain quien llamó a Obama para pedirle que dé un discurso en la capilla ardiente. En la lista de oradores incluyó otros demócratas, como el ex vicepresidente Joe Biden. Y la lista de invitados, que tenía más demócratas, incluidos Bill y Hillary Clinton, contenía una omisión y una prohibición.

El republicano que perdió la elección contra Obama, omitió invitar nada menos que a quien había sido su compañera de fórmula, la ex gobernadora de Alaska Sarah Palin. Algo que puede leerse como una autocrítica póstuma por haber aceptado que los extremistas del Tea Party le impusieran el postulante a la vicepresidencia.

No obstante al récord de lo increíble lo batió con la prohibición de que Trump estuviera presente en sus funerales. Jamás un legislador norteamericano manifestó entre sus últimos deseos que no dejen participar de las ceremonias fúnebres nada menos que al presidente.
Ese deseo manifiesto convirtió el funeral en una denuncia demoledora contra el magnate neoyorkino. Quien había dejado dicho que le impidieran acercarse a su féretro era el militar y político más respetado de Estados Unidos. Un héroe de la dignidad y la decencia. El único republicano que se atrevió a decir que Trump es una “vergüenza” para los norteamericanos y quien lo acusó de racista y xenófobo, quiso que su muerte mostrara, por contraste, la vileza del hombre que ocupa el Salón Oval.

Condecorado como héroe de guerra por haber rechazado que el vietcong lo liberara antes de soltar también a los demás marines que estaban apresados en el mismo campo de concentración, el viejo senador de Arizona mostró al presidente como un personaje miserable. En rigor, fue el propio jefe de la Casa Blanca quien expuso sus bajezas cuando, en uno de sus choques con McCain, dijo que no debía ser considerado un héroe porque en la guerra de Vietnam había sido capturado por el enemigo.

McCain había perdido la batalla por la candidatura republicana con George W. Bush y la batalla por la presidencia con Obama, pero convirtió su muerte en una batalla triunfal porque con las invitaciones, las no invitaciones y la prohibición, levantó la bandera del diálogo, la búsqueda de consensos y el respeto por el adversario que deben imperar en una democracia. Las antípodas de Trump y su receta populista que considera a la oposición, a la prensa crítica y a todo aquel que lo cuestione, como “enemigos” que merecen aborrecimiento.

Presente negro. Entre el funeral de McCain y el discurso de Obama, hubo otro insólito golpe contra la imagen del presidente. En una carta publicada por The New York Times, un alto funcionario del gobierno que no quiso dar su nombre describió a Trump como un “amoral” propenso a tomar decisiones desastrosas.

Según la carta, varios miembros prominentes de La Casa Blanca se han conjurado para impedir, actuando desde las sombras, la mayor cantidad posible de estropicios presidenciales.

Un escrito anónimo carecería de valor si no fuera porque el diario que lo publicó es uno de los más prestigiosos de Estados Unidos y su dirección editorial dio fe de que el autor es, efectivamente, un alto funcionario del gobierno.

En la historia norteamericana hay antecedentes de conspiraciones políticas de todo tipo, pero esta modalidad desopilante no tiene precedentes. Mientras en el partido oficialista el silencio fue la regla que sólo McCain se atrevió a romper, en la cúpula del gobierno existe un grupo de prominentes republicanos que dicen conspirar contra el presidente por el bien de los Estados Unidos.

La economía es el músculo de Trump. Si bien fue la administración Obama la que revirtió en crecimiento la recesión iniciada con la crisis de las hipotecas subprime, el proteccionismo implementado por el actual presidente fortaleció notablemente el alza en los principales indicadores.

Lo que se verá en las próximas elecciones legislativas es si el crecimiento económico alcanza para contrapesar el peor de los problemas del gobierno: la personalidad y la naturaleza del propio Donald Trump.

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Ideología y sexualidad

La ideología homofóbica parte de negar realidades evidentes, como la existencia de la diversidad sexual a lo largo de la historia.

“Con mis hijos no te metas”, parece una advertencia dirigida a los sacerdotes que violan o manosean a niños. Sin embargo, la consigna no se refiere al eterno flagelo de los curas pederastas, sino al sistema educativo.

La campaña que está en gestación en Argentina, con base en Córdoba, tiene su punto latinoamericano de partida en Perú, con la resistencia al programa de educación sexual impulsado por el ahora expresidente Pedro Pablo Kuczynski. Agrupaciones evangélicas, católicas y dirigentes conservadores, la mayoría de procedencia fujimorista, se opusieron a que la escuela enseñara igualdad de géneros.

En noviembre de 2016, unas cuatro mil personas denunciaron en Lima que el nuevo currículum de educación básica impulsado por el mandatario liberal buscaba “introducir en las aulas la ideología de género”.

No hace falta bucear mucho en ese movimiento para encontrar homofobia y abominación contra reivindicaciones feministas que avanzan desde finales del siglo 20, como la difusión de métodos anticonceptivos, el derecho de la mujer a decidir sobre su cuerpo y el matrimonio igualitario.
Los religiosos y conservadores peruanos que gritaron “con mis hijos no te metas” sostienen que la “igualdad de género” es una “ideología” que pretende “homosexualizar” al mundo, teoría conspirativa que suena descabellada… porque es descabellada.

La iniciativa fue más allá de Perú y en todos los casos parece movilizada por la misma posición, que también puede considerarse “ideológica”: la abominación a la homosexualidad.

Esos padres que no quieren que la educación se “meta” con sus hijos crecieron en sociedades que discriminaban y humillaban a los gays. Burlarse de la homosexualidad era habitual. Películas y programas cómicos ridiculizaban a las personas gays.

Las religiones aportaron al padecimiento de los acosados presentando su vida sexual como una degeneración, un pecado aborrecible contra la naturaleza “creada por Dios”.

Confusión perversa

El movimiento contra una educación sexual inclusiva parece inspirado por oscurantistas como el arzobispo Carlo María Viganó, quien considera que los pedófilos de la Iglesia Católica “son homosexuales”.

Confundir pedofilia con homosexualidad es perverso. El abuso de niños es abominable y pervertido. La homosexualidad es otra cosa.

La diversidad sexual existió en todos los tiempos y culturas. Pero la humanidad llegó hasta el siglo 21 ocultando y denigrando a las minorías. ¿Por qué considerar insano que la escuela eduque en valores inclusivos que pongan fin al desprecio de unos y al sufrimiento de otros?

Tratándose de una diversidad existente en todas las civilizaciones, ¿por qué perpetuar un sistema generador de menosprecio que podría ensañarse con descendientes propios?

Rechazar que la escuela forme niños que no crezcan aborreciendo y discriminando, o padeciendo ese aborrecimiento y esa discriminación, es defender la continuidad de una visión que ha marginado y hostigado una forma de sentir la sexualidad presente en todas las eras y culturas.

La ideología homofóbica, nuevo bastión del pensamiento reaccionario, parte de negar realidades evidentes, como la existencia de la diversidad sexual a lo largo y ancho de la historia.

También reduce esa diversidad a la forma de apareamiento. Plantea falsamente que gay es la persona que sólo quiere tener sexo con gente de su mismo género. En esta visión, queda excluido el amor.

En rigor, gay es la persona que siente atracción y se enamora de personas del mismo género. Las visiones religiosas que nunca pusieron al amor como esencia del vínculo matrimonial son las que se opusieron, primero, al divorcio y, después, al matrimonio igualitario, tratando de imponer que vivan juntos los que no se aman y que vivan separados los que se aman.

Una larga historia de menosprecio y segregación explica que ahora el movimiento pendular vaya hacia el extremo y haya quienes promuevan la idea de una superioridad gay. Algo tan absurdo como cualquier supremacismo, incluido el de la heterosexualidad. Pero las radicalizaciones no pueden servir de justificación a la cruel realidad que denigró a cientos de millones de personas a través de los tiempos.

La India acaba de abolir el artículo 377 del Código Penal, que penaba la relación homosexual. La Corte Suprema de ese país anuló esa ley de 150 años, impuesta por el moralismo británico de la era victoriana. El mismo que condenó a Oscar Wilde.

El fallo establece que segregar de cualquier modo la diversidad sexual viola derechos humanos fundamentales.

Algunos dirían a esos cinco jueces supremos: “Con mis hijos no te metas”.

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El sucesor resistido

No son muchos los políticos que debieron desistir de una candidatura con todas las encuestas vaticinándoles el triunfo.

Nadie sabe qué se siente en semejante circunstancia, pero es comprensible que Lula se haya aferrado a su postulación hasta la última instancia. Más aún si esa segura victoria le hiciera posible recuperar su libertad.

A sólo un par de horas de vencer el plazo de inscripción de fórmulas, el ex mandatario anunció, finalmente, la candidatura presidencial de Fernando Haddad. Si el plazo vencía, el PT quedaba fuera de competencia.

La resistencia a deponer la candidatura fue tan grande, que la renuncia fue llegando en dosis. En la mañana del último día, hubo una carta del líder PT que deslizaba un reconocimiento implícito de la sucesión en la fórmula presidencial. “Mi voz es la voz de Haddad”, decía en una línea. Horas más tarde, la admisión del sucesor como cabeza de lista se hizo explícita e inequívoca.

Pero..¿era realmente Lula quien se aferraba a una candidatura que ya había sido institucionalmente sentenciada?

Fue el ala sindical del partido la que se aferró con más fuerza a la esperanza de que, al cabo de tantos recursos interpuestos en todas las instancias existentes, alguno lograría salvar la postulación del líder que proviene del gremialismo metalúrgico.

Ese sector sindical presionó a los juristas del PT para que buscaran por todos los medios salvar la candidatura de Lula.

El esfuerzo traspasó fronteras razonables, porque dejó al partido sin fórmula clara cuando la campaña electoral ya estaba lanzada. ¿Por qué tanta insistencia? Entre otras razones, porque el PT no es un cuerpo homogéneo y Haddad representa a sectores que nada tienen que ver con el poderoso brazo sindical.

Los jefes del aparato gremial del partido sienten que, si ese miembro del sector intelectual venciera, para ellos la realidad no sería tan diferente que con la victoria de cualquier otro candidato, con excepción de Bolsonaro, el ultraderechista que amenaza con una ola de macartismo.

La pregunta es si el sindicalismo petista pondrá, de ahora en más, toda la energía que se reservaba para una campaña de su líder natural. Lula querrá que inviertan en el nuevo candidato la misma energía electoral que habrían invertido en él, porque de llegar al Planalto quien fue su ministro de Educación y alcalde paulista, habrá una esperanza de ser liberado por un indulto presidencial.

La otra pregunta es si el PT está aún a tiempo de hacer que Haddad succione la masa de votos que arrastra Lula. En la caza de ese caudal de sufragios, el socialista Ciro Gomes picó en punta.

De momento Gomes, quien inició su carrera política en la centroderecha y desembocó en la centroizquierda que no se deja absorber por el PT, es quien se perfila para acceder al ballotage. Y quien logre disputar la segunda vuelta con Bolsonaro, lo más probable es que la gane.

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El éxodo venelozano dispara una ola de xenofobia latina

La diáspora venezolana empieza a ser blanco de ataques, mientras la hostilidad crece en el discurso político y comienza a cerrarles puertas.

Es un éxodo de rasgos bíblicos. Como los judíos que salieron de Egipto, miles de venezolanos atraviesan diariamente las fronteras a pie. Las interminables caravanas permiten medir la dimensión de la tragedia. Pero dejar atrás el país secuestrado por una calamitosa dictadura, no pone fin a la pesadilla. Sobre esa marea errante se abaten otras tragedias, que también evocan desventuras del pueblo hebreo.

Los que cruzaron las fronteras con Brasil llevan meses sufriendo ataques que pueden ser llamados pogromos. Con esa palabra se denominó a los multitudinarios y en muchos casos espontáneos ataques de hordas eslavas contra las aldeas judías en Ucrania, Polonia, Bielorrusia, Moldavia y el Este de Rusia, desde fines del siglo XVIII y a lo largo del siglo XIX. A renglón seguido, comenzaron los pogromos en las ciudades centroeuropeas, entre los cuales sobresalió cruelmente la “kristallnacht” (noche de los cristales rotos), que fue la alarma alemana del genocidio que preparaba el III Reich.

A pesar de semejantes antecedentes históricos, la prensa y las sociedades de Latinoamérica no reaccionan con el estupor que debieran generar los pogromos que están sufriendo los venezolanos en el estado brasileño de Roraima. Habitantes de los pueblos cercanos a la frontera se abalanzan con palos, piedras y antorchas contra los albergues atestados de inmigrantes. En la ciudad de Pacaraima incendiaron instalaciones y golpearon a los refugiados, dejando muchos cientos de heridos y más de mil personas perdidas en las selvas donde se internaron para escapar de sus atacantes.

No sólo el miedo que se apodera de los pobres en el noroeste brasileño convirtiéndolos en linchadores de otros pobres, es responsable de los pogromos padecidos por esa ola de inmigrantes que llega desde Venezuela. También es responsable el gobierno que encabeza Michel Temer. La vasta geografía del país más grande de toda América Latina podría absorber fácilmente la inmigración venezolana. Al comenzar el desborde en la frontera, Temer prometió organizar una distribución eficaz de esa gente entre los estados más ricos de ese gigantesco territorio. Pero evidenciando una incompetencia pasmosa, el turbio personaje que se apoderó de la presidencia no organizó absolutamente nada. Por el contrario, lo que hizo fue militarizar las fronteras para blindarlas, impidiendo que sigan entrando a Brasil multitudes que huyen desesperadas del hambre, el crimen y el autoritarismo.

La mayor parte de esa ola inmigratoria pudo ser absorbida por el rico Estado de Sao Paulo. Pero la ineptitud de Temer la dejó acumularse en un Estado pobre, como Roraima, al que ni siquiera le envió los fondos necesarios para sostener la ayuda humanitaria y crear los albergues que hacen falta para acoger a una inmigración que ya supera el diez por ciento de su propia población.

Ante la ineptitud del gobierno federal de Brasil, se multiplican los pogromos y también los discursos xenófobos. Suely Campos, gobernadora de Roraima y líder del Partido Progresista (PP) es un ejemplo de la “lepenización” de la política brasileña. Así como el ultraderechista francés Jean Marie Le Pen (y más tarde su hija Marine) comenzó a amasar una inmensa masa de seguidores arengando a los franceses de las clases más vulnerables contra los inmigrantes que llevan décadas llegando desde Africa y el Oriente Medio, cientos de políticos brasileños están adoptando el discurso de hostilidad contra los inmigrantes venezolanos, para cosechar los votos que los depositen en escaños, alcaldías o gobernaciones.

Incluso para buscar la presidencia está resultando útil el discurso de odio al inmigrante, culpándolo por problemas locales como la pobreza y la falta de empleo. Jair Bolsonaro, el impresentable ultraderechista que está segundo en las encuestas sobre las elecciones presidenciales de octubre, llegó al absurdo de prometer que si triunfa en el comicio sacará a Brasil de las Naciones Unidas para que se libere de cumplir sus acuerdos de asistencia humanitaria.

El crecimiento del discurso xenófobo debe ser tomado en serio. En Europa está poniendo en jaque a gobernantes exitosos, como Angela Merkel. Ella y los socialdemócratas están obligados a gobernar en coalición ante el crecimiento de la ultraderecha con reflejos nazis. En Francia, Macron tuvo dejar el Partido Socialista y disfrazarse de anti-sistema para evitar que el Frente Nacional se adueñara del gobierno. En Italia, Matteo Salvini, un ultraderechista que hizo del miedo y la aversión a los refugiados su principal arma política, es el hombre fuerte del gobierno que está actuando de manera criminal y cruel con miles de familias que intentan desembarcar. Al frente de Austria está Sebastián Kurz, un joven inspirado en el extremismo xenófobo de Jörg Haider. El poder de Viktor Orban en Hungría se refuerza con su política anti-inmigrante. Polonia sigue en manos de las ideas ultranacionalistas de los hermanos Kaczynski y los británicos quedaron atrapados en el laberinto del Brexit por escuchar a los demagogos que prometían, entre otras cosas, cerrar las puertas a la inmigración ni bien abandonaran la Unión Europea.

Las inmigraciones producen xenofobia incluso en sociedades tolerantes y democráticas como la de Costa Rica, donde se está multiplicando el discurso de rechazo a los refugiados nicaragüenses que huyen de la represión de Daniel Ortega.

En el caso de dirigentes y gobernantes xenófobos, la lista de ejemplos es mucho más larga e incluye casos como el de Donald Trump, quien conquistó la Casa Blanca prometiendo amurallar Estados Unidos contra los mexicanos y demás inmigrantes que lleguen desde “los agujeros de mierda” del mundo. Y en Sudamérica no sólo Brasil ve crecer el discurso antiinmigrante mientras el gobierno empieza a cerrar puertas a los venezolanos. Ecuador y Perú también comienzan a ponerles trabas burocráticas, al tiempo que la hostilidad va creciendo en el discurso de muchos dirigentes políticos.

La historia se dio vuelta y algunos países pagan con ingratitud su deuda con la nación venezolana. Al fin de cuentas, en la segunda mitad del siglo XX, la democracia de Venezuela daba asilo de manera solidaria a los miles de los exiliados que producían las dictaduras que rodeaban el país caribeño. Ahora, la dictadura inepta y corrupta que impera en lo que había sido, aunque con defectos, una solidaria democracia insular en un mar de tiranías, genera la diáspora que busca subsistir en los países cuyos sistemas, aunque con defectos, pueden llamarse democracias. Pero los brazos abiertos que la marea de inmigrantes encontraba en los comienzos del éxodo, empiezan a cerrarse. Y mientras los emigrados se van amontonando en tierras de nadie situadas junto a fronteras cada vez más entornadas a su paso, en Caracas, Nicolás Maduro sigue haciendo shows televisivos con aplaudidores que ovacionan sus anuncios desopilantes.

Enajenado de la realidad, el presidente gesticula mientras muestra los nuevos billetes, tan carentes de valor como los que fueron reemplazados; o muestra el símbolo de una criptomoneda que sólo tiene valor en las mentes afiebradas de los jerarcas chavistas; o exhibe pequeños lingotes de oro destinado a “los ahorros” de una sociedad que casi no puede alimentarse ni curarse.

Maduro sigue apareciendo en pantalla, dando explicaciones que resultan delirantes, mientras las rutas de salida de Venezuela parecen los caminos donde hormigueaban los albaneses que cruzaban las fronteras hacia Montenegro, tras ser expulsados de su tierra: Kosovo.

El jefe chavista es el Slobodan Milosevic de las caravanas de caminantes que recorren el camino hacia la posibilidad de supervivencia. La multitud deambula mientras la intolerancia crece en los países a los que ingresan. Allí, la demagogia de los políticos va girando hacia la xenofobia.

Al discurso crecientemente hostil de los demagogos, lo acompaña el silencio de las dirigencias de muchos países que han tenido relaciones íntimas con el chavismo. Gobiernos y partidos en todos los rincones del subcontinente recibieron petróleo venezolano subsidiadísimo, o dinero desviado de las arcas venezolanas para financiar campañas electorales; o turbios y suculentos negocios que pudieron hacer en Caracas. Esas dirigencias callan mientras continúa una de las peores diásporas de la historia sudamericana. Callan mientras Maduro desvaría ante las cámaras y, como el presidente de Nicaragua, usa fuerzas militares, paramilitares y aparatos de inteligencia para que su régimen se mantenga a flote en medio del naufragio nacional.

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España se pone revisionista y barre la herencia de Franco

Lo que implica para el país europeo la decisión de desalojar al dictador de su tumba en el Valle de los Caídos.

Será la tercera muerte de Franco. La primera ocurrió aquella madrugada de noviembre del 75, cuando se detuvo el corazón del anciano dictador en una habitación del hospital La Paz. La segunda fue cuando el Borbón que había elegido como sucesor para mantener en pie su régimen, lo traicionó convirtiendo España en una democracia y legalizando a las fuerzas políticas que él demonizaba. Y la tercera muerte del “generalísimo” ocurrirá en los próximos meses, cuando finalice la vida simbólica que aún le quedaba: su tumba en el Valle de los Caídos.

España dará un paso histórico. Su democracia lleva cuatro décadas a la sombra del monumento que rinde culto a una dictadura. Cuando en 1940 ordenó la construcción del mausoleo que corona la sierra de Guadarrama, Francisco Franco justificó los costos de esa obra faraónica diciendo que sellaría la unidad de la nación que se había partido en la guerra civil, porque allí yacerían combatientes de ambos bandos enfrentados. Pero mentía.

En realidad, lo que había comenzado a construir era su propio monumento, de grandilocuencia acorde a su megalomanía y a su deseo de eternizarse y de prolongar su régimen autocrático. No sólo era falso que la obra, concluida en 1959, pretendiese reconciliar las dos Españas que se habían desangrado entre 1936 y 1939. Lo que pretendía “el caudillo” era todo lo contrario: perpetuar en la dimensión simbólica la derrota de los republicanos. El imponente mausoleo simbolizó el pie del triunfador sobre el cadáver del vencido.

Los combatientes republicanos que yacen en esa montaña, fueron exhumados de fosas comunes y enterrados allí sin consentimiento de sus familias. La construcción de la abadía, su gigantesca cruz y las tumbas, demandó casi 20 años y el trabajo forzado de miles de presos políticos. Al menos quince republicanos murieron allí, como mano de obra esclava.

Con la escusa de levantar un monumento a la “reconciliación de España”, Franco levantó su propio monumento. El homenaje arquitectónico a su victoria y a su larga dictadura. La sola existencia del Valle de los Caídos constituye un agravio a la democracia, porque el hombre al que rinde culto fue cruel en los campos de batalla y cruel en el ejercicio del poder.

Masacrar y torturar para sembrar terror fue el método que utilizó, primero, en la Guerra del Rif, y luego en la guerra civil. Siendo un joven oficial, hizo que las divisiones de la Legión Española que comandaba en Marruecos perpetraran atrocidades contra las tribus que se habían rebelado en las montañas del norte del país africano. Las mismas técnicas de terror utilizó cuando el gobierno de la República lo convocó, en 1934, para sofocar la insurrección obrera en Asturias. Y luego en los seis años de la guerra que inició en 1936 contra el Estado republicano.

Por cierto, la otra parte también cometió excesos y, de haber ganado, es posible que el sector apoyado por Stalin hubiera cambiado la república por el totalitarismo. Pero el que triunfó fue Franco. Fue él quien instaló un Estado fascista, lo alineó lo Hitler y Mussolini, sobreviviendo a las derrotas de Italia y Alemania gracias a su habilidad diplomática.

La dictadura de Francisco Franco no fue menos cruel que sus técnicas de guerra. Censura, fusilamientos y persecución ideológica. Esa crueldad está homenajeada en el Valle de los Caídos.

Levantar la lápida de 1500 kilos para sacar el sarcófago de Franco no completa el desagravio a la democracia que implica su mausoleo. Para muchos españoles, también habría que exhumar los restos de José Antonio Primo de Rivera, el ideólogo del falangismo, que es la versión española y ultra-católica del fascismo.

El gobierno encabezado por el PSOE considera que Primo de Rivera, quien había girado hacia la moderación y el diálogo en sus últimos meses de vida, al haber sido fusilado por republicanos al inicio de la Guerra Civil también debe ser considerado víctima de aquel conflicto.

Lo que sí habría que remover para que esa tumba colectiva sea verdaderamente un monumento que reconcilie a las dos Españas, es la abadía y la cruz de 150 metros, posiblemente la más alta del mundo. Además de cuestionar la monarquía, si algo unificó al arco político republicano, que abarcaba desde liberales hasta anarquistas y marxistas, era la secularidad en la concepción del Estado.

En ese país creado por dos reyes fundamentalistas que conquistaron el territorio con inquisición y “guerra santa”, el espíritu republicano contenía la convicción de que la iglesia debía separarse del Estado. En ese espíritu convivían católicos partidarios del laicismo político, con agnósticos y ateos. Mientras que la ideología falangista que los derrotó a sangre y fuego era una mezcla de corporativismo fascista y nacionalismo ultra-católico.

La dictadura de Franco impuso una constitución confesional, claramente diferenciada de las constituciones laicas y las eclécticas. La iglesia católica fue parte del Estado que imponía un moralismo censurador. Es por eso que, un monumento verdaderamente reconciliador, no debiera tener símbolos religiosos, y en particular católicos, como rasgo arquitectónico dominante. Esos símbolos representan sólo a uno de los bandos. Por lo tanto implican dominación, no reconciliación.

También habría sido mejor que a la decisión de sacar a Franco del Valle de los Caídos la hubiera acordado todo el arco político. Mariano Rajoy y el PP tuvieron la gran oportunidad de haber redimido ante la historia a la fuerza política que desciende del falangismo franquista a través de Manuel Fraga Iribarne. Perdieron la posibilidad de hacerlo en el 2017, regalándole a Pedro Sánchez la lapicera para inscribir su nombre en un capítulo histórico.

El actual jefe de Gobierno no llegó al cargo por el voto de la gente sino por el voto de censura a Rajoy. Se apoya en una minoría ínfima que le da muy poco margen de maniobra. Pero para realizar la exhumación que lo dejará en la historia, le alcanza con el apoyo parlamentario de la izquierda anti-sistema (Podemos), sumada al que le darán, sin dudarlo, los partidos catalanes y vascos, representantes de las dos comunidades que más padecieron el centralismo castellanizante de Franco.

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Déficit de autocrítica

Mostró una actitud distinta. Manejó de otra manera las pausas y los énfasis. Pero en algunas cuestiones sustanciales, Mauricio Macri repitió falencias. Por caso, una descripción de las causas del tembladeral en la que el peso recae sobre los factores externos y sobre la demagogia oportunista que han mostrado muchos dirigentes opositores, a lo que se sumó el “efecto cuaderno” que le mostró al mundo la radiografía del gigantesco y voraz tumor de corrupción que ha padecido la Argentina.

Todo eso es parte de la explicación, pero si el gobierno tuvo que encerrarse un fin de semana en la quinta presidencial de Olivos a reinventarse y volver sobre sus pasos en muchas de sus políticas y convicciones, es porque ha cometido muchos más errores que los tímidamente admitidos, y porque, hasta la eyección del dólar hacia la estratósfera, todo el gabinete estaba más desconectado de la realidad que con los pies en la tierra.

El discurso del presidente tuvo más gesticulación que contenido profundo. También tuvo más señalamientos de las culpas ajenas que admisión de las culpas propias. Una faltante que, en esta instancia, expresa negligencia y la persistencia del ensimismamiento que arrastró al gobierno hasta estas encrucijadas.

Por cierto, la autocrítica es un déficit que no tiene solo el gobierno de Macri. El kirchnerismo recurre a sus conocidas ecuaciones ideológicas para liberarse de toda culpa satanizando al “macrismo neoliberal”, mientras el resto del peronismo actúa como si no tuviera nada que ver con la patológica debilidad económica y la desconfianza que el mundo le tiene a la Argentina. Los medios de comunicación electrónicos cubren los sismos financieros con un sensacionalismo frenético que potencia el pánico social y las escaladas del dólar. La especulación política y periodística es la regla, no la excepción. También lo son la irresponsabilidad y el oportunismo. La justicia, la prensa, las dirigencias sectoriales, la casi totalidad de los políticos y el gobierno que encabeza Macri, son los componentes de una ecuación con resultado negativo. Todos debieran hacer una autocrítica de dimensión oceánica y nadie la hace. Argentina es el país donde todos señalan con dedo acusador y nadie se golpea el pecho. Pero ayer, en su discurso, el que tenía más obligación de golpearse el pecho que de apuntar el dedo acusador, era el presidente. No lo hizo.

Anunció medidas significativas pe-ro menos que las esperadas. Y sobre la reformulación del gobierno eliminan-do y fusionando ministerios, llama la atención que en un equipo que cometió tantos errores, el “director téc-nico” haya realizado más cambios de posición y de roles, que cambios de jugadores.

Con la misma gente, Macri empieza otro partido. Los ojos del país siguen puestos en el dólar.

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Lo niego todo, incluso la verdad

Hay seguidores de Cristina que, entre la evidencia y su creencia, siguen eligiendo su creencia.

El país ya tiene la biopsia y la radiografía del tumor de corrupción que saqueó arcas públicas durante 12 años. Fue una estafa al Estado, que se operó con anestesia ideológica. Pero la biopsia y la radiografía no deben actuar como una nueva anestesia, en este caso durmiendo a la sociedad frente a un ajuste inconducente que, además de estrangular a la economía, podría amputar a la universidad pública y la investigación científica.

La anestesia ideológica que inoculó el kirchnerismo logró que una porción de la sociedad no percibiera los síntomas del carcinoma de corrupción que, para el resto de la sociedad, resultaban perceptibles. Aun con la avalancha de pruebas que alcanza para sepultar cualquier duda, hay seguidores de Cristina que, entre la evidencia y su creencia, siguen eligiendo su creencia.

Ahora, el riesgo es que el torrente de pruebas anestesie a dirigentes y seguidores de Cambiemos haciéndoles creer que el fracaso de Mauricio Macri en la economía es sólo culpa del saqueo y de la demagogia del gobierno anterior.

Si bien fue la peor de las muchas estafas perpetradas al Estado, la deriva económica del actual Gobierno también se explica en su propia ineptitud, la soberbia que lo ensimismó y la pasmosa inacción que muestra ante el derrumbe del consumo por la escalada de los precios.
El ojo de Naipaul

Ni el récord de corrupción que batió el matrimonio Kirchner ni las cegueras y odios que producen las anestesias ideológicas en Argentina habrían sorprendido a Vidiajar Naipaul.

Si a ese gran escritor británico la agonía no le impidió enterarse de lo que ocurre en el país al que describió como eterna víctima del pillaje, nada debió haberle asombrado. Al huraño premio Nobel de Literatura le tocó morir justo cuando el país que conoció en la década de 1970 empezó a supurar ríos de evidencias de una corrupción descomunal.

La infección era perceptible desde hace tiempo, pero la volcánica erupción de pruebas que derrumbaba el muro de silencio empresarial se produjo justo cuando la vida de Naipaul se apagaba.

El escritor que trascendió por novelas como Una casa para Mr. Biswas también fue prolífico en el terreno del ensayo cultural y sociológico. Además de lo que escribió sobre el colonialismo y sobre el Islam, su paso por Argentina dejó análisis que parecen escritos a la luz de fenómenos actuales como la corrupción kirchnerista y “la grieta”.

En el ensayo El retorno de Eva Perón, Naipaul describió a la Argentina setentista como un país dividido por el odio, en el que las partes enfrentadas justificaban la exclusión violenta de la contraparte. Y en otro ensayo, titulado A country for plunders (Un país para saqueadores), sostuvo que “ser argentino es habitar un mundo mágico y debilitante”.

En un diálogo de 2001 con el escritor Rodolfo Rabanal, ese pensador liberal que aborrecía las “ideas fijas” de los dogmas religiosos y políticos, describió lo que, en este tiempo, los argentinos llaman “la grieta”. Habló de un país que no tiene “debate verdadero” sino “sólo pasión y jerga”, usando el término “jerga” como sinónimo de lenguaje de consignas; eso que en estos años los argentinos llamamos “relato”.

Naipaul explicó que “la jerga (el relato) transforma la realidad en abstracción” y que “donde ella se impone, sólo existen enemigos”.

Se refería a la Argentina setentista, aunque también describía la de ese momento y la de la década siguiente. “Las pasiones todavía prevalecen… aniquilando toda razón”, afirmó.

No todo lo que decía era lúcido y valioso. Su misoginia y sus mezquindades para con otros escritores resultaban despreciables. Pero Argentina le dio la espalda por las incómodas observaciones que escribió sobre el país.

Asomarse a ellas ayuda a entender fenómenos como la adicción a las anestesias ideológicas. Por caso, las que hacen que muchos seguidores de Macri sigan creyendo que a esta deriva económica la explica sólo el saqueo y la demagogia kirchnerista con el aporte de la sequía y la crisis turca, y en absoluto la evidente ineptitud del Gobierno macrista. Y que muchos de los seguidores de Cristina sigan eligiendo la creencia propia por sobre la evidencia objetiva. Aun teniendo ante sus ojos la biopsia y la radiografía del peor tumor de corrupción padecido por el Estado argentino, prefieren creerle a ella cuando, como Joaquín Sabina, lo niega todo, “incluso la verdad”.

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El héroe de la dignidad

En la historia hay personajes viles que ganaron guerras en vida, pero perdieron batallas cruciales ya muertos. Y también muestra héroes de la dignidad que perdieron guerras en vida y ganaron cruciales batallas al morir.

En el primer grupo está Francisco Franco, ganador con su estrategia de terror en la Guerra del Rif y en la Guerra Civil española; pero derrotado post-mortem, primero con el entierro de su régimen para nazca una democracia, y ahora con el desalojo de su tumba del Valle de los Caídos, para que deje de ser el “monumento a una dictadura”.

En el segundo grupo está John McCain, capturado en la guerra de Vietnam y derrotado en comicios presidenciales, pero ganador de su batalla personal contra Donald Trump. A esa batalla la ganó al morir porque estadistas del mundo, la sociedad norteamericana, la prensa y los principales referentes demócratas y republicanos, lo despidieron como un héroe de guerra y de la dignidad política.

Esos heroísmos lo convierten en la contracara de Trump, quien eludió combatir en Vietnam pero se atrevió a negar que el senador de Arizona fuese un héroe porque el vietcong lo había capturado. Es cierto. Pasó cinco años en un campo de concentración tras el derribo de su avión, y muchas veces rechazó ser liberado, eligiendo permanecer en ese infierno carcelario hasta que todos los prisioneros norteamericanos fuesen liberados.

También fue heroico en la derrota política. Con Barak Obama arriba en las encuestas, desmentía las calumnias que las usinas conservadoras lucubraban para difamar al candidato demócrata. “Eso no es verdad. Obama es un hombre digno”, decía ante un público republicano que lo escuchaba perplejo.

Después enfrentó a Trump. Pocos republicanos se atrevieron a denunciar los desbordes racistas del presidente y las envestidas que debilitaron la relación de Washington con sus aliados. Y ningún conservador se atrevió a decir que la actitud de Trump hacia Rusia “es una vergüenza”.

El único que alzó la voz fue John Sidney McCain III, el senador que redactó la lista de invitados y de oradores en su funeral, dándole la palabra a Obama y al último vicepresidente demócrata, Joe Baiden.

No haber invitado a las ceremonias a quien fue su compañera de fórmula, Sarah Pailin, fue su modo de autocriticarse haber aceptado una imposición del Tea Party. Pero en la batalla final, enarboló sus banderas de diálogo y consenso, contra el extremismo y la intolerancia que expresan los ultraconservadores y Trump.

La mayor victoria de su muerte fue visibilizar el contraste entre la vileza del presidente que censura una condolencia del gobierno por elogiar al senador, con la lluvia de mensajes destacando la honorabilidad, heroísmo y dignidad de McCain. El guerrero que, antes del fin, disparó contra la imagen de Trump con una bala de plata: prohibirle estar en su funeral.

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