La sombra que oscurece a 2015

Detrás de un patrimonio que se multiplicó varias veces mientras sus dueños gobernaban, asoman demasiadas cuestiones turbias como para que las bases kirchneristas sigan repitiendo que corruptos son todos.

Decir que para hacer política hace falta mucha plata, no es un argumento: es una coartada.

Lo curioso es que se haya instalado como un dogma en las bases del kirchnerismo. Todo un logro de la propaganda y el adoctrinamiento, porque en los países vecinos hay ejemplos que refutan la estratagema que Néstor Kirchner convirtió en una verdad incuestionable.

“Pepe” Mujica hace ostentación de pobreza y Tabaré Vázquez tiene menos de lo que normalmente tienen los médicos prestigiosos, como lo es él en el campo de la oncología.

Michelle Bachelet hizo política con sus ingresos de pediatra y no acrecentó su patrimonio desde que está en la función pública. Y Evo Morales sigue siendo el propietario de una única y humilde vivienda. Es difícil imaginar que un sindicalista argentino fuese pobre a pesar de haber dirigido durante décadas un sindicato tan poderoso como el de los cocaleros, el gremio que lideró el actual presidente boliviano sin haberse enriquecido lo más mínimo.

Si la austeridad y las pocas posesiones de los presidentes de Uruguay, Chile y Bolivia desmienten la máxima “nestoriana” de que sin mucha plata no se puede hacer política, la evidente honestidad de esos mandatarios, así como la de muchos otros, echa por tierra con otro principio nestoriano: la corrupción es inherente a la política, todos los políticos son corruptos; ergo, la corrupción no es una cuestión central y significativa, sino menor y justificable si el gobernante que la acumuló construye un poder transformador.

La política está carcomida por la corrupción y Argentina está colmada de intendentes y gobernadores enriquecidos en la función pública, pero eso no le resta gravedad al crecimiento exponencial de la fortuna del matrimonio Kirchner.

Detrás de un patrimonio que se multiplicó varias veces mientras sus dueños gobernaban, asoman demasiadas cuestiones turbias como para que las bases kirchneristas sigan repitiendo que corruptos son todos y que para hacer política hay que tener mucha plata.

La corrupción kirchnerista parece tener algo en común con la pedofilia eclesiástica. A esta altura, está claro que tal degeneración no es un problema accidental o incidental, sino un problema estructural de la Iglesia Católica, porque es una consecuencia inexorable en una estructura con niños al alcance de hombres sin vida sexual normal y con una antigua normatividad que encubría ese tipo de perversiones.

En la política kirchnerista, la corrupción tampoco parece ser accidental ni incidental, sino estructural. La diferencia es que, en la estructura eclesiástica, la pedofilia no es un flagelo en las cúpulas sino que se da desde instancias medias hacia abajo, mientras que, en el kirchnerismo, la corrupción parece una atribución casi exclusiva de los dueños totales del poder. He ahí su gravedad.

Buscando un Putin

“Cuando la verdad es demasiado débil para la defensa, se necesita atacar”. En definitiva, una obviedad, aunque lo haya dicho Bertolt Brecht. Tan obvio como que el ataque gubernamental contra el juez Claudio Bonadio acrecienta, en lugar de atenuar, la sospecha de que Lázaro Báez traspasó fortunas a los Kirchner a través de los hoteles que la familia posee en Santa Cruz.

El ensañamiento con Bonadio, la absurda denuncia contra Margarita Stolbizer por enriquecimiento ilícito y la amenaza de convertir las cuentas secretas en Suiza en un arma de destrucción masiva, constituyen un mensaje claro y contundente: si cae con una flecha clavada en su talón de Aquiles, el kirchnerismo morirá matando.

De ese modo intenta conjurar una batalla judicial mediante una doctrina de la Destrucción Mutua Asegurada, como la que impidió la guerra atómica entre superpotencias.

Sucede que Cristina aún no pudo resolver el dilema que Boris Yeltsin resolvió con Vladimir Putin.

El presidente ruso que disolvió la Unión Soviética se acercaba al final de su gobierno corriendo serios riesgos de que salir del Kremlin le implicara entrar a la cárcel, o peregrinar un interminable vía crucis judicial. Estaba a la vista que su hija, Tatiana Yumásheva, había amasado una fortuna desde el gobierno, junto con turbios multimillonarios, como Román Abramovich y Boris Berezovski. Si finalmente Yeltsin pudo salir del Kremlin sin ir con su hija a la cárcel, fue porque encontró al exespía del KGB que supo convencerlo de que mantendría a los jueces a raya si lo sucedía en la presidencia. Y Vladimir Putin cumplió.

Daniel Scioli intenta convencerla de que será su Putin, pero Cristina no termina de confiar en él. Y aquellos en quienes confía no tienen posibilidad de sucederla.

Por eso, mientras se defiende lanzando ataques que desnudan la debilidad de su verdad, Cristina busca alquimias como la candidatura al Parlasur, para obtener inmunidad pospresidencial.

No se trata de un problema de la Presidenta, sino de la política argentina. Una espada de Damocles pende sobre 2015. No hay por qué suponer que el kirchnerismo saldrá mansamente del poder, si corre peligro de que enjuicien por hiperenriquecimiento ilícito a su líder. No existe esa posibilidad.

Por eso hay sombras inquietantes en el horizonte cercano. Tan inquietantes que muchos miran hacia el Vaticano. El Papa, que quiere que Cristina termine pacíficamente su mandato, sabrá que eso es imposible sin un blindaje judicial que la preserve de procesamientos.

¿Mediaría el Pontífice para una salida de ese tipo? Y sin una salida de ese tipo, ¿se puede pensar en un sereno fin de ciclo?

Share