El pecado de la corrupción

Repetir como un mantra que a los gobiernos populares siempre los acusan de corruptos y que jueces como Bonadio y Ariel Lijo trabajan para el poder económico no tapa la matriz de corrupción que muestra el caso Lázaro Báez.

En la Argentina partida, lo más fácil es pertenecer a uno u otro bando asumiendo sus posiciones como se asume una fe: de manera acrítica.

Creer o no creer, esa es la cuestión. Estar en el kirchnerismo o en el antikirchnerismo implica compenetrarse con un credo. Dudar es pecado y cuestionar es blasfemo.

Se percibe nítidamente en la batalla judicial. Está claro que la Justicia tiene un lado tan oscuro como el ámbito político. Está claro que hay jueces impresentables que han hecho del oportunismo una tabla de salvación o un instrumento de poder. Está claro que señalan, a través de sus fallos y decisiones, la dirección del viento político. Y también está claro que el juez ­Claudio Bonadio da razones para considerarlo del grupo que un día puede ser el escudo de un gobierno y al otro día su verdugo.

Sin embargo, para quienes profesan el antikirchnerismo como una religión, Bonadio y los demás jueces que embisten contra el Gobierno son santos impolutos que sólo merecen devoción.

De todos modos, no hay más ­pensamiento crítico en la feligresía kirchnerista, devota hasta el fanatismo por adicción a un credo bien elaborado. Un credo hecho para apasionar, y junto al cual lo que reza la dirigencia opositora suena a rudimentario paganismo.

Pero esa sofisticación aportada por los teólogos oficialistas no lo hace menos fantasioso. La ficción queda a la vista en dos cuestiones claves: corrupción y economía.

Repetir como un mantra que a los gobiernos populares siempre los acusan de corruptos y que jueces como Bonadio y Ariel Lijo trabajan para el poder económico, no tapa la matriz de corrupción que muestra el caso Lázaro Báez (foto).

Sencillamente, parece más un testaferro enriquecido a través de la obra pública que un abnegado y genial empresario que la apechugó desde abajo.

Sólo una fe ciega, o sea una obnu­bilación, impide ver lo evidente. No hay forma de entender el pago de tantos millones por habitaciones de hotel que permanecieron vacías.

La única manera de entenderlo es como maniobra para transferir ­fortunas, desde un testaferro hacia la caja del jefe.

Báez ni siquiera disfrazó bien esa maniobra. Pudo hacer ocupar las habitaciones premiando a empleados de sus empresas o enviando de vacaciones a estudiantes y maestros, o realizando congresos. Pero en lugar de ocupar las plazas pagadas, las dejó vacías. Casi una ostentación de lavado de dinero.

Y Cristina pudo responder al allanamiento de la empresa Hotesur explicando que fue desmesurado. Pero prefirió mostrar una vez más que se vale del aparato del Estado para apretar a quienes indaguen en la fortuna que se multiplicó desde que el matrimonio Kirchner arribó al Gobierno nacional.

En las democracias donde las instituciones y leyes están por sobre los líderes, que la entidad impositiva o los servicios de inteli­gencia se utilicen para presionar a quienes cuestionan o investigan al líder, sería un escándalo que ­bordearía el juicio político. Ergo, que aquí no pase nada es un síntoma de régimen.

Economía

La otra prueba de fe kirchnerista está en la economía. El credo dice que Cristina está en la buena senda y que la inflación, la recesión, el desempleo y las otras sombras que oscurecen el camino son inventos de la prensa, picotazos de los fondos buitre y cascotes que se desprenden del derrumbe del mundo.

Sin embargo, no hay que re­currir a visiones neoliberales para ver con nitidez que el desenfreno del gasto financiado con emisión monetaria y déficit, más un intervencionismo sin reglas que desalienta la inversión, son causas importantes de esta decadencia.

Un estudio muestra que Vene­zuela y Argentina son los peores países de la región para invertir, mientras que Paraguay y Bolivia son los mejores. A ese estudio, lo hizo la Fundación Getulio Vargas, con más de siete décadas de historia, una calificación que la sitúa entre los mejores think tanks del mundo y con una posición cercana al keynesianismo que certifica el nombre de su fundador: el presi­dente brasileño que impulsó el nacionalismo económico con sustitución de importaciones y políticas sociales.

Otra calificada distinción a Evo Morales, quien con inteligencia designó un ministro de Economía brillante, Luis Arce, al que man­tiene desde el primer día de su pri­mera gestión para que sostenga los superávits en las cuentas públicas, concrete nacionalizaciones sin espantar a la inversión privada y asegure el fortalecimiento del salario y demás ingresos, impidiendo que los devore la inflación.

A la deriva económica del Gobierno, por la creencia presidencial de que Kicillof es el verdadero representante de John Keynes en la Tierra, la señaló también una “vaca sagrada” del neokeynesianismo: Paul Krugman.

Lo trajo el oficialismo para que bendijera el rumbo, pero este lúcido demoledor de la fe neoliberal y del culto a Milton Friedman y Friedrich von Hayek dejó claro que la inflación es un problema grave en Argentina, que las mediciones del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) siguen siendo un fraude y que a la híper-heterodoxia del Gobierno le hace falta una dosis de ortodoxia.

“Yanqui al fin”, mascullarán la feligresía y los sacerdotes del oficialismo, en lugar de analizar la crítica de Krugman. Así es la fe. No la mueve la corrupción evidente y tampoco el entreguismo tan visible en la minería a cielo abierto y en la Ley de Hidrocarburos. Todo sea por “Cristina eterna”. Amén.

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