Quemando ataúdes

En Argentina, lo que debiera ser centroizquierda sólo se acuerda del Estado de derecho cuando debe lidiar con causas judiciales.

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Cumbre del G-20: ¿Argentina en la mira del terrorismo global?

Una sensación de escalofrío recorrió a la Argentina al conocerse un comunicado del Foreing Office, que alertó a los ciudadanos británicos sobre la posibilidad de atentados en el país que será escenario de la cumbre del G-20. Sin embargo, una extraña ambigüedad caracteriza a la nota de alerta. Repasemos de qué se trata y la importancia del G-20.

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Angela Merkel entre los demonios

La notable canciller alemana anuncia su alejamiento de la política, en un tiempo plagado de extremismo y demagogia.

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El inesperado salto de Moro

En política, hay casos en los que, más que la falta de transparencia, sorprende la negligencia. Sucede cuando se trata de personas que han mostrado mucha capacidad en procesos tan grandes como complejos, pero de repente toman decisiones que ponen bajo sospecha lo realizado.

Para Sergio Moro, la prioridad debiera ser el Lava Jato. Ese vigor depende de su transparencia. Quienes llevan adelante la ofensiva judicial contra la corrupción en Brasil, no deben generar ningún tipo de sospecha sobre el proceso.

Aceptando un cargo político, el juez de Curitiba hizo lo contrario. Inevitablemente, su rápida aceptación de convertirse en ministro de Jair Bolsonaro resta claridad a la ofensiva contra la corrupción. Leer más

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El asesinato de Jamal Khashoggi: Trump socio de la barbarie

La ambigüedad del presidente de Estados Unidos frente al salvaje crimen de un disidente saudita en un consulado salpicó de sangre a la Casa Blanca.

Socios y aliados. Donald Trump flanqueado por el rey saudí Salman bin Abdulaziz. Su hijo sería el autor intelectual del crimen. Foto: DPA
El corazón de Trump es verde como el dólar y como la bandera de Arabia Saudita. Aquellas ganancias descomunales en los negocios personales, sumadas a los 110 mil millones de dólares en armamentos que Riad acordó comprar a Estados Unidos, más la funcionalidad geoestratégica del príncipe heredero al juego de Washington en el tablero del Oriente Medio, bloquearon el razonamiento de Trump a la hora de reaccionar por el asesinato cometido en un consulado saudita.

En su cabeza, la Razón de Estado se mezcló con las propias. Por eso tardó en rechazar la insostenible primer versión de Riad sobre lo ocurrido: Jamal Khashoggi se retiró, vivo y entero, de la sede diplomática, afirmó el reino. Finalmente, se percató de que su complicidad con semejante asesinato necesitaba de un esfuerzo mayor de los responsables y les hizo decir que lo ayuden a ayudarlos. Eso fue a plantear Mike Pompeo al mismísimo palacio real de Riad. El secretario de Estado los convenció de que no podían sostener lo insostenible. Era imprescindible que aceptaran la muerte en el consulado y que buscaran chivos expiatorios para deslindar responsabilidades. No fue fácil convencerlos ni siquiera de tan poco.

Al principio, aceptaron reconocer la muerte dentro del consulado pero culpando a Qatar, el pequeño Estado al que Mohamad Bin Salman mantiene totalmente bloqueado. Finalmente, la Fiscalía Saudita publicó una admisión nebulosa y llena de vacíos. De este modo, Washington fue alcanzado por uno de los crímenes políticos más salvajes y torpes que se hayan cometido. El rey y el príncipe sacrifican chivos expiatorios en el altar de la buena relación con Occidente. Pero sólo Trump está dispuesto a simular que cree que los asesinos actuaron por su cuenta.

Nada menos que Ahmad al Asiri, número dos del Istakhbarat; Maher Mutreb, poderoso coronel de ese oscuro aparato de inteligencia, y Saud al Qahtani, principal consejero de la casa real y del príncipe heredero, comandando un escuadrón de agentes que viajó a Estambul a capturar o matar a Khashoggi, jamás pueden haber actuado a espaldas de los dueños del poder. Y los únicos dueños del poder son el rey Salman bin Abdulaziz al Saud y su hijo Mohamed.
Hasta el ultraconservador Ted Cruz dejó en claro que no hay forma de dejar impune este crimen sin manchar de sangre la bandera de las barras. También los gobiernos británico, alemán y francés exigieron a Arabia Saudita respuestas serias.

KHASHOGGI. Era miembro de una familia poderosa, cuyo giro a la democracia se mostraba en sus columnas en The Washington Post. Foto: DPA
Pruebas. La Casa Blanca sabe que Turquía tiene las pruebas del asesinato y que no puede mostrarlas sin mostrar, al mismo tiempo, que había sembrado micrófonos en el consulado saudí. Lo increíble del caso Khashoggi no es que el reino del desierto cometa un crimen político. De una monarquía absolutista y teocrática no deben sorprender actos de ese tipo. Lo que sorprende es la impudicia con que actuó. La víctima era un disidente notable, miembro de una familia poderosa, cuyo giro a la democracia liberal se mostraba nada menos que en sus columnas en The Washington Post. Estaba radicado en Estados Unidos; organizaba campañas para denunciar violaciones de Derechos Humanos en el reino y crímenes de guerra en Yemén. Tenía particular inquina con el príncipe que detenta y ostenta el poder. Con todo eso, si se atrevió a ir al consulado es porque estaba seguro de que jamás podrían matarlo en una sede diplomática. Después de la embajada en Ankara, la capital, la sede más importante es el consulado en Estambul, la principal ciudad turca. Además, por la guerra en Siria, donde turcos y sauditas quedaron en veredas opuestas, el gobierno de Erdogán está enfrentado a Riad.

Ese régimen podía eliminarlo de mil modos, pero optó por la vía de mayor riesgo: emboscarlo en un consulado situado en territorio enemigo. El príncipe ya había desafiado exitosamente al estupor mundial varias veces. Con decenas de países y organismos de Derechos Humanos exigiéndole que no fusile a Nimr Baker al Nimr, lo mismo ejecutó al clérigo más influyente de la comunidad chiita saudí. Después involucró al reino en el conflicto yemení, bombardeando poblaciones para masacrar a los hutíes que luchan contra los aliados de Riad.

En el medio, arrestó al primer ministro libanés Saad Hariri cuando viajó a Arabia Saudita para realizar consultas. Estos hechos y el salvaje crimen en el consulado sólo parecen explicarse por la embriaguez de impunidad de un joven que nació y creció en el poder absoluto, y pasó a controlarlo antes de desarrollar algún tipo de pudor o inteligencia práctica que lo contenga.

Enriqueciendo a Donald Trump cuando aún era sólo un empresario, cautivando al yerno de este con masivas compras de armamentos, y conteniendo la proyección iraní en Oriente Medio (colaborando con Israel en la inteligencia), Mohamed bin Salmán sencillamente llegó a convencerse de que cualquier crimen le era posible sin tener que dar cuentas a nadie.

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La moneda conservadora

En el mismo puñado de días en que Latinoamérica tuvo como protagonista a Jair Bolsonaro, en Alemania Angela Merkel le ponía fecha al final de su carrera política. En el 2021, al concluir su actual mandato, dejará el gobierno y el liderazgo partidario.

Merkel y Bolsonaro son las dos caras contrapuestas del conservadurismo. La prueba más clara de que nada hay en común entre derecha y ultraderecha; la medida de la oceánica diferencia entre ser conservador y ser ultraconservador.

La mujer que creció en la Alemania comunista y se destacó como científica en el campo de la Física, se sumó al partido de Adenauer ni bien cayó el Muro y su capacidad deslumbró a Helmut Kohl.

Cuando la sombra de la corrupción oscureció la imagen del “canciller de la reunificación”, el camino hacia el poder se abrió para la Física que había obtenido un doctorado en Química Cuántica con una tesis deslumbrante, y que conservó el apellido de su primer marido, el Físico Ulrich Merkel, aun después de casarse con su segundo marido, el Químico Joachim Sauer.

Desde que se convirtió en canciller, la imagen mundial de Merkel creció hasta ser un paradigma del gran estadista. Sin embargo, en sus gobiernos predominó la Gran Coalición, como los alemanes llaman a los cogobiernos entre conservadores y socialistas; excepcionalidad cuyo primer caso fue el gobierno que encabezaron Kurt Kiesinger y Willy Brandt entre 1966 y 1969. Aquella vez los dos grandes partidos decidieron afrontar juntos una serie de duras pero necesarias reformas económicas.

La razón de los últimos cogobiernos de conservadores y socialdemócratas tiene que ver con el ascenso de fuerzas radicales. Die Linke creció en la izquierda dura mientras Alternativa por Alemania se erigía como una vigorosa extrema derecha.

Merkel pudo haber optado, como los conservadores austriacos, por una coalición que incluyera a la ultraderecha para no tener que aliarse con la centroizquierda. Pero eligió lo inverso. Formó gobierno con los socialdemócratas para no tener que hacerlo con la ultraderecha.

La razón es medular: la centroizquierda defiende la sociedad abierta, diversa y plural del Estado de Derecho. Mientras que los ultraconservadores colocan la nación por sobre la república, la mayoría por sobre las minorías y el poder de un líder por sobre las instituciones.

Merkel entiende que los fundamentos de la sociedad que defiende su conservadurismo, tienen por aliados a los socialdemócratas y por enemigos a los extremos de la izquierda y la derecha.

Por todo lo que hizo y dijo, Merkel es la contracara de Bolsonaro. Si bien en la presidencia puede cambiar, quienes hoy quieren ver en Bolsonaro grandezas que jamás mostró son el equivalente en esa vereda de lo que los defensores de Maduro son en la vereda opuesta.

Así como cambió su posición económica (siempre había apoyado la visión, más desarrollista que libremercadista, del régimen militar), también es posible que cambie en lo político.

Además del desarrollo que podría traer al Brasil, virar hacia una economía abierta siguiendo el modelo chileno podría poner bajo control los instintos autoritarios y violentos de Bolsonaro.

Será así si desecha gobernar como Pinochet, para imitar el modelo que encarna Sebastián Piñera; un centroderechista prestigioso y claramente democrático como su máxima referente: la imponente Angela Dorothea Merkel.

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Mezquindad y negligencia

Cuando la esposa de Fernando Haddad levantó la remera de “La Cámpora” en el acto que encabezaba su marido, mostró la obtusa negligencia que forma parte de la explicación de por qué pudo ganar en Brasil el portador de un discurso aberrante.

Anna Estela y el kirchnerista argentino que le alcanzó esa camiseta con el nombre de una agrupación de ideología sectaria y antidemocrática, ingresaron a la historia universal de la estupidez por hacer algo que sólo podía sumarle al candidato ultraderechista.

Es obvio que ningún brasileño con consciencia del peligro que implica Bolsonaro, decidiría apoyar a Haddad porque su esposa reveló que simpatiza con Cristina de Kirchner y su fanática agrupación juvenil.

En cambio, muchos moderados que desprecian al PT pero entienden el grave peligro de convertir en presidente al portador de un discurso cargado de odio y violencia, pueden haber visto en ese gesto una gota más en el vaso que se derramaría sobre la abstinencia y el voto en blanco.

En la dramática campaña electoral brasileña, lo que no sumó, restó en el terreno del voto para no dejar la democracia al borde del abismo.

Todas las fuerzas que, aún siendo parte de una partidocracia mediocre y corrompida, representaban el mal menor ante la alternativa ofrecida por un candidato con incontinencia barbárica, especularon de manera irresponsable con la lógica del voto desesperado. O sea, la apuesta a que, quien pasara a la segunda vuelta, sea el candidato que fuere, vencería a Bolsonaro porque se impondría el voto en defensa propia.

Un discurso que promete alentar desde la presidencia la violencia política, racial y social como el de Bolsonaro, imponía gestos de grandeza que los demás candidatos no tuvieron. El principal acto de grandeza implicaba unir fuerzas en un frente de salvación democrática que bajara las banderas partidarias y postulara la defensa de la división de poderes, las libertades públicas y la Constitución.

La mezquindad y la mediocridad vencieron a la estatura histórica, allanando el camino al crecimiento de Bolsonaro en la primera ronda. En el triunfo ultraderechista que lo dejó a milímetros del Planalto, hubo un aporte de Lula. En lugar de priorizar una alianza democrática contra el discurso antidemocrático, racista y violento, postuló a un académico rechazado por el ala sindical de su partido y, como si fuera poco, le puso como candidata a vice a la titular del Partido Comunista.

Las usinas de Bolsonaro no habrán podido creer que el líder del PT les facilitara tanto las cosas. En la cárcel, Lula tomó las decisiones que no podían sino espantar clase media y ahuyentar moderados.

Debió corregir el error en la campaña del ballotage. ¿Cómo? Dejando claro (muy pero muy claro) que la prioridad era conjurar el riesgo de llevar Brasil hacia un extremismo que podría generar violencia política desenfrenada. Y dejando muy pero muy en claro que, de imponerse en la segunda vuelta, Haddad gobernaría con los demás partidos democráticos, sin obstaculizar el Lava Jato y sin caer en las tentaciones hegemónicas en las que cayó el PT generando el rechazo que fortaleció a Bolsonaro.

Por negligencia y falta de estatura histórica, ni Lula ni su candidato hicieron lo que debían hacer. Tampoco hubo grandeza en otros exponentes del campo democrático. Incluido Fernando Henrique Cardoso, quien siendo el mayor estadista y el más lúcido intelectual de la política brasileña, se limitó a balbucear que la sensatez en la segunda vuelta estaba en el voto por Haddad.

Eso que dijo era demasiado cierto como para decirlo en voz tan baja.

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Tiempos violentos

Cristina mantiene un discurso sobreideologizado. Y Macri lo enfrenta con un discurso vaporoso y superfluo.

Este es un tiempo de “tibios vomitados por Dios”. La Norteamérica de Donald Trump muestra que la violencia que irradia el discurso se vuelve acción violenta en la sociedad. También lo empieza a evidenciar el Brasil del fenómeno Jair Bolsonaro.

Reduciendo a una simplificación algunas claves de su filosofía política, Edmund Burke explicó que “lo único necesario para el triunfo del mal es que los buenos no hagan nada”. A veces, el maniqueísmo puede ser un antídoto eficaz contra el maniqueísmo.

Quizá no había “buenos” en la elección que empoderó a Trump ni en el proceso electoral brasileño. Pero seguramente había “menos peores”. El problema es que este tiempo favorece a “los peores”. El discurso irresponsable y violento vence a la palabra equilibrada.

En el caso de Argentina, esa palabra fue eclipsada por el discurso insustancial del macrismo y por el discurso ideologizado del kirchnerismo. Ambos, hasta aquí, han resultado mutuamente funcionales. Pero el éxito de Bolsonaro con un mensaje violento está excitando a varios que creen vislumbrar el camino electoral hacia la presidencia. Personajes grotescos convencidos de que la fórmula contra el abolicionismo delirante es la mano dura libre de ataduras legales empiezan a brotar y convocan como compañeros de fórmula a otros portadores de mensajes violentos.
También comienzan a hacer cálculos electorales economistas de análisis lúcido pero con retórica de altísima agresividad.

En los mercados electorales, lo que cotiza es la violencia verbal. Descalificar rinde dividendos políticos. Insultar rinde aun más. Si tanto la televisión pasatista como la periodística amasan rating poniendo gente a pelearse a gritos, ¿por qué no amasar votos insultando y descalificando?

La violencia verbal y la ideológica son redituables hoy. John Carlin habla de “calentamiento político global”. El proceso que describe el escritor londinense está calcinando valores como tolerancia, pluralismo y diversidad. Las urnas quedan a la sombra de energúmenos que, con gestos y con palabras, irradian desprecio por “el otro”.

Excitados por fenómenos como Bolsonaro y Trump, hacen cálculos electorales los impresentables y los portadores de discursos violentos, porque los vientos globales soplan en ese sentido y porque el juego de mutua funcionalidad entre macrismo y kirchnerismo puede no ser, como creen muchos, la compuerta que les cierre el paso, sino la grieta por donde ingrese la opción antisistema.

Lo que está claro es que Mauricio Macri fracasó en su política económica y da un volantazo de dudoso resultado en la recta final de su mandato, mientras Cristina Fernández, además de corrupción a gran escala, representa una insustentable distribución de renta (no de riqueza) que al bajar la marea de la soja prolongó su agonía pagando con descapitalización.

Como puede deducirse de un interesante análisis de Jorge Fontevecchia, el fracaso de Macri puede medirse en el endeudamiento que contrajo porque nunca llegaron las inversiones que había anunciado; deuda que, además, no sirvió para reducir el déficit, la inflación y la pobreza. A su vez, la falacia económica del kirchnerismo puede medirse en la descapitalización que produjo, por caso, en la extracción y distribución de hidrocarburos cuando ya no hubo una renta excedentaria extraordinaria para distribuir.

A eso se suma la pobreza discursiva de ambos. Cristina mantiene un discurso sobreideologizado que parece inspirado en viejos manuales de adoctrinamiento. Y Macri lo enfrenta con un discurso vaporoso y superfluo, que parece inspirado en libros de autoayuda. En eso acertó Graciela Camaño.

La violencia fuera y dentro del Congreso tiene que ver con el recargado discurso kirchnerista y, posiblemente, con necesidades incendiarias de Cristina. Pero también con las pavorosas incapacidades y las insoportables levedades del gobierno de Macri.

Aporta a esta violencia la Iglesia Católica lavando con agua bendita las manchas de corrupción en personajes turbios como Hugo Moyano y su hijo Pablo; sindicalistas de altísima agresividad que también creen ver una puerta entreabierta para llegar al poder y ya cuentan con el apoyo de iglesias evangélicas (el líder camionero es evangélico), que ahora buscan reforzar con la bendición del Papa.

Muchos tomaron con humor la desopilante ceremonia en la que Gildo Insfrán se hizo bendecir por pastores exaltados que clamaban a Dios que siguiera dando “el poder” al gobernador formoseño. El ultra-conservadurismo religioso latinoamericano, que tiene a grupos católicos y a iglesias evangélicas como cabeza de lanza, es retrógrado y oscuro, pero hay que tomarlo en serio.

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Palabras y acciones

Los impulsores del terrorismo por correo son científicos locos. Con el seudónimo Unabomber, el matemático Theodore Kaczynski envió cartas-bomba que hacía en una cabaña solitaria de Montana.

Desde una posición anarcoprimitivista le había declarado la guerra al avance tecnológico. Después, por razones aún más confusas, el microbiólogo Edward Ivins envió cartas con ántrax.

Quienes ahora mandaron los paquetes-bomba no son científicos locos. La posible perturbación mental que los motiva sería diferente, porque los destinatarios de sus envíos tienen identidad política definida.

Barak Obama y Hillary Clinton son las máximas figuras de la oposición. Y CNN es la cadena a la que Donald Trump ataca permanentemente.

Los otros destinatarios de las bombas fueron John Brennan, jefe de la CIA en la administración Obama, y Erick Holder, fiscal general del mismo gobierno.

La policía secreta atajó también una encomienda explosiva para George Soros, uno de los principales aportantes de la campaña demócrata para los comicios legislativos de noviembre.

El mensaje de muerte a Soros estuvo precedido por una ola de ataques en las redes sociales, acusándolo de financiar la caravana que marcha desde Honduras.

En las cercanías del presidente temen que el caudaloso río humano tenga un efecto negativo, como “la crisis de los marielitos”; aquella ola de balseros cubanos que en 1980 desestabilizó al gobierno de Carter.

Por eso, mientras el vicepresidente Pence acusaba al chavismo de financiar la caravana para perjudicar a Trump, los voceros más exasperados del magnate acusaron a los demócratas, a la CNN y a Soros de estar detrás del río humano que avanza hacia Estados Unidos.

Esto no implica que Trump o el Partido Republicano estén detrás de la ola de acciones criminales. Lo que parece indudable es que, si desde la máxima autoridad del país se irradia constantemente un mensaje cargado de odio a opositores, a críticos y a grandes medios de comunicación, es normal que las mentes exaltadas y los espíritus violentos se sientan autorizados a actuar contra los señalados por el dedo acusador de sus líderes.

Ocurre en la Venezuela tiranizada por el chavismo y en todos los países con líderes demagogos que desde el poder dividen a sus pueblos entre amigos y enemigos.

Las palabras y los gestos portadores de violencia, cuando provienen de un liderazgo fuerte, habilitan las acciones violentas de quienes comparten las fobias de su líder. Tan así es que hasta cabe la sospecha de que a esta tanda de correos letales la haya organizado algún enemigo de Trump, para victimizar a los demócratas y a otros señalados por ese discurso agitador de instintos oscuros y violentos.

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Acusar a la víctima

Es común en una etapa temprana de la niñez reaccionar ante el reproche con una estrategia refractaria.

Si la madre, al verlo hecho un enchastre, le dice “cochino”, el niño que refracta reproches le responderá “vos sos cochina”. Y si la madre vuelve a la carga diciéndole “sos vos el que tiene comida en toda la cara”, sin perder la calma el niño replicará diciendo “vos tenés comida en la cara”.

Trump recurrió a esa estratagema infantil para explicar los paquetes-bomba que recibieron opositores y críticos. Todos los receptores de la letal encomienda tienen en común ser opositores o fuertemente críticos al presidente. Pero más significativo es que también tienen en común ser constantemente denostados por Trump. Leer más

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