Periodismo, de la K a la M

La corrupción no es algo que se va junto con el gobierno que batió algún récord en la materia. Las arbitrariedades y delitos cometidos por una administración no disculpan los que pueda cometer la siguiente, aunque sean de menor envergadura.

Jon Lee Anderson describió en Panamá la tendencia a disculpar las corruptelas posteriores al régimen del general Manuel Noriega por el hecho de que su dictadura había sido el summum de la corrupción.

Los negociados que plagaron las gestiones de Guillermo Endara y Ernesto Pérez Valladares ocurrieron al resguardo de los escándalos que se revelaban día a día, acaparando la atención de la Justicia y la prensa. Esa cortina de impunidad que dio la megacorrupción norieguista a los posteriores gobiernos recién se diluyó durante la presidencia de Ricardo Martinelli.

La diferencia de grado entre la corrupción de un gobierno y la de su sucesor no debe ser cortina ni justificación.
El periodismo suele enfrentarse a dos males: el amarillismo y la cooptación. El primero genera un periodismo buitre de los que se caen, sean gente del poder o sean figuras mediáticas. El segundo mal produce un periodismo partidista, por financiación o por afiliación.

Los aparatos judiciales enviciados suelen actuar en consonancia con esos dos males de la prensa.

Por estos días, en la vereda del periodismo que fue crítico del autoritarismo y la corrupción kirchnerista hay quienes cuestionan la exhibición humillante que magistrados y prensa hacen de detenidos que habían gozado de poder e impunidad, como Amado Boudou. En la misma vereda, hay quienes argumentan a favor de tales exhibiciones.

La diversidad de enfoques también se ve en el trato que dan al gobierno de Mauricio Macri. Están los que critican mucho, los que critican poco y los que no critican nada.

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