El Infierno tan temido

Arabia Saudita y Jordania, dos tronos en una región crítica del planeta, de cara a la amenaza del Estado Islámico.

Estado-islamico

Cuando Salman bin Abdulaziz al Saud se sentó en el trono que creó su padre y heredó de su hermano, carecía de certezas sobre el rumbo de su reinado. Lo que expresó al tomar el mando fue un deseo: la continuidad lineal de la política que rige desde la fundación de Arabia Saudita: el pragmatismo en la política exterior y el más riguroso fundamentalismo en la política interior.

A eso se refirió el nuevo rey cuando proclamó, al coronarse, que la constitución del país seguirá siendo el Corán. La religión, en la vertiente oscurantista impulsada en el siglo XVIII por su ancestro Muhamad ibn Abd al Wahhab, es lo que Salman intentará mantener como un dictat en la vida interna del reino.

Así lo hicieron su padre y todos los hermanos que lo antecedieron. Ellos también mantuvieron el pragmatismo exterior con que nació ese Estado familiar, debido a que necesitaba de la tecnología y el capital norteamericano para extraer y exportar el petróleo sobre el que flota el inmenso desierto peninsular.

La pregunta es si el nuevo rey logrará que Arabia Saudita siga siendo ese extraño dios Jano, con Mahoma rigiendo la vida de los súbditos, mientras los intereses económicos y geoestratégicos rigen la proyección exterior. No está claro que pueda seguir siendo un Estado con dos rostros contrapuestos, como la deidad de la mitología romana.

Esa contradicción ha parido ya dos monstruos: primero Al Qaeda, después el Estado Islámico (ISIS).

En rigor, el segundo es un desprendimiento del primero. Lo creó el jordano Abu Mussab al Zarqawi para combatir a los marines, kurdos, chiítas y árabes cristianos en Irak. Pero Abú Bakr al Bagdadí lo transformó en ISIS (Estado Islámico Irak-Levante) para obtener la financiación saudita y qatarí a los grupos salafistas que luchan contra el régimen chiíta sirio y el Hizbolá en el Líbano.

El “califato” proclamado por ISIS en Irak y Siria es un lunático Tercer Reich ultrarreligioso, que ha hecho de la crueldad su señal de identidad, y ejecuta un proceso de aniquilamiento étnico que pronto alcanzará el rango de genocidio.

Las últimas medidas del fallecido Abdulá Bin Abdulaziz al Saud fueron cortar la asistencia a ISIS y apoyar la ofensiva contra el “califato” que está siendo en el Oriente Medio lo que el Khemer Rouge fue en Camboya en la década del setenta: una utopía genocida y demencial.

El nuevo rey mantendrá al país en la ofensiva contra ISIS, pero tal vez eso no alcance. La sombra de sospecha que cae sobre Arabia Saudita por los monstruos que ayudó a engendrar, tal vez le impongan a Salman bin Abdulaziz al Saud la obligación de moderar la doctrina teológica que rige su política interna, mediante una reforma religiosa profunda.

La furia de Jordania contra ISIS roza a Qatar y al reino de la familia Saud. La imagen del piloto jordano ardiendo como una antorcha en una jaula, sacó a la monarquía hachemita de su habitual moderación. Abdulá II ordenó la ejecución de dos jihadistas que había capturado e intentado canjear por el piloto del F-16 caído en el norte de Siria.

Fue un inaceptable ojo por ojo diente por diente lo que hizo el rey jordano, producto de la ira que le causó la ejecución al modo medieval con que la inquisición quemaba “brujas” y “herejes” en sus hogueras. El mundo occidental no reaccionó ante la desmesurada venganza jordana, porque observaba estupefacto a los yihadistas que matan homosexuales arrojándolos desde edificios, mientras crucifican y entierran vivos a niños y adolescentes en Irak.

Hasta ahora, los únicos que han enfrentado con dignidad y valentía al ISIS son los kurdos. Con la ayuda de los bombardeos de la coalición que formó Barack Obama, los “peshmergas” (milicianos) del Kurdistán iraquí los derrotaron en el monte Sinjar, salvando a miles de yazidíes que estaban a punto de ser exterminados.

Luego colaboraron con la heroica resistencia de Kobane, la ciudad kurda que se convirtió en la Stalingrado del norte sirio cuando su pueblo luchó durante meses hasta derrotar al poderoso ejército ultraislamista. Solo contaron con el apoyo aéreo de la coalición, porque el ejército turco no atravesó la frontera para ayudarlos. Tampoco movió un dedo por Kobane el régimen sirio, mientras que Jordania no había enviado su ejército, sino que solo aportó aviones como el F-16 del piloto que los jihadistas quemaron vivo.

ISIS llegó demasiado lejos con su delirante criminalidad y su ostentación de la crueldad. Ese Reich que lleva meses existiendo en un territorio equivalente a Bélgica, avergüenza a todos los Estados árabes, empezando por esa feudal propiedad familiar que es Arabia Saudita.

La dinastía que reina en Jordania desciende de Hashim ibn Abd al-Manaf, bisabuelo de Mahoma que fundó el clan Banu Hashim. Aún teniendo entre sus ancestros al mismísimo profeta, primero el rey Husein y ahora su hijo, conducen un Estado entre religioso y secular, notablemente más abierto que los reinos petroleros del Golfo. Y Abdulá II ha proclamado su voluntad de seguir modernizando la vida de Jordania, sin abandonar la esencia del Islam.

Lo mismo deberá plantearse el nuevo monarca saudita. Sus ancestros no descienden de Mahoma como los hachemitas, sino de Al Wahhab, impulsor de la corriente más cerrada e intolerante.

Primero en Afganistán y ahora en el propio corazón árabe de Oriente Medio, milicias esperpénticas muestran la criminalidad a la que conducen las aplicaciones literales de los textos sagrados. Aun contra sus deseos y convicciones, Salman bin Abdulaziz al Saud deberá impulsar en Arabia Saudita lo que la Dirección de Asuntos Religiosos (Dyanet) impulsa en Turquía: el Proyecto Hadiz.

Creada por Atatürk en 1923, la Dyanet ha puesto a sus ulemas a estudiar la actualización de miles de hádices –compilaciones de actos y dichos de Mahoma– para eliminar todo lo que justifica prácticas retrógradas, como los “crímenes de honor”, la ablación en niñas y el cercenamiento de libertades básicas a las mujeres.

Arabia Saudita siempre tuvo alianzas contrarias a la vertiente teológica que la guía: con Washington por el petróleo y con los regímenes seculares árabes por las guerras contra Israel. Pero en el último medio siglo engendró y financió grupos de la más brutal intolerancia para combatir a los regímenes laicos y a la ofensiva del chiismo iraní.

Nada le salió bien. Los chiítas tomaron el poder en Yemen y se aprestan a extirpar a Al Qaeda del sur de la península, mientras la guerra contra ISIS en Irak y Siria está modificando los mapas trazados en Europa tras la caída del Imperio otomano. A su vez, Estados Unidos negocia con el moderado presidente Rohaní una nueva relación con Teherán.

Demasiados cambios para que nada cambie en el reino de la familia Saud.

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Ella, “Ellos” y “Nosotros”

“Habla la Presidenta de los 40 millones de argentinos y argentinas”, dice siempre la voz en off que presenta las cadenas nacionales.

cristinalis

¿Es necesaria semejante aclaración? ¿Puede el mandatario, en un Estado de derecho, no ser representante de la totalidad de los mandantes? ¿Hay Estado de derecho si es necesario aclarar algo tan obvio?

Algo debe andar mal en un país donde hay que repetir de manera oficial que el presidente (presidenta, en este caso) es presidente de todos los habitantes y no de una parte. Sobre todo porque, a renglón seguido de la desopilante presentación de la locutora de Casa Rosada, “la Presidenta de los 40 millones de argentinos y argentinas” le habla de modo exclusivo a la platea que la aplaude sentada en el salón, a la juventud enfervorizada que canta y salta en los patios y a la porción de la sociedad que la idolatra.

En total, una cifra sideralmente distante del número mencionado por la locutora cada vez que presenta una cadena nacional, o sea a cada rato.

No sólo en cuanto a los receptores del mensaje Cristina Fernández contradice la presentación oficial. También lo hace al mencionar, a modo de dedo acusador, a “ellos”. Esta vez acusó a “ellos” de preferir “el odio”, en una velada pero evidente alusión descalificadora a la marcha del 18-F.

En su discurso, había un “nosotros”, que “nos quedamos con el amor”, y un “ellos”, a los que “les dejamos el silencio”.

La presentación que le hacen decir a la locutora se vuelve más absurda aún por la incontinencia sectaria de quien habla como líder de un sector, a renglón seguido de haber sido presentada como mandataria de un número específico que supone la totalidad de la población.

Pero esta vez –con un fiscal muerto en el centro de la escena nacional–, se hace imperioso preguntarle a la mujer que desde el balcón enardece a los muchachos del patio: ¿quiénes son “ellos”? ¿los que no repiten como un padrenuestro que Nisman trabajaba para la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos (CIA), el Mossad –servicios secretos israelíes– y el agente Horacio Antonio “Jaime” Stiuso? ¿los que se negaron a aceptar rápidamente que el fiscal se deprimió y se voló la tapa de los sesos al descubrir, de sopetón, que la denuncia que estaba a punto de presentar ante el Congreso era una patraña insostenible?

¿Quiénes, Presidenta? ¿Los que se resisten a creer la versión de que la denuncia tenía como objetivo empañar la alegría de un verano a playa llena? ¿Los que ven en el argumento del golpismo judicial la misma manganeta chavista de la “guerra económica” para explicar la hiperinflación, las devaluaciones y el desabastecimiento en Venezuela?

Tal vez se refiere a los que dudan de que la muerte del fiscal Nisman sea obra del imperialismo yanqui, el espionaje israelí, Stiuso, el Grupo Clarín, los fondos buitre y demás complotados para producir un “golpe blando”.

Dividiendo

En rigor, el “ellos” del que habla la Presidenta es la inmensa porción de argentinos que no acepta que el “nosotros” que le contraponen sea “la patria”.

A esta altura de la historia universal, demasiados perdularios de todas las calañas ideológicas defendieron sus dictaduras proclamándose “la patria” y llamando a sus adversarios “la antipatria”, como para que alguien dude del acierto de Samuel Johnson al afirmar que “el patriotismo es el último refugio de los canallas”.

Proclamarse “patria” implica señalar una “antipatria” a la que se justifica denostar, perseguir, repudiar y excluir de la vida política. En “la patria”, que es “nosotros”, no hay lugar para “ellos”, la “antipatria”.

En esos términos planteó Carl Schmitt la construcción de poder en su célebre obra El concepto de lo político . Y no influyó sólo en el nazismo, que lo adoptó entre sus libros de cabecera. Influyó en todas las ideologías totalitarias.

Para que concuerde con la extraña presentación que se hace de sus cadenas nacionales, los discursos de Cristina Fernández deben dejar de señalar un “nosotros” y un “ellos”.

La incoherencia es tan grande como la descalificación a los magistrados organizadores de la marcha acusándolos de que actúan políticamente, planteada por el mismo gobierno que incubó Justicia Legítima, agrupación militante del oficialismo judicial; que designó a la híper kirchnerista Gils Carbó y que aplaudía cada manifestación de kirchnerismo explícito de Eugenio Zaffaroni cuando era juez de la Corte Suprema.

Tan increíblemente absurdo como el izquierdismo del diputado Jorge Landau, llegado al oficialismo desde las listas de candidatos encabezadas por el ultraderechista y torturador Luis Abelardo Patti.

Ese “ellos” es la inmensa porción del país que cree que hay utilización política de los organismos de derechos humanos; y también que hubo manipulación de los servicios de inteligencia para perseguir, chantajear y distribuir dinero de fondos reservados entre periodistas que deben atacar a los críticos y magistrados que deben desestimar denuncias de corrupción.

Esos que no creen en el general César Milani, ni aceptan que el ejército haga espionaje a los “enemigos” del Gobierno.

No se trata sólo de los fiscales que impulsaron la “Marcha del silencio”, sino de todos los que ven una responsabilidad del Gobierno, aunque no necesariamente culpa, en la muerte del fiscal que lo denunciaba.

De tal modo, “ellos” son la mitad o más de la mitad (tal vez mucho más) del país al que dividió ese discurso dirigido a los propios, que pronuncia “la Presidenta de los 40 millones de argentinos y argentinas”.

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Rusia y Ucrania acuerdan la paz

El análisis de Claudio Fantini sobre el acuerdo entre Rusia y Ucrania en el programa Arriba Córdoba, en Canal 12 de Córdoba.

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Sólo balas y propaganda

Así como Lenin creó el régimen de partido único que luego adoptaron el nazismo y los demás totalitarismos, Joseph Goebbels planteó bases de la propaganda totalitaria luego adoptada por los regímenes marxistas y los otros fascismos.

NICOLAS MADURO

Algunos de los postulados de aquel ideólogo nazi se insinúan en dos gobiernos populistas latinoamericanos: los de Venezuela y Argentina. El ministro de Propaganda del III Reich recomendaba individualizar a todos los adversarios y críticos “en un solo enemigo” y “cargar sobre él los propios errores y defectos”. En síntesis, crear la idea de un único y siniestro causante de todo lo malo que ocurre, incluidas las fallas y los problemas generados en, y por, el propio régimen.

Lo propio hace el presidente venezolano, para justificar los desastres que su gestión provoca en la economía. Está claro que el chavismo no diversificó la matriz productiva del país, cuyo consumo depende en gran medida de las importaciones. También es evidente que las arcas de Pdvsa, única fuente de financiación, están extenuadas y la empresa petrolera lleva tiempo mostrando síntomas de caducidad y desinversión. Con la capacidad importadora mermada y una economía que no fomenta la inversión, sino que la espanta, el resultado no puede ser otro que desabastecimiento.

Pero Nicolás Maduro lo explica diciendo que el “enemigo del pueblo” (un espectro en el que se mezclan oligarquía local, imperialismo norteamericano y derechas latinoamericanas y europeas) ha lanzado una “guerra económica” para tumbar al régimen que creó Hugo Chávez. Planteadas las cosas en esos términos, el gobierno ingresa en la dimensión del absurdo creando organismos con nombres militares para batallar contra la escasez, y hace encarcelar comerciantes y empresarios de los pocos que aún mantienen sus inversiones en Venezuela.

Y como también las protestas sociales son orquestadas por el “enemigo”, decreta que las fuerzas represivas usen armas de fuego con balas de plomo para enfrentar a los manifestantes. La incompetencia de Maduro no sólo perjudica a Venezuela. También a los gobiernos que callaron cuando la última represión dejó decenas de muertos; callan ahora que el chavismo blanquea el uso de armas de fuego en las próximas protestas, y mantienen sobre el encarcelamiento de Leopoldo López un silencio que aturde.

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El País en silla de ruedas

No se trata de afirmar que Irán tuvo que ver con la muerte de Nisman, sino de señalar que es ridículo hacer una lista de sospechosos en la que no figure.

cris en siella

“Nos amontonamos al­rededor de un auto con 
la radio a todo volumen y por unos cuantos minutos la ciudad se detuvo. Hasta que estalló en aplausos, y abrazos, y emoción cuando terminó”.

Así de conmovedora fue la vivencia que tuvo Gabriela Cerruti al escuchar con un grupo de vecinos la cadena nacional. Para muchos argentinos, igual que para la legisladora porteña, la voz de la Presidenta sonó conmovedoramente esclarecedora; una luz que disipaba la densa oscuridad que ensombreció al país cuando apareció muerto Alberto Nisman.

Esa Argentina vio a una mujer que enfrenta al “enemigo” hasta postrada en una silla de ruedas. 
Le pareció una escena heroica y 
un discurso lógico, irrebatible y movilizador. Parecía sentir lo que habrá sentido la Francia del régimen de Vichy cuando escuchó a Charles de Gaulle exhortándola a ponerse de pie. La movilizó como a los británicos la voz de Winston Churchill pidiéndoles “sangre, ­sudor y lágrimas”.

Esa Argentina vio a una líder con estatura histórica, explicando de manera detallada la conspi­ración iniciada en su primer mandato, con los embates “destituyentes” del poder económico y sus corporaciones.

A los argentinos que aplaudieron y se abrazaron emocionados por el discurso, les pareció adecuado que señalara como presunto autor material del crimen a Diego Lagomarsino; como presunto autor intelectual a Jaime Stiuso y como patrocinador al Grupo Clarín.

La dirigencia, la prensa y la intelectualidad que adhieren al Gobierno nacional ya no hablan de conspiración destituyente sino, directamente, de plan para producir un golpe de Estado.

La muerte del fiscal que denunció a Cristina y a su canciller es el instrumento con que el mismo “enemigo” que inició hace años la guerra económica, informativa y judicial ahora embaucó a un leguleyo bobalicón para que acusara al Gobierno, y luego lo mató para producir la caída de la Presidenta.

De ese modo, el discurso incluyó la muerte de Nisman en la misma teoría conspirativa con que lleva años explicando todo. Y cuando terminó, hubo argentinos que aplaudieron y se abrazaron emocionados. Pero también había otra Argentina paralizada de estupor.

Además de no entender por 
qué lucía de blanco alguien que nunca viste de ese modo, y por qué se veía una silla de ruedas donde debía verse un escritorio, el otro país se espantó escuchándola forzar el artículo 109 de la Constitución (“en ningún caso” un jefe de Estado “puede ejercer funciones judiciales” ni “arrogarse el cono­cimiento de causas”) para marcarle el trayecto de la investigación a la fiscal.

Ese país reparó en la utilización reiterada de la palabra “íntimo” para referirse al vínculo entre la víctima y el supuesto victimario.

Los argentinos que no aplaudieron ni se abrazaron ni se emocionaron cuando terminó Cristina sintieron escozor de que, en lugar de condolerse aunque sea para cuidar las formas, la Presidenta se ensañara con el muerto, cubriendo de sospechas y acusaciones a quien ya no puede defenderse.

Sin Irán

En el universo kirchnerista, ­Nisman era el instrumento de un golpe de Estado y quienes creen 
en su denuncia son golpistas.

En el otro universo, el absurdo discurso no atenuó sino que acrecentó las dudas sobre el Gobierno.

En la dirigencia del disperso campo opositor, algunos no entienden la catástrofe institucional que implica esta denuncia seguida de muerte, mientras que otros vislumbran que el disparo en Puerto Madero dejó al país en el umbral de la violencia política. Pero ninguno señaló una sugestiva ausencia en la lista de sospechosos que enumeró Cristina: el Estado iraní.

Irán no es Costa Rica, sino una potencia que juega fuerte en el tablero estratégico mundial. Su aparato de inteligencia tiene espías en buena parte del planeta y la Guardia Revolucionaria maneja milicias extranjeras, como Hezbollah.

Un área clave de la Guardia ­Revolucionaria es la unidad de ­operaciones especiales Quds, que realiza acciones encubiertas en el exterior. Quds actuó en Pakistán, Líbano, Irak y Afganistán, además de ser señalada por atentados en Europa.

Sus largos brazos habrían llegado hasta Estados Unidos, donde está sospechada de planificar el asesinato del embajador saudita Abdel al-Jubeir.

Si semejante poderío puede estar detrás del atentado en la Amia, por qué descartarlo en la muerte de un fiscal cuya denuncia contra el Gobierno confirma gestiones iraníes ocultas para lograr impunidad en aquella masacre.

Tiene lógica sospechar del turbio servicio de inteligencia local, 
al que el Gobierno destrozó tras una larga manipulación para espiar a propios y ajenos en el país. Pero no tiene lógica excluir de la sospecha a los iraníes señalados por la Justicia argentina.

No se trata de afirmar que Irán tuvo que ver con la muerte de Nisman, sino de señalar que es ridículo hacer una lista de sospechosos en la que no figure.

Sin embargo, en la lista de la Presidenta está un allegado “íntimo”, el agente favorito de Néstor Kirchner y un grupo de medios de comunicación, pero no está la potencia chiíta.

También es curioso que un Gobierno que usa la palabra “ene­migo” para adversarios y críticos no la use para el régimen que presuntamente masacró argentinos 
en 1994.

Sin embargo, al país que se embelesó con el discurso de la Presidenta todo eso le parece lógico.

Por eso el abismo que lo separa del otro país es tan hondo que ­parece no poder cerrarse sin que uno de los dos caiga y se destruya en el fondo.

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