Un mal condenado a eternizarse

En México, a los puntos de inflexión en la historia suelen marcarlos las masacres de jóvenes. Pero esas inflexiones transitan largos períodos hasta dar inicio a otra etapa histórica.

En 1968, la represión a los estudiantes que protestaban en la Plaza de las Tres Culturas, de-jó en la historia mexicana esa mancha de sangre llamada “Masacre de Tlatelolco”. La “Operación Galeana” había sido ordenada por el presidente Díaz Ordaz para aplastar al movimiento estudiantil que reclamaba el fin del autoritarismo. Aquella matanza inició el lento declive del régimen priista.

Ahora es nuevamente la muerte de jóvenes lo que abre los ojos de la sociedad sobre la siniestra realidad imperante. Primero, la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, exhibiendo la criminal relación entre narcotráfico y política. Ahora, la desaparición de tres estudiantes de cine en Jalisco. La historia oficial es desoladora: miembros del Cartel de Jalisco Nueva Generación, confundiéndolos con miembros de una mafia rival, el Cartel Nueva Plaza, los secuestraron, torturaron y mataron, disolviendo sus cuerpos en ácido sulfúrico.

Muchos dudan de esa versión y piden la renuncia del gobernador de Jalisco, estado cuya capital es Guadalajara y en el que dos mafias disputan el monopolio del narcotráfico. El mundo mira horrorizado a México, como si fuera la primera vez que allí los narcos disuelven cadáveres en ácido. Es la práctica común cuando matan a la persona equivocada o quieren ocultar el crimen por otros motivos. Si no disuelven los cadáveres, suelen ostentarlos colgándolos de puentes.

En los primeros años de la guerra contra el narcotráfico que lanzó Felipe Calderón al asumir la presidencia, en el 2006, el Cartel de Sinaloa hizo matar y disolver en ácido al menos a 300 personas. Así lo revelaron investigaciones. Las víctimas eran enemigos de esa banda narco que habían desaparecido en Tijuana, Baja California.

El cartel que habría matado a los estudiantes de cine, nació como un grupo de sicarios llamado “Los Matazetas”, precisamente porque el Cartel de Sinaloa lo había creado para su guerra contra Los Zetas.

Luego, Los Matazetas se convirtieron en la mafia narco Nueva Generación, reinando en Jalisco hasta que apareció Nueva Plaza y les disputó el negocio.

La pregunta es si los estudiantes de cine y los normalistas de Ayotzinapa serán un punto de inflexión en un país carcomido de violencia y corrupción. O si sus muertes son parte de una realidad que parece condenada a eternizarse. La trágica realidad que hace que un país como México pueda ser, al mismo tiempo, una potencia y un Estado fallido.

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Grieta brasilera: Reinventando a Lula

La izquierda ahora idolatra al líder que cuestionaban, y los liberales critican a quien elogiaban. Ninguno lo describe acertadamente.

El encarcelamiento de Lula puso a las grietas de toda Latinoamérica a supurar rencores y delirios. El obrero que llegó a la presidencia de Brasil, comenzó a ser manipulado ni bien los jueces supremos le bajaron el pulgar. Cada bando interpreta, desde sus filias y fobias, al líder del Partido de los Trabajadores (PT). Y esas interpretaciones deforman la realidad.

Curiosamente, para las izquierdas que abrazaron el populismo agresivo y para las derechas recalcitrantes, Lula da Silva es un izquierdista de alto voltaje que hizo populismo desenfrenado. Los dos extremos del arco político coinciden en el mismo error. Unos describen lo que aman y los otros describen lo que odian, pero ninguno describe al verdadero Lula.

El verdadero es el que gobernó con lucidez y pragmatismo. No se parece a Fidel Castro ni a Hugo Chávez. Se parece, más bien, al líder socialdemócrata que reafirmó a España en el capitalismo con Estado de Bienestar, incorporándola a la OTAN para que pueda ser parte de la Comunidad Europea.

Lula fue el Felipe González de Brasil. O sea, el socialdemócrata pragmático que supo sacar de la pobreza a millones de personas, sin atacar a las empresas sino, por el contrario, entusiasmando al empresariado para que se vuelque de lleno a la inversión. Cuando Fernando Henrique Cardoso transitaba su segundo y último mandato, sabía que su mejor sucesor sería Lula, porque un gobierno del PT que no se apartara de los lineamientos macroeconómicos que él había comenzado a trazar desde que era ministro de Hacienda del presidente Itamar Franco, era lo que faltaba para consolidar la confianza de los inversores y del capitalismo mundial en el rumbo de Brasil. Leer más

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El joven de la guardia vieja

No es novedoso que gane el Partido Colorado. La guardia vieja solía decir que, aunque postule al Pato Donald, siempre gana la llamada Asociación Nacional Republicana (ANR). Lo novedoso es que el triunfo de Mario Abdo Benítez implica, de algún modo, la reivindicación del stronismo residual.

Sucede que, desde la caída de Alfredo Stroessner, los leales al general derrocado quedaron relegados en la conducción del partido y en las candidaturas. Dejando de lado al primer sucesor, que fue el general Andrés Rodríguez, el consuegro de Stroessner y quien envió a Lino Oviedo a derrocarlo, los postulantes en todas las demás elecciones no pertenecieron al ala leal al dictador caído. Ni Juan Carlos Wasmosy, ni Raúl Cubas Grau, ni Horacio Cartes. Este último intentó que el candidato para esta elección sea de su misma línea, pero la interna la ganó Mario Abdo Benítez. Y el presidente electo es el primer dirigente que puede considerarse un proveniente de la vereda stronista del Partido Colorado.

No solo es el hijo de quien fue secretario privado y empoderado lugarteniente de Stroessner, sino que tuvo una activa militancia en el ala stronista de las juventudes coloradas. Se inició en el movimiento Reconstrucción Nacional Republicana, agrupación colorada que no abjuraba de la larga dictadura que concluyó en 1989, y a la agrupación juvenil que él mismo formó, junto con su amigo “Goli” Stroessner (nieto del dictador), la denominó “Paz y Progreso”, que era el eslogan preferido del régimen. Leer más

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Sin luz al final del túnel

Hasta aquí, a Macri lo ayudó el alivio de dejar atrás una “egocracia” agobiante. Pero ese alivio empieza a no alcanzar. Para que el resplandor aparezca, Macri deberá mirar más allá del pequeño círculo que lo rodea.

El mayor desafío para Mauricio Macri es que aparezca la luz al final del túnel. Nadie pretende fulgores que encandilen. Ni siquiera luminosidad suficiente para no andar a tientas. Sólo que aparezca, de una vez por todas, esa bendita luz al final del túnel.

Según el Presidente, iba a aparecer en el segundo semestre del primer año. De ahí en más, crecería e iluminaría de a poco el trayecto por el túnel. En esa instancia, ya no habría dudas de que el rumbo elegido era correcto y que, en la desembocadura, un sol radiante disiparía las tinieblas.

Nada de eso ocurrió. Y a esta altura, la persistente oscuridad empieza a resultar insoportable. Sobre todo para la clase media. El Gobierno descargó en ella el peso del ajuste.

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Cuba, hora cero

Díaz Canel no es el primer jefe de Estado que no se llama Castro Ruz en la Cuba de la revolución. El primero fue el liberal Manuel Urrutia.

Asumió cuando Fulgencio Batista fue vencido por los milicianos que habían iniciado su rebelión en 1953. Pero apenas siete meses después, renunció por no aceptar ser títere de quien acaparaba vorazmente todos los resortes del poder: Fidel Castro.

Urrutia se exilió y lo suplantó en la presidencia Osvaldo Dorticós, quien ocupó el cargo hasta 1976. Pero adentro y afuera de la isla, todos sabían que no gobernaba, porque el dueño del poder era Fidel. Incluso, tanto su hermano Raúl como cualquier otro alto jefe del ejército, tenían más poder real que esa figura decorativa que lucía el cargo de presidente.

Las dictaduras suelen nombrar presidentes para que sean pantallas del poder que concentra el dictador. En España, por ejemplo, el general Franco lo tuvo a Luis Carrero Blanco, hasta que la ETA lo asesinó en 1973. Leer más

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La gran simulación

Más que un verdadero acto de guerra, parece una simulación. El ataque sobre Siria dejó más dudas que certeza. Los voceros del Pentágono y la Casa Blanca mintieron al negar que Rusia haya sido avisada del ataque y los blancos escogidos, para evitar que las fuerzas rusas establecidas en territorios sirios sufrieran bajas y daños materiales. Los desmiente el hecho de que no hubo víctimas fatales. Un régimen experto en victimizarse mostrando cadáveres después de ser atacado, mencionó sólo tres heridos. Ni siquiera habló de heridos graves. Sólo tres heridos.

¿Puede no haber víctimas fatales tras una lluvia de misiles? Más de cien proyectiles sobre supuestos centros de producción de armas químicas sólo causaron destrucción material. ¿Pueden existir centros neurálgicos donde no haya nadie después de la medianoche? Evidentemente, hubo un aviso previo a Rusia, lo que equivale a avisar también al régimen sirio. Las afirmaciones en contrario que hicieron los voceros norteamericanos no fueron ciertas. De hecho, poco después trascendió que Macron se había comunicado con Putin para decirle del plan en marcha. Un plan que no contempló debilitar a Al Asad ni confrontar con Rusia. Por eso el ataque fue anunciado y acotado. Además, los aviones y los misiles de las potencias noroccidentales no cruzaron el espacio controlado por los sistemas antiaéreos rusos.

La “misión cumplida” que dijo Trump, fue desafiar a Putin sin darle razones para represalias. Esa era la cuadratura del círculo. Aunque limitado y avisado a la contraparte, el ataque implicaba una ofensa al líder ruso. A la realidad del acto la revela lo expresado por el embajador en Washington Anatoly Antonov, al decir que el bombardeo occidental era una ofensa a Putin y que habría consecuencias; afirmación y amenaza destinadas a no cumplirse.

En definitiva, el ataque tuvo más de capoeira que de pelea real. Una danza simulando un combate, allí donde no lo hay. ¿Por qué? Porque la justificación del ataque muestra que ya no se pretende derrocar al régimen, sino solo limitar sus acciones. Aunque el verdadero mensaje fue para Rusia, y dice que las potencias noroccidentales tienen que estar en la mesa donde el Kremlin diseña la posguerra.

En las reuniones de Astaná, manejadas por Rusia, sólo participan Irán y Turquía. Los misiles de la madrugada del sábado fueron el simbólico puñetazo en la mesa para reclamar un lugar. Y la respuesta que Rusia parece obligada a dar para que su líder no se vea débil y humillado, será seguramente igual de simbólica. Otra gran simulación.

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El ataque a Siria, un desafío que apunta a Rusia

 

Un soldado sirio filma el resultado del ataque del viernes contra un centro de desarrollo científico, cerca de Damasco. Fue uno de los blancos de EE.UU., de Francia y del Reino Unido. (AP)

LO MÁS IMPORTANTE

  • Los bombardeos de EE.UU., Francia y Reino Unido destruyeron tres objetivos estratégicos, pero se registraron apenas tres heridos.
  • Esto indica que hubo contactos con Rusia antes del operativo y que la acción militar fue más simbólica que real.
  • También, un mensaje a Putin.

Más que una verdadera pelea, parece capoeira. La simulación de una pelea sobre el escenario sirio. Una lluvia de misiles dejó como víctimas apenas tres heridos. Un régimen experto en victimizarse mostrando cuerpos destrozados esta vez no tenía muertos para describir el “crimen” sufrido. Ese no parece el resultado de un ataque con pretensión demoledora.

Los voceros del Pentágono y de la Casa Blanca que negaron contactos previos para avisar a Rusia de la acción en marcha mintieron. Poco después de esas falsas afirmaciones, trascendió que Emmanuel Macron había hablado con Vladimir Putin para anunciarle el plan en marcha. Seguramente hubo también avisos estadounidenses. Moscú debía saber cuáles serían los blancos atacados, para que no hubiera rusos en ellos. Y si Moscú sabía cuándo y dónde, lo informó de inmediato al régimen sirio. Por eso no hubo muertos, ni sirios ni rusos, en los tres sitios devastados.

Las impredecibles consecuencias de un ataque que verdaderamente tuviera por objetivo castigar al régimen de Bachar al Asad y sus aliados parecen haber persuadido a los atacantes de que, al menos por el momento, es preferible escenificar una acción militar con más valor simbólico que real.

De todos modos, no es un acontecimiento menor. El ataque norteamericano, británico y francés equivalió a golpear la mesa para recordar a Rusia que las potencias de Occidente tienen algo que decir sobre la posguerra en Siria.

Para que el mensaje sea escuchado, había que mostrar nuevos armamentos, como los misiles norteamericanos JASSM, además de refrescar la memoria sobre el poder de los Storm Shadow lanzados desde los Tornado británicos, o el poderío del B-1. Estas naves supersónicas estadounidenses, más que realizar ataques, se exhibieron en la atribulada madrugada siria. La demostración de fuerza tuvo por objetivo sentarse a la mesa que diseñará el futuro del país arrasado por la guerra civil.

 

Los tres objetivos

Los tres objetivos

Rusia se había adueñado de la escena, porque su intervención salvó al régimen alawita de la derrota. De ese modo, Rusia no sólo conservará su base naval en Tartus, concedida a la ex Unión Soviética en los ’70. También amplió su presencia en el tablero geoestratégico de Oriente Medio. Pero como el aporte militar iraní no fue menor, también la teocracia persa estará en la mesa que diagramará el poder posguerra.

Como Recep Erdogan, en uno de sus acostumbrados giros copernicanos, depuso su obsesión por la caída de Asad; y como los enemigos a los que quiere borrar del mapa, los milicianos kurdos del nordeste sirio, son protegidos de Washington, a Turquía se le concedió también un lugar en la mesa que preside Rusia. Las que no tenían sillas en esa mesa eran las potencias de Occidente que actuaron contra Isis y apoyaron milicias sirias rebeldes.

El desafío para las potencias noroccidentales parecía imposible: ofender a Putin sin que este reaccionara con verdaderas represalias. En definitiva, casi no hay antecedentes de choques directos entre Estados Unidos y Rusia. Para encontrar uno hay que remontarse a 1960, cuando los soviéticos derribaron un avión espía U-2 que sobrevoló Kazajstán y los Urales fotografiando bases militares. Eisenhower y Jrushev supieron reconducir la situación para evitar una escalada incontrolable.

Dos años después, la “crisis de los misiles” puso a las dos superpotencias de nuevo en la cornisa, pero Jrushev, esta vez con John Kennedy, logró evitar la escalada.

En la era postsoviética, los dos más graves picos de tensión fueron en los ’90, cuando la Otan atacó a las milicias serbias en Bosnia y luego en Kosovo. El presidente ruso Boris Yeltsin había amenazado con la intervención rusa, pero eso no ocurrió. La diferencia entre aquella Yugoslavia y esta Siria es que en los Balcanes no había fuerzas rusas. En el país árabe las hay, son protagónicas y su jefe no es el titubeante Yeltsin, sino el implacable Vladimir Putin.

Para los gobiernos de las potencias, lanzar duras advertencias y después no actuar en consecuencia equivale a mostrarse humillados y débiles. El presidente ruso tiene que responder de algún modo. Más aún después del comunicado de Anatoly Antonov, su embajador en Washington, diciendo que Putin fue insultado y que habrá consecuencias.

Moscú está obligado a responder. Y es posible que esa respuesta, igual que el ataque noroccidental, también tenga más de simulación que de realidad.

Cumbre de Lima: Apoyo a los ataques

Los jefes de Estado también pidieron evitar una escalada.

Jefes de Estado reunidos en la Cumbre de las Américas de Lima apoyaron, directa o indirectamente, los bombardeos lanzados en Siria por Estados Unidos, aunque llamaron a evitar una escalada.

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Merodeando abismos

Cuando se esperaba un choque entre potencias regionales, sobre Siria comenzó a sobrevolar el peligro de un choque aún mayor: una confrontación directa entre Rusia y Estados Unidos.

El duelo que amenaza adueñarse del escenario que devastó la guerra civil, tendría en una trinchera a Irán, el ejército de Bashar al Asad y la milicia libanesa Hizbolá, mientras que a la otra trinchera la ocuparían Israel, Arabia Saudita y probablemente Egipto. Pero momentáneamente, esa peligrosa derivación del conflicto sirio ha sido desplazada por el riesgo que representa un choque directo entre Estados Unidos y Rusia.

A pesar de haber sido archienemigas durante más de medio siglo, casi no hay antecedentes de un choque de ese tipo entre rusos y norteamericanos. Es necesario remontarse a 1960, para encontrar un ejemplo aislado en el derribo de un avión U-2 que sobrevolaba Kazajstán, fotografiando instalaciones militares soviéticas. El pico de tensión que provocó el abatimiento de la nave y la captura del piloto, Francis Power, hizo temer una escalada de consecuencias impredecibles. Pero Khrushev y Eisenhower lograron reconducir la situación hacia la calma que imponía la doctrina de la Destrucción Mutua Asegurada.

La “crisis de los misiles” ocurrida dos años más tarde, no llegó al choque directo. Los siguientes riesgos se dieron en la era pos-soviética. Primero, con la intervención de la OTAN en Bosnia Herzegovina. El entonces presidente ruso, Boris Yeltsin, amenazó con una intervención directa de Rusia contra la Alianza Atlántica en los Balcanes, pero luego de los bombardeos que diezmaron a las milicias que respondían al régimen pro-ruso de Milosevic, aquel jefe del Krem- lin no cumplió con su advertencia.

La misma situación se repitió posteriormente en Kosovo, donde la interven- ción de la OTAN terminó ocasionando la caída de Milosevic y la descomposición de lo que quedaba de Yugoslavia.

El año pasado, cuando Washington disparó 59 Tomahawk devastando la base siria de Shairat, había acordado previamente con Moscú que no habría fuerzas rusas en el blanco. Por lo tanto, no existió el riesgo de una confrontación directa. Pero en esta ocasión, la advertencia de Vladimir Putin de que puede haber efectivos rusos en los blancos que ataque Estados Unidos y que, por tanto, interceptaría en pleno vuelo los misiles, a lo que Trump respondió con una amenaza desopilante y reveladora de sus desequilibrios, elevó peligrosamente la posibilidad de un choque entre las dos potencias.

¿Podrán Putin y Trump, como Khrushev y Eisen-hower en 1960, reconducir este pico de tensión para alejarlo del borde del abismo?

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La gran simulación de otra “Guerra Fría”

Lo que intenta ocultar la crisis diplomática entre Rusia y las potencias de Occidente.

Extraña paradoja: la crisis es real y, al mismo tiempo, una gran simulación. La cantidad de diplomáticos expulsados de uno y otro lado, sumado a la cantidad de países involucrados, confiere una magnitud descomunal a la tensión entre Rusia y las potencias de Occidente. Sin embargo, la crisis tiene pliegues que revelan sugestivas sobreactuaciones.

La reacción de Estados Unidos es sobreactuada. No parece razonable que haya expulsado el doble de funcionarios rusos de los que expulsó Gran Bretaña, el país donde ocurrió el hecho que detonó la crisis: el envenenamiento de Serguey Skripal.

Por otro lado, si de verdad se quiere golpear al gobierno ruso porque se lo considera autor de un crimen gravísimo, las sanciones serían económicas, o se aplicarían boicots que duelan verdaderamente. Como en 1980, cuando Washington impulsó el boicot a los Juegos Olímpicos que se disputaban en la URSS como castigo por la invasión soviética de Afganistán. O en el 2014, cuando el Consejo Europeo impuso duras sanciones económicas por la anexión de Crimea. Al lado de ese tipo de acciones, las sanciones diplomáticas son castigos tenues, porque se pueden revertir velozmente sin que dejen daños como los que provocan las sanciones económicas.

Si las potencias occidentales de verdad quisieran golpear duro al gobierno ruso por ser un criminal serial, entonces tendrían la pelota picando en la puerta del arco. Y esta imagen es más real que metafórica, debido al mundial de fútbol con que Putin se apresta a colocar su país en el escenario donde convergerá la mirada global. Gran Bretaña no ha sido convincente en su denuncia de que a Skripal lo envenenaron por orden de Putin. El informe de seis páginas en el que fundamenta tal certeza, no tiene pruebas sólidas. Leer más

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Falsificando a Lula

El caso Lula prueba que la mirada politizada deforma la realidad para adecuarla a la convicción o a la conveniencia propia.

Las izquierdas populistas y las derechas recalcitrantes coinciden en describir un Lula que no se parece al verdadero ni al que describían la intelectualidad izquierdista y el empresariado liberal cuando era el presidente.

Las izquierdas criticaban al Lula presidente y ahora aman al Lula encarcelado, describiéndolo al revés de cómo lo describían al concluir su segunda presidencia. Del mismo modo, los empresarios que elogiaban al Lula presidente (por entonces también elogiado por el FMI y por las potencias de Occidente) ahora aborrecen al Lula encarcelado y lo describen al revés de cómo describían al líder metalúrgico que completaba dos mandatos.

El intelectual de izquierda Atilio Borón calificaba los gobiernos de Lula como “posibilismo conservador” y otro intelectual de izquierda, el politólogo europeo especializado en Chile y en movimientos contestatarios latinoamericanos, Franck Gaudichaud, analizaba sus dos mandatos llegando a la conclusión de que Lula había “renegado de los ideales del PT para poner la estabilidad macroeconómica y los intereses del capital muy por encima”.

Por esos mismos gobiernos, el empresariado brasileño y la elite liberal de Occidente lo felicitaban por su pragmatismo, tan exitoso para fortalecer la inversión privada como para generar una vigorosa movilidad social ascendente, que elevó millones de pobres a la clase media. El verdadero Lula no se parece al que están describiendo ahora izquierdas y derechas igualmente ideologizadas. Tampoco se parece al que él mismo está describiendo, en la victimización que le impone la circunstancia.

Izquierdistas, populistas y derechistas recalcitrantes coinciden en describir un Lula radicalizado que nunca existió, pero que quizá empiece a existir ahora, forzado por las circunstancias. Gobernando, Lula fue un Felipe González brasileño, cuyo pragmatismo inteligente lo hizo tener al liberal Antonio Palocci en el Ministerio de Hacienda y al también liberal Henrique Meirelles al frente del Banco Central. Así como “Felipillo” consolidó el capitalismo español al mismo tiempo que generó desarrollo con equilibrio social, Lula sacó de la pobreza a decenas de millones de brasileños, sin perjudicar a la empresa privada ni perseguir a críticos y opositores como hacen siempre los populismos y los liderazgos ideológicos. Se lo puede cuestionar, pero no se puede reinventar lo que ocurrió en la realidad.

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