Cuba, hora cero

Díaz Canel no es el primer jefe de Estado que no se llama Castro Ruz en la Cuba de la revolución. El primero fue el liberal Manuel Urrutia.

Asumió cuando Fulgencio Batista fue vencido por los milicianos que habían iniciado su rebelión en 1953. Pero apenas siete meses después, renunció por no aceptar ser títere de quien acaparaba vorazmente todos los resortes del poder: Fidel Castro.

Urrutia se exilió y lo suplantó en la presidencia Osvaldo Dorticós, quien ocupó el cargo hasta 1976. Pero adentro y afuera de la isla, todos sabían que no gobernaba, porque el dueño del poder era Fidel. Incluso, tanto su hermano Raúl como cualquier otro alto jefe del ejército, tenían más poder real que esa figura decorativa que lucía el cargo de presidente.

Las dictaduras suelen nombrar presidentes para que sean pantallas del poder que concentra el dictador. En España, por ejemplo, el general Franco lo tuvo a Luis Carrero Blanco, hasta que la ETA lo asesinó en 1973. Leer más

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La gran simulación

Más que un verdadero acto de guerra, parece una simulación. El ataque sobre Siria dejó más dudas que certeza. Los voceros del Pentágono y la Casa Blanca mintieron al negar que Rusia haya sido avisada del ataque y los blancos escogidos, para evitar que las fuerzas rusas establecidas en territorios sirios sufrieran bajas y daños materiales. Los desmiente el hecho de que no hubo víctimas fatales. Un régimen experto en victimizarse mostrando cadáveres después de ser atacado, mencionó sólo tres heridos. Ni siquiera habló de heridos graves. Sólo tres heridos.

¿Puede no haber víctimas fatales tras una lluvia de misiles? Más de cien proyectiles sobre supuestos centros de producción de armas químicas sólo causaron destrucción material. ¿Pueden existir centros neurálgicos donde no haya nadie después de la medianoche? Evidentemente, hubo un aviso previo a Rusia, lo que equivale a avisar también al régimen sirio. Las afirmaciones en contrario que hicieron los voceros norteamericanos no fueron ciertas. De hecho, poco después trascendió que Macron se había comunicado con Putin para decirle del plan en marcha. Un plan que no contempló debilitar a Al Asad ni confrontar con Rusia. Por eso el ataque fue anunciado y acotado. Además, los aviones y los misiles de las potencias noroccidentales no cruzaron el espacio controlado por los sistemas antiaéreos rusos.

La “misión cumplida” que dijo Trump, fue desafiar a Putin sin darle razones para represalias. Esa era la cuadratura del círculo. Aunque limitado y avisado a la contraparte, el ataque implicaba una ofensa al líder ruso. A la realidad del acto la revela lo expresado por el embajador en Washington Anatoly Antonov, al decir que el bombardeo occidental era una ofensa a Putin y que habría consecuencias; afirmación y amenaza destinadas a no cumplirse.

En definitiva, el ataque tuvo más de capoeira que de pelea real. Una danza simulando un combate, allí donde no lo hay. ¿Por qué? Porque la justificación del ataque muestra que ya no se pretende derrocar al régimen, sino solo limitar sus acciones. Aunque el verdadero mensaje fue para Rusia, y dice que las potencias noroccidentales tienen que estar en la mesa donde el Kremlin diseña la posguerra.

En las reuniones de Astaná, manejadas por Rusia, sólo participan Irán y Turquía. Los misiles de la madrugada del sábado fueron el simbólico puñetazo en la mesa para reclamar un lugar. Y la respuesta que Rusia parece obligada a dar para que su líder no se vea débil y humillado, será seguramente igual de simbólica. Otra gran simulación.

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El ataque a Siria, un desafío que apunta a Rusia

 

Un soldado sirio filma el resultado del ataque del viernes contra un centro de desarrollo científico, cerca de Damasco. Fue uno de los blancos de EE.UU., de Francia y del Reino Unido. (AP)

LO MÁS IMPORTANTE

  • Los bombardeos de EE.UU., Francia y Reino Unido destruyeron tres objetivos estratégicos, pero se registraron apenas tres heridos.
  • Esto indica que hubo contactos con Rusia antes del operativo y que la acción militar fue más simbólica que real.
  • También, un mensaje a Putin.

Más que una verdadera pelea, parece capoeira. La simulación de una pelea sobre el escenario sirio. Una lluvia de misiles dejó como víctimas apenas tres heridos. Un régimen experto en victimizarse mostrando cuerpos destrozados esta vez no tenía muertos para describir el “crimen” sufrido. Ese no parece el resultado de un ataque con pretensión demoledora.

Los voceros del Pentágono y de la Casa Blanca que negaron contactos previos para avisar a Rusia de la acción en marcha mintieron. Poco después de esas falsas afirmaciones, trascendió que Emmanuel Macron había hablado con Vladimir Putin para anunciarle el plan en marcha. Seguramente hubo también avisos estadounidenses. Moscú debía saber cuáles serían los blancos atacados, para que no hubiera rusos en ellos. Y si Moscú sabía cuándo y dónde, lo informó de inmediato al régimen sirio. Por eso no hubo muertos, ni sirios ni rusos, en los tres sitios devastados.

Las impredecibles consecuencias de un ataque que verdaderamente tuviera por objetivo castigar al régimen de Bachar al Asad y sus aliados parecen haber persuadido a los atacantes de que, al menos por el momento, es preferible escenificar una acción militar con más valor simbólico que real.

De todos modos, no es un acontecimiento menor. El ataque norteamericano, británico y francés equivalió a golpear la mesa para recordar a Rusia que las potencias de Occidente tienen algo que decir sobre la posguerra en Siria.

Para que el mensaje sea escuchado, había que mostrar nuevos armamentos, como los misiles norteamericanos JASSM, además de refrescar la memoria sobre el poder de los Storm Shadow lanzados desde los Tornado británicos, o el poderío del B-1. Estas naves supersónicas estadounidenses, más que realizar ataques, se exhibieron en la atribulada madrugada siria. La demostración de fuerza tuvo por objetivo sentarse a la mesa que diseñará el futuro del país arrasado por la guerra civil.

 

Los tres objetivos

Los tres objetivos

Rusia se había adueñado de la escena, porque su intervención salvó al régimen alawita de la derrota. De ese modo, Rusia no sólo conservará su base naval en Tartus, concedida a la ex Unión Soviética en los ’70. También amplió su presencia en el tablero geoestratégico de Oriente Medio. Pero como el aporte militar iraní no fue menor, también la teocracia persa estará en la mesa que diagramará el poder posguerra.

Como Recep Erdogan, en uno de sus acostumbrados giros copernicanos, depuso su obsesión por la caída de Asad; y como los enemigos a los que quiere borrar del mapa, los milicianos kurdos del nordeste sirio, son protegidos de Washington, a Turquía se le concedió también un lugar en la mesa que preside Rusia. Las que no tenían sillas en esa mesa eran las potencias de Occidente que actuaron contra Isis y apoyaron milicias sirias rebeldes.

El desafío para las potencias noroccidentales parecía imposible: ofender a Putin sin que este reaccionara con verdaderas represalias. En definitiva, casi no hay antecedentes de choques directos entre Estados Unidos y Rusia. Para encontrar uno hay que remontarse a 1960, cuando los soviéticos derribaron un avión espía U-2 que sobrevoló Kazajstán y los Urales fotografiando bases militares. Eisenhower y Jrushev supieron reconducir la situación para evitar una escalada incontrolable.

Dos años después, la “crisis de los misiles” puso a las dos superpotencias de nuevo en la cornisa, pero Jrushev, esta vez con John Kennedy, logró evitar la escalada.

En la era postsoviética, los dos más graves picos de tensión fueron en los ’90, cuando la Otan atacó a las milicias serbias en Bosnia y luego en Kosovo. El presidente ruso Boris Yeltsin había amenazado con la intervención rusa, pero eso no ocurrió. La diferencia entre aquella Yugoslavia y esta Siria es que en los Balcanes no había fuerzas rusas. En el país árabe las hay, son protagónicas y su jefe no es el titubeante Yeltsin, sino el implacable Vladimir Putin.

Para los gobiernos de las potencias, lanzar duras advertencias y después no actuar en consecuencia equivale a mostrarse humillados y débiles. El presidente ruso tiene que responder de algún modo. Más aún después del comunicado de Anatoly Antonov, su embajador en Washington, diciendo que Putin fue insultado y que habrá consecuencias.

Moscú está obligado a responder. Y es posible que esa respuesta, igual que el ataque noroccidental, también tenga más de simulación que de realidad.

Cumbre de Lima: Apoyo a los ataques

Los jefes de Estado también pidieron evitar una escalada.

Jefes de Estado reunidos en la Cumbre de las Américas de Lima apoyaron, directa o indirectamente, los bombardeos lanzados en Siria por Estados Unidos, aunque llamaron a evitar una escalada.

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Merodeando abismos

Cuando se esperaba un choque entre potencias regionales, sobre Siria comenzó a sobrevolar el peligro de un choque aún mayor: una confrontación directa entre Rusia y Estados Unidos.

El duelo que amenaza adueñarse del escenario que devastó la guerra civil, tendría en una trinchera a Irán, el ejército de Bashar al Asad y la milicia libanesa Hizbolá, mientras que a la otra trinchera la ocuparían Israel, Arabia Saudita y probablemente Egipto. Pero momentáneamente, esa peligrosa derivación del conflicto sirio ha sido desplazada por el riesgo que representa un choque directo entre Estados Unidos y Rusia.

A pesar de haber sido archienemigas durante más de medio siglo, casi no hay antecedentes de un choque de ese tipo entre rusos y norteamericanos. Es necesario remontarse a 1960, para encontrar un ejemplo aislado en el derribo de un avión U-2 que sobrevolaba Kazajstán, fotografiando instalaciones militares soviéticas. El pico de tensión que provocó el abatimiento de la nave y la captura del piloto, Francis Power, hizo temer una escalada de consecuencias impredecibles. Pero Khrushev y Eisenhower lograron reconducir la situación hacia la calma que imponía la doctrina de la Destrucción Mutua Asegurada.

La “crisis de los misiles” ocurrida dos años más tarde, no llegó al choque directo. Los siguientes riesgos se dieron en la era pos-soviética. Primero, con la intervención de la OTAN en Bosnia Herzegovina. El entonces presidente ruso, Boris Yeltsin, amenazó con una intervención directa de Rusia contra la Alianza Atlántica en los Balcanes, pero luego de los bombardeos que diezmaron a las milicias que respondían al régimen pro-ruso de Milosevic, aquel jefe del Krem- lin no cumplió con su advertencia.

La misma situación se repitió posteriormente en Kosovo, donde la interven- ción de la OTAN terminó ocasionando la caída de Milosevic y la descomposición de lo que quedaba de Yugoslavia.

El año pasado, cuando Washington disparó 59 Tomahawk devastando la base siria de Shairat, había acordado previamente con Moscú que no habría fuerzas rusas en el blanco. Por lo tanto, no existió el riesgo de una confrontación directa. Pero en esta ocasión, la advertencia de Vladimir Putin de que puede haber efectivos rusos en los blancos que ataque Estados Unidos y que, por tanto, interceptaría en pleno vuelo los misiles, a lo que Trump respondió con una amenaza desopilante y reveladora de sus desequilibrios, elevó peligrosamente la posibilidad de un choque entre las dos potencias.

¿Podrán Putin y Trump, como Khrushev y Eisen-hower en 1960, reconducir este pico de tensión para alejarlo del borde del abismo?

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La gran simulación de otra “Guerra Fría”

Lo que intenta ocultar la crisis diplomática entre Rusia y las potencias de Occidente.

Extraña paradoja: la crisis es real y, al mismo tiempo, una gran simulación. La cantidad de diplomáticos expulsados de uno y otro lado, sumado a la cantidad de países involucrados, confiere una magnitud descomunal a la tensión entre Rusia y las potencias de Occidente. Sin embargo, la crisis tiene pliegues que revelan sugestivas sobreactuaciones.

La reacción de Estados Unidos es sobreactuada. No parece razonable que haya expulsado el doble de funcionarios rusos de los que expulsó Gran Bretaña, el país donde ocurrió el hecho que detonó la crisis: el envenenamiento de Serguey Skripal.

Por otro lado, si de verdad se quiere golpear al gobierno ruso porque se lo considera autor de un crimen gravísimo, las sanciones serían económicas, o se aplicarían boicots que duelan verdaderamente. Como en 1980, cuando Washington impulsó el boicot a los Juegos Olímpicos que se disputaban en la URSS como castigo por la invasión soviética de Afganistán. O en el 2014, cuando el Consejo Europeo impuso duras sanciones económicas por la anexión de Crimea. Al lado de ese tipo de acciones, las sanciones diplomáticas son castigos tenues, porque se pueden revertir velozmente sin que dejen daños como los que provocan las sanciones económicas.

Si las potencias occidentales de verdad quisieran golpear duro al gobierno ruso por ser un criminal serial, entonces tendrían la pelota picando en la puerta del arco. Y esta imagen es más real que metafórica, debido al mundial de fútbol con que Putin se apresta a colocar su país en el escenario donde convergerá la mirada global. Gran Bretaña no ha sido convincente en su denuncia de que a Skripal lo envenenaron por orden de Putin. El informe de seis páginas en el que fundamenta tal certeza, no tiene pruebas sólidas. Leer más

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Falsificando a Lula

El caso Lula prueba que la mirada politizada deforma la realidad para adecuarla a la convicción o a la conveniencia propia.

Las izquierdas populistas y las derechas recalcitrantes coinciden en describir un Lula que no se parece al verdadero ni al que describían la intelectualidad izquierdista y el empresariado liberal cuando era el presidente.

Las izquierdas criticaban al Lula presidente y ahora aman al Lula encarcelado, describiéndolo al revés de cómo lo describían al concluir su segunda presidencia. Del mismo modo, los empresarios que elogiaban al Lula presidente (por entonces también elogiado por el FMI y por las potencias de Occidente) ahora aborrecen al Lula encarcelado y lo describen al revés de cómo describían al líder metalúrgico que completaba dos mandatos.

El intelectual de izquierda Atilio Borón calificaba los gobiernos de Lula como “posibilismo conservador” y otro intelectual de izquierda, el politólogo europeo especializado en Chile y en movimientos contestatarios latinoamericanos, Franck Gaudichaud, analizaba sus dos mandatos llegando a la conclusión de que Lula había “renegado de los ideales del PT para poner la estabilidad macroeconómica y los intereses del capital muy por encima”.

Por esos mismos gobiernos, el empresariado brasileño y la elite liberal de Occidente lo felicitaban por su pragmatismo, tan exitoso para fortalecer la inversión privada como para generar una vigorosa movilidad social ascendente, que elevó millones de pobres a la clase media. El verdadero Lula no se parece al que están describiendo ahora izquierdas y derechas igualmente ideologizadas. Tampoco se parece al que él mismo está describiendo, en la victimización que le impone la circunstancia.

Izquierdistas, populistas y derechistas recalcitrantes coinciden en describir un Lula radicalizado que nunca existió, pero que quizá empiece a existir ahora, forzado por las circunstancias. Gobernando, Lula fue un Felipe González brasileño, cuyo pragmatismo inteligente lo hizo tener al liberal Antonio Palocci en el Ministerio de Hacienda y al también liberal Henrique Meirelles al frente del Banco Central. Así como “Felipillo” consolidó el capitalismo español al mismo tiempo que generó desarrollo con equilibrio social, Lula sacó de la pobreza a decenas de millones de brasileños, sin perjudicar a la empresa privada ni perseguir a críticos y opositores como hacen siempre los populismos y los liderazgos ideológicos. Se lo puede cuestionar, pero no se puede reinventar lo que ocurrió en la realidad.

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La colonización de la historia

Más desoladora que la orfandad del 2 de abril es la colonización del 24 de marzo, sin que nadie salga al cruce de los usurpadores.

Una conmemoración queda huérfana, mientras que otra es apropiada por colonizadores políticos. La recordación de Malvinas está a la sombra de la encrucijada que plantea en la memoria nacional. Más allá del heroísmo de soldados y de oficiales, y más allá del valiente profesionalismo de los pilotos, el 2 de abril evoca el temerario aventurerismo de un dictador incompetente y su régimen criminal.

Más allá de los derechos argentinos y de una ocupación británica que ni siquiera se encargó de poblar las islas, la operación ordenada por Leopoldo Galtieri fue un crimen más de la dictadura contra la sociedad, empezando por los soldados y los oficiales que murieron en el archipiélago.

Pero la peor encrucijada para la memoria está en el hecho de que la derrota fue mejor que una improbable victoria, porque de haber conseguido algo que se pareciese a un triunfo, se habría prolongado la dictadura que, además de exterminar personas, exterminó la economía de producción. Leer más

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Caso Facebook: De ciudadanos a usuarios

El escándalo de la red social confirma la nueva era en la historia de la manipulación.

El ágora de este tiempo está en las redes sociales. El escándalo por las filtraciones de la red social Facebook revela que, en las democracias occidentales del siglo XXI, el “ciudadano” está dando paso al “usuario”.

En esta nueva era, la política ya no se piensa en términos de burguesía, campesinado o proletariado. Tampoco en términos ideológicos. La política se piensa en términos de usuarios. La mayoría de los usuarios habita en aldeas con identificación tribal. La política consiste, cada vez más, en identificar esas tribus y, dentro de ellas, identificar a cada miembro, o sea a cada usuario. Una vez identificado, se puede compaginar la “psicografía” que permita elaborar propaganda política hecha a la medida de sus gustos, sus filias y sus fobias.

En las redes sociales, la personalidad de cada usuario se exhibe como en un reality show. Además de sus semejantes y de legiones de curiosos, que también son usuarios, hay observadores expertos en manipulación psicológica. Ellos hacen de cada aldea tribal, el coto de caza de los rasgos que permitirán el diseño psicográfico para calibrar la propaganda personalizada.

Ese nivel de manipulación ya era conocido por algunos y fácil de suponer para la mayoría. Pero la filtración masiva de datos personales extraídos de Facebook y utilizados para la manipulación propagandística en favor de Donald Trump, se ha convertido en el aviso más claro y elocuente del rasgo de este tiempo. La muestra más oscura de lo que implica el paso de ciudadano a usuario, que también es el paso del habitante de un país y miembro de un determinado círculo social, a habitante de una aldea en la web y miembro de una tribu. Leer más

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Saltando en la cornisa

Aplicando la disyuntiva de Max Weber, los magistrados podían actuar desde la “ética de la convicción” o desde la “ética de la responsabilidad”.

En el primer caso, apegados al Derecho, le correspondía decidir, sin que importen las consecuencias sociales y políticas, entre el principio constitucional de la libertad hasta que se hayan agotado todos los recursos que presente el condenado, y el fallo según el cual corresponde la prisión sin dilaciones después de una condena en segunda instancia.

En el caso de decidir desde la “ética de la responsabilidad”, correspondía dar lugar al pedido de habeas corpus presentado por Lula. Esa opción no implicaba impunidad (la cantidad de causas y el peso de algunos fallos muestran la prisión como un destino inexorable), sino simplemente un respiro más en una situación política asfixiante.

El nivel de tensión es tan alto, que por momentos Brasil parece caminar al borde de una guerra civil. Colaboran a ese clima explosivo la popularidad del expresidente y la situación del presidente actual.

La atmósfera no estaría tan cargada si Michel Temer hubiese sido destituido de la presidencia y sentado en el banquillo de los acusados, como ha intentado hacerlo dos veces, sin éxito, la Justicia del Brasil.

Que Temer siga en el cargo no se debe a inacción judicial, sino al blindaje legislativo con que lo sostiene una mayoría de legisladores entre los que abunda el temor a ser juzgados en el marco del Lava Jato.

Si en lugar de permanecer en un cargo que parece ocupar a modo de guarida, Temer estuviera destituido como Dilma Rousseff y ante los jueces que investigan corrupción, como Lula, entonces el clima social y político de Brasil no sería tan agobiante. Y agravando el momento, el alto mando militar emitió pronunciamientos que recuerdan la antesala del golpe de 1964.

El tuit del jefe del ejército, general Villas Boas, diciendo que los militares comparten el “repudio a la impunidad” es, en el mejor de los casos, irresponsable, y en el peor, golpista.

Sacude la institucionalidad que el jefe del ejército se pronuncie de un modo institucionalmente desubicado. También que varios generales se hagan eco con pronunciamientos aún más oscuros. El momento no podía ser peor para el despiste de los militares.

Con manifestantes a favor y en contra de Lula, con un clima social enrarecido, con un presidente sospechado y protegido por una legislatura desprestigiada, no parecen darse las condiciones para que sea encarcelado un expresidente aún muy popular, en la antesala de unos comicios que lo tienen como favorito en las encuestas.

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La realidad oscura que se sentó a la mesa de Mirtha

El periodista Carlos Pagni denunció una operación de los servicios de inteligencia en la mesa de Mirtha con Natacha Jaitt | Imagen: Diario Popular.

Si el debate en los medios gira sobre la calidad ética de Mirtha Legrand y la verosimilitud de Natacha Jaitt, entonces sirve muy poco el debate en los medios. Los autores materiales de una deflagración no son más importantes que la autoría intelectual. O sea, el que organizó y financió el ataque a la imagen pública de un puñado de personas.

Sabiendo donde estuvo la organización y financiación del trabajo sucio que perpetraron una mediática y una veterana estrella de la televisión, se podrá dilucidar lo más importante de todo: con qué objetivo se llevó a cabo esa operación.

La primera impresión es que se trata de un trabajo de aparatos de inteligencia. De ser así, faltaría saber si es mano de obra ocupada o mano de obra desocupada.

El gobierno que preside Mauricio Macri debiera ser el más interesado en desentrañar este caso, para corroborar o descartar que, detrás de los ejecutores de esta operación, estén agentes de inteligencia del Estado.

Ocurre que la mayoría de los personajes alcanzados por el ataque mediático son figuras de los medios que entran en el sector que el ultramacrismo llama despectivamente “Corea del centro”.

O sea, referentes que fueron duramente críticos de los gobiernos kirchneristas, pero no resultan complacientes con la actual administración. Por el contrario, “Corea del centro” cuestiona de Macri y de sus ministros todo lo que considera que debe ser cuestionado

Y está claro que al Gobierno y al macrismo les molestan más los cuestionamientos de quienes fueron duros críticos del kirchnerismo, que los que provienen del “periodismo militante” que integraba el aparato de culto personalista de Cristina Kirchner.

Los ataques del “periodismo militante” no debilitan ni afectan en absoluto al Gobierno. Por contrapartida, las críticas de quienes fueron aguerridos cuestionadores de Cristina Kirchner son más atendibles.

Por eso es importante que quede en claro quién organizó y financió el ataque a “Corea del Centro”, que se realizó desde un programa de alto rating y línea editorial afín al macrismo.

Los aparatos de inteligencia tienen el instinto de buscar el poder. La información que manejan y la facilidad para las acciones encubiertas y secretas, les confieren un gran poder.

Mientras vivió y manejó a sus anchas el FBI, Edgar Hoover acumuló información confidencial sobre todo el establishment político, periodístico y empresarial de los Estados Unidos, con más poder que el que tuvieron los presidentes que ocuparon la Casa Blanca.

A Hoover no le interesaba el Despacho Oval, porque en el suyo tenía más poder. Por contrapartida, Vladímir Putin es el caso del agente de inteligencia que se vale de su poder oculto para escalar hacia el poder político, y hasta la cima: la presidencia de Rusia.

Putin le cuidó las espaldas a Boris Yeltsin y, como premio a ese favor que pudo brindar por la información comprometedora que poseía sobre varios jueces y camaristas a los que podía presionar, recibió nada menos que la presidencia de Rusia.

En la Argentina, casos como la filtración de conversaciones privadas de Cristina Kirchner y la bomba sucia que estalló en el programa de Mirtha Legrand, justifican plantear dos hipótesis: o bien el Gobierno se vale de agentes de inteligencia para atacar a los autores de las críticas que más le duelen; o bien, hay agentes de inteligencia que hacen por su cuenta ese trabajo sucio, con la intención de ganar gravitación sobre el Gobierno.

En los dos casos, el objetivo de los agentes de inteligencia es el mismo: poner el poder político bajo su oscuro y viscoso poder.

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